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Por qué los violentos están fuera de control en el fútbol latinoamericano

Uno de los más recientes hechos de violencia, fue el ataque de los hinchas de Boca Juniors contra los jugadores del River Plate.

Crédito: AFP
Por qué los violentos están fuera de control en el fútbol latinoamericano

Los graves hechos de violencia registrados en los últimos días en el fútbol argentino y el mexicano han puesto en el centro de la atención pública un problema que normalmente se barre debajo de la alfombra: la responsabilidad social y política en los excesos de las "barras bravas".

El ataque con líquido o gas "tumbero" (una mezcla de productos tóxicos con efectos similares al gas pimienta, utilizada por los presidiarios argentinos) a los jugadores de River Plate, en la cancha de Boca Juniors, provocó incredulidad e indignación tanto por su brutalidad como por la supuesta lenidad de la consiguiente sanción de Conmebol a Boca, responsable último de los hechos.

El caso mexicano tuvo características más convencionales: el fin de semana, en el estadio Jalisco, hinchas del Atlas, que jugaba con el Chivas, su tradicional adversario, se enfrentaron con la policía, ingresaron al campo de juego e intentaron agredir a jugadores y técnicos de su equipo, que estaba perdiendo.

El partido estuvo suspendido durante 20 minutos, pero pudo reanudarse, concluyendo con la victoria del Chivas por 4-1. El municipio de Guadalajara suspendió luego el Estadio Jalisco y las autoridades de varios clubes, entre ellos el Chivas, el Santos Laguna y el Querétaro, reiteraron un viejo anhelo: poner coto a "los grupos de animación que generen violencia en las tribunas".

"Monjas de clausura"

Pero los "barras" del Atlas parecen monjas de clausura en comparación con los argentinos que atentaron con sustancias tóxicas contra jugadores rivales.

Boca y River se enfrentaban el jueves 14 en el segundo partido por octavos de la Copa Libertadores. El primer tiempo había terminado sin goles. De mantenerse el empate, River se clasificaría para los cuartos, ante Cruzeiro.

Cuando la visita regresaba al campo de juego, un grupo de boquenses, que había perforado la manga del túnel de ingreso, arrojó o inyectó un líquido que provocó "quemaduras químicas" (así las describió el médico encargado del control antidóping) a varios jugadores.

El partido fue suspendido definitivamente 70 minutos después de la agresión, a pesar de que los dirigentes de Boca insistieron en que se terminara de jugar.

El fallo de la Conmebol estuvo precedido de versiones sobre "un castigo ejemplar" a Boca Juniors, de hasta dos años de suspensión del estadio y la prohibición de participar en la próxima Copa Libertadores.

En realidad, la máxima autoridad del fútbol sudamericano ni siquiera suspendió la cancha: dio la victoria a River, pero sólo castigó al club local con cuatro partidos (internacionales) a puertas cerradas y otros cuatro sin sus hinchas como visitante, además de una multa de US$200.000.

Se explicó que la aparente lenidad se debía a que el presidente de Boca, Daniel Angelici, que es abogado, asistió a la reunión en Asunción del Paraguay e informó que el club había hecho una denuncia ante la justicia argentina y que apoyaría la investigación de lo ocurrido y el castigo de los responsables.

Habría destacado que los jugadores no participaron en los hechos y también señalado diferentes interpretaciones de las normas sobre responsabilidad de las instituciones, así como la existencia de un acta de la policía habilitando el estadio para el juego y el hecho de que el ataque no pudiera preverse con los elementos de que disponía inicialmente el club anfitrión.

Policía en el campo, política fuera de él

Todo esto es discutible, pero sobre lo que no hay dudas es que las versiones previas sobre una "sanción severa" no se condecían con la tradicional cautela de un organismo federativo en el cual Boca Juniors tiene un peso considerable.

Algunas de esas versiones mencionaron la presión política de la FIFA, cuyo presidente, Joseph Blatter, tiene la reelección asegurada sin necesidad de los votos de la Conmebol, y que supuestamente pidió que se diera "un ejemplo".

(Blatter tiene interés en aparecer como campeón de la justicia natural, en un marco de descrédito de su organización tras la controvertida designación de Qatar como sede del mundial de 2022 y otros episodios de corte similar.)

Pero si la FIFA y Blatter tienen sus razones políticas, la Conmebol también tiene las suyas y entre ellas no figura un "castigo ejemplar" a uno de los clubes más poderosos del continente, aun en el caso de que la FIFA, en represalia, le retirase el derecho de aspirar por repechaje a una quinta plaza en mundiales.

De concretarse esto último, sería un error atribuirlo a un gesto de nobleza de la FIFA, el deseo de atender a la moral pública por encima de los intereses corporativos: por supuesto que no; lo que ocurre es que desde hace tiempo busca un pretexto para eliminar esa rémora del derecho sudamericano a un repechaje por una quinta plaza en los mundiales.

