Cae la noche sobre Brasil, por Aldo Schiappacasse

Cae la noche sobre Brasil, por Aldo Schiappacasse

Cae la noche profunda sobre Brasil.

Hay un grupo de alemanes - seis mil o siete mil - que pese a las horas transcurridas aún son retenidos por la policía por el temor de que sean agredidos. Acabo de ver partir desde el Mineirao el bus de los germanos, exultantes de alegría, incrédulos de tanta gloria.

He visto llorar a David Luiz, el capitán y símbolo de este Brasil sombrío, y no puedo dejar de pensar en sus culpas y pecados. En esa marca sobre Müller que soltó a los once minutos, en esa cantidad interminable de errores que cometió en los 18 minutos más nefastos de la historia de los pentacampeones: cinco goles, uno tras otro. Mucho más que en el derrumbe de Maracaná, lo que pasó hoy en Belo Horizonte fue más que una derrota, más que una tragedia, más que un drama interminable. Fue una humillación en su punto máximo. Un 7 a 1 que ahorra cualquier análisis.

Joachim Löw acaba de dar su conferencia de prensa y mantuvo el tono mesurado, cauto, de contenida euforia que acompañó siempre a los ganadores. Supo leer mejor el partido, tuvieron la frialdad teutónica para aprovechar la debacle del adversario. Escribieron hoy una página imborrable en el almanaque del fútbol mundial. No hay datos, estadísticas, registros que se acerquen a los que acaba de terminar.

Thomas Müller ganándole las espaldas a Marcelo. Khedira corriendo con libre albedrío por el mediocampo, Kroos llegando siempre en solitario frontalmente al arco, Miroslav Klose arrebatándole el título de máximo goleador a Ronaldo en sus barbas, jugando baby fútbol en el área de los gallardos dueños de casa. ¿Cómo analizar técnicamente, tácticamente lo que acaba de ocurrir si éste es un partido de fantasía, una ficción futbolera, una película jamás antes imaginada ni soñada? ¿Cómo aterrizar al plano futbolístico la tragedia de un país entero que no alcanzó ni a ilusionarse con una selección de opereta que hoy brindó su más deslavada presentación para caer en el abismo de su más temida pesadilla?

Una cosa era irse, quedar al margen, perder. Estuvieron a punto de hacerlo ante Chile, por lo pronto. Otra distinta es decir adiós sin siquiera el consuelo de la dignidad.

He visto un espectáculo irrepetible. Fui testigo de una jornada que aún no termina, porque no sé ni me imagino que nos depara la noche que se abre allá afuera, amenazante de lluvia, inquieta en todos los rincones, llamando a una tormenta que el fútbol acalló durante un mes y que hoy confronta a los brasileños con una realidad más triste y más dura que cuando empezaron.

No quiero - ni debo - pensar en lo que vendrá porque la historia de esta Copa del Mundo - cautivante y apasionante, brillante en todos sus aspectos, emocionante e inolvidable - todavía sigue escribiéndose. En los estadios, en la calle, en el llanto irrefrenable de los vencedores y los vencidos.

Vi irse el bus de los alemanes. Perderse en la noche más tensa que recuerde este Mundial. Las luces del estadio no quieren apagarse, porque aún hay hinchas cantando con alegría. Acá, en la soledad de un centro de prensa que antes del partido estaba desbordado, se huele la pena. El desencanto y la humillación.

Nunca antes viví el fútbol con esta cara, como mero testigo, sin la pena honda del protagonismo. Acabo de ver una historia que difícilmente se repetirá.

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