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La brutal disciplina que convierte en campeón a un luchador de sumo

Sólo unos pocos logran llegar a la cima del sumo, un deporte definido por la tradición y la jerarquía. BBC Travel viajó a un establo de Tokio para ver cómo viven y se entrenan los luchadores que sueñan con ser los mejores.

La brutal disciplina que convierte en campeón a un luchador de sumo

Ojerosos y pesados, los luchadores de sumo del establo de Arashio empiezan a revolverse bajo sus sábanas.

Un joven rikishi (luchador) tropieza sobre las camas plegables y las extremidades que cuelgan, sacando a sus compañeros de sus profundos sueños.

Algunos abren los ojos, mientras otros evaden los intentos del joven novicio y vuelven a dormir.

Son las 5.30 de la mañana y hace frío fuera. Lo que espera a los luchadores son horas de práctica de crujir huesos en un aparcamiento de autos abandonado en las afueras de Osaka.

El establo, donde los luchadores viven y entrenan, se había mudado temporalmente a Osaka desde Tokio, de forma que los luchadores pudieran participar en uno de los seis torneos anuales.

Tras salir de sus camas, los rikishi se lavan y se visten para la práctica, recogiéndose el pelo en resbaladizos chonmage (moños) y atando el mawashi (taparrabos) de tres metros de largo alrededor de sus exorbitantes cinturas.

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Un glosario básico de Sumo

  • Rikishi: luchador
  • Chonmage: el moño que llevan en la cabeza
  • Mawashi: taparrabos
  • Dohyo: anillo sagrado donde ocurren los combates

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No comen desayuno, para ralentizar sus metabolismos y aumentar el apetito, y empiezan el día con el ruido de los borboteos de sus estómagos vacíos.

Los luchadores se mueven como una flota de barcos entre altas olas, lanzándose y haciendo rodar sus cuerpos por una estrecha escalera y hacia la pequeña marquesina de fuera.

Allí, se ponen a preparar el dohyo, el sagrado anillo circular en el que se llevan a cabo los combates de sumo.

Tras barrer el suelo de arcilla y marcar bien los perímetros del anillo, los luchadores tapan con cinta sus viejas heridas, se aprietan los taparrabos y empiezan a estirar.

El sumo es un deporte cubierto de espiritualidad. Los historiadores creen que el sumo empezó en el período Kufun, alrededor del siglo III d.C., cuando las peleas se incorporaron a los rituales y se hacían en los templos, bajo la presencia de sacerdotes y otras figuras religiosas.

Muchas de sus prácticas derivan del sintoísmo, la religión oficial de Japón. En el siglo XVII, cuando las peleas se llevaban a cabo para recaudar fondos para proyectos de construcción pública, los rituales se convirtieron en un evento deportivo.

El sumo se transformó en un negocio y los rikishi, en profesionales.

La celebridad de los luchadores creció de la mano de la venta de impresiones en madera con peleas famosas, y el deporte secreto se convirtió en el opio de las masas japonesas.

Poco a poco el heroísmo tangible de los luchadores empezó a ensombrecer los poderes abstractos de los dioses, y el sumo se convirtió más en un espectáculo que en una forma de oración.

Tradición

El sumo es muy tradicional, y todo lo que se ve tiene un significado más profundo. Los recuerdos del pasado se manifiestan en objetos físicos.

El dohyo o ring es representativo de los suelos sagrados de los santuarios donde se celebraron las primeras peleas.

Los moños son una oda a los peinados de los Samurai, y los árbitros, que se visten al estilo de los sacerdotes sintoístas, llevan una daga que simboliza los días en los que se sometían a un seppuku (suicidio ritual) si cometían un error durante una competición.

La rutina de entrenamiento de los rikishi parece instintiva, desde el estiramiento a la técnica del shiko, algo incuestionable, como la corriente de un río.

Y de esta misma manera, dos luchadores se colocan en el ring, preparados para pelear.

Ambos se agarran, se golpean y se machacan hasta que uno pierde el equilibrio y es expulsado del ring.

De nuevo de pie y luchando por respirar, los luchadores se sacuden el polvo de encima y se hacen una amable reverencia el uno al otro.

No hay decepción en la pérdida ni tampoco petulancia en la victoria, sino solo una vuelta silenciosa y respetuosa a sus posiciones.

Este sentido del respeto aumenta con la llegada al establo del luchador más experimentado.

Soukokurai es chino, de ascendencia mongola, y uno de los luchadores mejor posicionados, cuyas peleas se retransmiten a millones de personas en la televisión nacional.

"Todos los jóvenes luchadores quieren ser sekitori (un competidor de alto rango), pero no tienen posibilidad de pelear contra un luchador de ese nivel en competición", dice Soujokurai. "Por eso están tan motivados para ganarme en la práctica".

Jerarquía

La mayoría de los luchadores son reclutados a los 15 años, directamente de la secundaria, y llegan al sumo en busca de gloria y riqueza.

Quieren vivir la vida de los sekitori, con sus propios clubes de fans, montañas de dinero en premios y un séquito de sirvientes.

Sin embargo, lo que se encuentran es una poco envidiable combinación de agotamiento y humillación.

"La vida de un joven luchador de sumo es dura", dice Soukokurai. "Debes ser paciente, fuerte y disciplinado, y si eres estas tres cosas, quizás lo consigas".

Sobre el mediodía, con su abundante carne todavía temblorosa por horas de batalla, los rikishi se sientan a comer.

De nuevo se aplica la jerarquía: los luchadores senior comen antes.

El luchador medio consume entre seis y 10 cuencos por comida, alrededor de 10.000 calorías, aunque el luchador retirado Takamisugi se hizo famoso cuando comió 65 cuencos de chankonabe de una sola vez.

Al no haber un límite de peso en el deporte, los competidores buscan la ventaja a través del tamaño.

Por un momento hay un sentido de relajación y jovialidad, sin la opresión inminente de la rígida tradición o el entrenamiento.

Luego llega Suzuki-san, el maestro del establo, con la flácida y estropeada cara de un exluchador y un cuerpo que parece flaquear mientras entra en la habitación.

Sin embargo, en sus ojos hundidos hay una solemnidad que compensa la fragilidad de sus apariencia.

Los luchadores fijan la vista en sus cuencos y esperan lo inevitable.

"El entrenamiento vuelve a comenzar en tres horas. Vayan a descansar", dijo.

Los luchadores se detienen en la comida por un segundo más, tomando un último bocado que ya no tiene el mismo sabor.

La rutina ha vuelto. Y el castigo va a continuar.

Solo pueden esperar que su gloria futura haga que valga la pena.

 

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