Juan XXIII y Juan Pablo II: seis claves que definen a los nuevos santos católicos

Este domingo, el Papa Francisco canonizará a dos de los pontífices más influyentes de la Iglesia del s.XX. Ambos no sólo representan minutos distintos de la historia, sino formas muy diferentes de entender a la Iglesia y su doctrina.

Juan XXIII y Juan Pablo II: seis claves que definen a los nuevos santos católicos

Muchos han querido ver en la decisión del Papa Francisco de canonizar, el mismo día, a Juan XXIII (1881-1963) y Juan Pablo II (1920-2005) un intento por reconciliar las dos almas de la Iglesia: la progresista y la conservadora.

Mal que mal, ambos pontífices se han transformado en símbolos de dos formas de entender la Iglesia y su doctrina. Aquí 6 aspectos que describen algunas de sus diferencias, pero también similitudes.

IGLESIA

A sólo dos meses de iniciado su pontificado en 1958, Juan XXIII sorprendió a la Iglesia –y al mundo- al convocar al segundo Concilio Vaticano.

Con la idea de abrirse a los nuevos tiempos, el Concilio transformó la relación de la Iglesia tanto con sus fieles como con el resto de religiones, convirtiéndose en el gran paso modernizador de la institución durante el siglo XX.

“Enseñó a la Iglesia a abrirse al mundo y a cambiar su lenguaje para así poder llegar a sectores que eran impermeables al mensaje cristiano, lo cual no significó que debía aceptar todo lo que el mundo produce", afirma Andrea Tornielli, vaticanista del diario La Stampa.

Un camino muy distinto al que adoptó, veinte años después, Juan Pablo II.  Tachado de conservador por sus detractores, “el papa que vino del frío”  fue inflexible en materias morales y de dogma. No dudó en condenar con dureza lo que veía como excesos de la Teología de la Liberación, y adoptó una política cerrada contra todo tipo de planificación familiar, algo que fue aplaudido por quienes veían en su postura sólo coherencia en la defensa de la “cultura de la vida”.

ADMINISTRACION

Si el Concilio Vaticano II de Juan XXIII había significado el paso de una Iglesia clerical a una Iglesia más colegiada y participativa, defensora del pluralismo, la del Papa polaco significó el retorno a una institución vertical, centralista, apoyada en la autoridad papal y guardiana de la ortodoxia doctrinal.

Junto a su fiel escudero Joseph Ratzinger – futuro Papa Benedicto XVI-, Juan Pablo II fue inflexible en alejar de las tribunas públicas a teólogos dedicados a la reflexión sobre la moral o a los de la Liberación.

“El giro no podía ser más notorio: se pasó de la Iglesia pueblo de Dios y comunidad de creyentes a la Iglesia jerárquico-piramidal, de la corresponsabilidad al gobierno autoritario, del pensamiento crítico al pensamiento único”, sentencia en una columna en El País, Juan José Tamayo , director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones de la Universidad Carlos III de Madrid.

CANONIZACIONES

Uno de los rasgos llamativos de Juan Pablo II fue la gran cantidad de beatos y santos que llegaron a los altares durante su Pontificado. Según Michael Hayes y Geral Collins, en su libro “Legado de Juan Pablo II”, dicha tendencia era una forma más de reconocer el martirio de los cristianos, al que el pontífice era particularmente sensible. Si beatos se contabilizaron más de 1.300, los santos llegaron a ser 482, superando con creces, en casi tres décadas de administración, las proclamaciones realizadas por sus antecesores en cuatro siglos. Muy distinto a lo que hizo Juan XXII quien cuenta en sus anales con solo tres canonizaciones, entre ellas, la de San Martín de Porres, en 1962, el primer santo negro de América. Incluso el pontífice habría llegado a ordenar la paralización de procesos de beatificación de los llamados mártires franquistas en España.

POLITICA

Ya antes de ser proclamado Papa, Roncalli hizo gala de olfato político, al ser el enviado del Vaticano a Turquía durante la Segunda Guerra Mundial, cuando miles de judíos intentaban desesperadamente huir del nazismo con certificados de nacimiento falsos.

O cuando debió ocupar la embajada de la Santa Sede en Francia, justo después del conflicto armado. "Uno no envía al tonto del pueblo a hacerle frente a Charles de Gaulle", explicó a AP,  Robert Wister, experto en Iglesia de la Seaton Hall University de Estados Unidos. "Uno envía un diplomático agudo". 

Pero esa agudeza, unida a su progresismo, le hicieron tener más de un roce. Sabido fue, por ejemplo, que Juan XXIII fue detestado por la dictadura del español Francisco Franco, quien lo veía como un revolucionario.

Pero si se trata de diplomacia,  Juan Pablo II marcó la diferencia. No sólo porque llegó a reunirse con más de 1.500 jefes de Estado o de Gobierno, sino porque unió como nadie la religión con la política. De un anticomunismo declarado, el polaco fue una pieza clave en los estertores de la Guerra Fría y en el rediseño político de Europa del Este a finales de los ochenta, principios de los noventa.

“Dio al rol del Pontífice una clave internacional. La Iglesia era un actor en el ajedrez geopolítico. La suya fue la primera Iglesia globalizada. Nadie después pudo ser Papa sin interpretar también este aspecto”, sentencia Marco Politi, biógrafo de Juan Pablo II, en La Tercera.

Y ese rol político no lo desatendió incluso en sus últimos días, cuando ya enfermo, adoptó una postura durísima contra la intervención de Estados Unidos en Irak.

CARISMA

“¡Hasta la luna se ha hecho presente aquí!”. Con esta frase, dicha ante la multitud que esperaba el inicio del Concilio, Juan XXIII demostró no sólo que sabía sintonizar con el hombre común sino que era poseedor de un carisma muy acorde con el naciente lenguaje televisivo.

Algo que Juan Pablo II, de juventud actor  y políglota, supo explotar como ninguno. Ante pequeñas audiencias o grandes multitudes como los cuatro millones de personas que lo escucharon en Manila en 1995, desplegó su talento como orador, su vitalidad como ex deportista o su reconocido sentido del humor. Nadie duda que su personalidad arrolladora, lo transformó en el Papa más mediático de la historia de la Iglesia.

 VIAJES

Mientras en los registros del Vaticano, sólo se consigna un viaje de Juan XXIII, el Papa Wojty?a llegó a recorrer un total de 1.247,613 kilómetros, ó 3,24 veces la distancia de la Tierra a la Luna. En suma, realizó 104 periplos fuera de Italia, incluido Chile, en 1987.

Ese afán por llegar a todos los rincones del planeta donde hubiera católicos, le granjeó el apodo del “papa viajero”, una condición que llevó más allá con los puentes que tendió con otros credos. De hecho, se convirtió, para espanto de sectores ultratradicionalistas, en el primer pontífice en pisar una mezquita y una sinagoga. Un espíritu que volvió a demostrar al convocar en Asís, en 1986, una jornada de oración en la que rezaron juntos representantes de varias religiones.

 

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