Crédito: Agencia Uno
Título mundial en Polo: ¿Celebrar o no celebrar?

Título mundial en Polo: ¿Celebrar o no celebrar?

Una simpática nota de Pablo Gómez en Teletrece servía de vigilia para la final. El reporte contaba que en el Club de Polo San Cristóbal los espectadores consumían ostras, pero también comían maní. Había espacio para todos los paladares, refinados y populares.

Las apuestas eran igual de divididas: tanto familiares como seguidores de la selección chilena apostaban por el título mundial. Otros más fríos, entre ellos un par de colegas especializados, decían que era imposible ganarle a Estados Unidos. Esto porque la visita traía jugadores con un hándicap mentiroso, y porque eran potencia planetaria. 

Pero Chile volvió a jugar un partido apretado, con gol en el overtime y un desenlace de altísima emoción (12-11). Pese a ser un deporte de elite, los presentes se sometieron a la tensión, el sufrimiento, y el feliz desahogo de un triunfo mundial.  

"Pese a ser un deporte de elite, los presentes se sometieron a la tensión, el sufrimiento, y el feliz desahogo de un triunfo mundial."

Podrá decirse que los polistas “de verdad”, aquellos de hándicap más alto, no vinieron. O que Chile es sólo un país categoría B a nivel internacional. También que los jugadores extranjeros tuvieron que adaptarse a nuestros caballos, y que el deporte es poco serio porque Matías Vial, hermano del técnico de Chile, asesoró a Pakistán, uno de los rivales de grupo.

Si bien tenemos fama de chaqueteros, lo anterior es indesmentible. Sin embargo, también es cierto que los norteamericanos eran favoritos. Ante esa realidad, la expedición de Vercellino, Cote Pereira, Ignacio Vial y el sorprendente Mario Silva cobraron valor superior. Brasil e Inglaterra tampoco eran pan comido, y quedaron en el camino.

Algunos le llaman el deporte de los príncipes, pero en Chile no hay principados ni realezas, salvo los pintorescos reyes del “mote con huesillos” o del “metro cuadrado”. Asomar competitivos en un país pequeño, y de elite todavía más reducida, es igualmente meritorio.

Culturalmente nos envuelve el fútbol, pero el destino quiso que los títulos mundiales llegaran a través del polo, el hockey-patín, la caza submarina, o el fútbol calle. Súmele al tenis, un poquito más masivo, aunque tampoco lo atesoramos demasiado. Y a algunas notables excepciones en los deportes olímpicos, donde de frentón somos malos. 

"Algunos le llaman el deporte de los príncipes, pero en Chile no hay principados ni realezas, salvo los pintorescos reyes del “mote con huesillos” o del “metro cuadrado”."

¿Qué hacer entonces? ¿Valoramos el título mundial? ¿Lo relativizamos? ¿O lo despreciamos por ser pasión de unos pocos? Sobre lo último, y ante cierto clasismo tuitero, me parece sano separar dimensiones.

Una cosa es el círculo social de los protagonistas, admirable, envidiable o detestable según usted resuelva, y otra el loable esfuerzo deportivo de un equipo por ser los mejores de la competencia.  

Yo me quedo con emoción del último gol chileno. Si bien el festejo seguramente fue con ostras, también lo disfrutamos quienes preferimos el maní.


Lo más visto en T13