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Fusión: de la cocina a la política
Opinión

Fusión: de la cocina a la política

Sucede que por formación soy historiadora y economista política, mientras que por gusto soy cocinera. Por profesión trabajé en el Estado, y por curiosidad, he aprendido a cocinar desde carbonada hasta boeuf bourguignon. Por alguna razón que desconozco, hoy se me cruzaron estos dos caminos y me veo escribiendo esta columna sobre gastronomía, y sin embargo, no puedo dejar de ver las conexiones que veo con la realidad política de hoy y no puedo evitar hacer una breve reflexión sobre cocina y coyuntura.

Estamos en días de reflexiones y preguntas. Quizá sea por eso que últimamente, me ha tocado participar de varias discusiones sobre comida chilena. Y he podido ver en primera fila a los grandes expertos y peritos, afiladas lenguas y sensibles paladares, discutir en torno a preguntas como: ¿Qué entendemos por comida chilena? ¿Cómo la definimos? ¿Qué sí es? ¿Qué no?

Así fue como me encontré en la siguiente situación: en una mesa de debate, entre varios comensales, estaban enfrentados una académica de las humanidades con un chef. Ella diciendo que hacía una chilenísima tortilla de acelgas, pero que sí o sí la rocía con salsa de soya. Que ya lo viene haciendo hace años, y que esta salsa ya es, definitivamente, parte de nuestro repertorio culinario.

"Será que quizá eso es lo que necesitamos: una política fusión. Esa técnica que ya ha mostrado frutos en la cocina, quizá sea la que necesitamos en la arena política."

El chef, reconocido por representar a la más alta cocina chilena tradicional, se puso serio. Argumentó que en su cocina no entraba jamás ese condimento, y que éste por ningún motivo podría considerarse digno del encasillamiento “chileno”. A partir de ese momento, ambos se cruzaron de brazos, se observaron y ya no dieron pie atrás, casi a la espera de un nuevo round, de otro elemento que los hiciera enfrentarse, para poder demostrar quién tenía la razón.

Y ahí estaba yo, sentada escuchando esta discusión, y sin poder evitar asombrarme por las similitudes entre esta discusión y las que vemos día a día entre nuestra clase política. Entre los que quieren introducir todos los cambios posibles y los que quieren que nos quedemos tal y como estamos. Los que dicen que la salsa de soya es chilena y los que no pueden verla ni de lejos.

Entonces se me viene a la cabeza la cocina fusión. Esa que toma lo mejor de cada lado, lo une y crea algo nuevo y diferente. Algo que no necesariamente sabe raro, pero sí es distinto, atrayendo al paladar con sabores conocidos, pero a la vez incorporando otros que resaltan y estimulan lo tradicional.

Será que quizá eso es lo que necesitamos: una política fusión. Esa técnica que ya ha mostrado frutos en la cocina, quizá sea la que necesitamos en la arena política. Un espacio de encuentros, en donde combinemos equilibradamente el terreno recorrido con el que nos queda por recorrer, tomando las experiencias exitosas internacionales y las locales, para aprovechar lo que cada cual tiene para ofrecernos, y poder así emplatar un espacio constructivo basado en la fusión. Una preparación que sea tan atractiva al paladar tradicional como apta para los más aventureros. 


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