En vida del argentino Julio Grondona, el influyente ex vicepresidente primero de la FIFA, su amigo Blatter nunca habría tomado esa decisión, pero ahora es más fácil. Cosas de la política.

Ya quedan muy pocos ingenuos que creen que los "barras" son jovencitos con mucha energía y poco seso, que se dejan llevar por la pasión de la divisa.

Son grupos organizados que ordeñan las numerosas oportunidades de lucro que se les presentan bajo la sombra protectora de los clubes y de los intereses económicos y políticos vinculados a los dirigentes. Algunas de esas actividades son legales, otras…

Esto, que en Argentina es más que evidente, también vale para otros países latinoamericanos, aunque sus casos no hayan despertado tanto eco.

En algunos países de otras regiones el control ha sido más eficaz, debido en buena parte a una mayor transparencia política.

En España, para mencionar un país próximo a nuestro carácter social y político, la muerte de un "ultra" del Deportivo La Coruña, asesinado por ultras del Atlético de Madrid antes de un partido, provocó una saludable reacción en la sociedad y las instituciones públicas, con varios clubes tomando medidas radicales contra los grupos violentos, a pesar del amparo que solían darles.

Habrá que ver cuánto dura esto, pero conviene tener en cuenta un par de antecedentes importantes:

  • Joan Laporta, expresidente del Barcelona, arriesgó mucho en 2003 al expulsar del Camp Nou a los Boixos Nois, los ultras del Barça. Debió contratar guardaespaldas, que en una ocasión frustraron un intento contra su vida.
  • Florentino Pérez, presidente del Real Madrid, desplazó el año pasado a los Ultra Sur de su lugar preferido en el Estadio Bernabéu, consignándolos a unas gradas secundarias, sujetas a controles más estrictos.

Esto sugiere que en determinado momento de la maduración social, los líderes de las instituciones del fútbol encuentran más ventajas políticas en la resistencia a los grupos violentos que en su utilización con fines espurios.

Cosas del folklore

Pero en Argentina muchos no quieren escuchar este tipo de razonamiento: el periodista Daniel Arcucci, de La Nación, fue calificado de "cipayo", incapaz de "entender el folklore del fútbol argentino", por haber elogiado la actitud de los madridistas que ovacionaron a Pirlo, o de los hinchas del Bayern que aplaudieron a los jugadores del Barcelona.

Volviendo al caso de La Bombonera, más que un simple hecho de intimidación espontánea en un ámbito caracterizado por la violencia, el episodio se reveló como un acto criminal premeditado, con numerosos participantes que habrían sido identificados, ya que existen vídeos que han salido a la luz, en vez de ser guardados en un cuarto oscuro.

Al mismo tiempo, las investigaciones y pericias parecen confirmar algo que muchos observadores presumían: que la motivación principal no fue el odio al adversario tradicional, sino la necesidad de "mostrar huevos" y capacidad de violencia, con el fin de consolidar mediante la extorsión a un grupo que se sentía desplazado en la pugna por el amparo oficial y las habituales prebendas: viajes, reventa de entradas, venta de souvenirs, servicios a políticos de diversas filiaciones (seguridad, intimidación, organización de marchas y actos), etc.

Esto es de sobra conocido en Argentina. El periodista Ezequiel Fernández Moore, de La Nación, recuerda que en mayo de 2000 un grupo de "barras" de Boca, que pretendía consolidar su posición en "la interna" del club, hizo explotar tres bombas de estruendo en la cancha de Newell’s Old Boys.

Ese procedimiento extorsivo tuvo éxito: el grupo fue aplacado con pasajes para viajar a Tokio, donde Boca venció al Real Madrid en la Copa Intercontinental, y poco a poco consolidó su posición hasta convertirse en la barra dominante.

Fernández Moore agrega que ahora "otros quieren formar parte de estos nuevos tiempos que prometen o prometían felicidad [y en consecuencia el responsable de la última tropelía sería] uno de los grupos que, supuestamente, habían amenazado con represalias porque lo habían dejado fuera del negocio".

Ya en diciembre del año pasado, un artículo de Clarín advertía que "la interna de La Doce puede explotar", al informar de la disputa entre las diversas facciones que se disputaban el control de la máquina de fabricar dinero.

No hay que engañarse, esto es un negocio; un negocio criminal, sí, pero negocio al fin, y entre la mugre están prendidos diversos intereses de lo más pulcros, de lo más respetables.

Por eso habrá que tomarle la palabra a Néstor de la Torre, el presidente del Chivas, cuando se pregunta si "estamos esperando que pase una desgracia real, que maten a alguien, para entonces de verdad tomar cartas en el asunto".

El problema es que ya han matado a varios en el fútbol latinoamericano. Pero si entramos en eso este artículo se haría interminable.

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