La alegría do povo, por Aldo Schiappacasse

La alegría do povo, por Aldo Schiappacasse

 

Pocos años después de haber sufrido la mayor decepción futbolística que registra la historia –el célebre Maracanazo- Brasil recuperó la fe en la vida y en sus propios jugadores gracias a la irrupción de un par de jugadores excepcionales. Pelé y Garrincha le dieron la impronta eterna al juego de la verde amarelha, pero fue este último el que empujó a su escuadra a los dos primeros títulos mundiales (el 62 el Rey se lesionó en Chile).

A Garrincha comenzaron a llamarlo “La alegría del pueblo”, quizás el apodo más hermoso jamás asignado en la historia. De piernas chuecas y vida disipada, falleció en la miseria, pero dejó un legado inolvidable. Así como hoy Pelé se alinea con el poder y la FIFA, seguramente Mané habría estado del lado contrario –como Romario y Ronaldo- reclamando por los derechos y la dignidad de su pueblo.

Brasil, el país que más merece acoger la Copa del Mundo,  vivirá en las próximas horas una prueba ineludible con su presente y su identidad. Organizando a la mayor fiesta futbolera a la que se puede aspirar, buena parte de su gente quiere transformar el evento en la manifestación social más contundente que registren los tiempos modernos. Un mundo unido por el balón (el sueño dorado de la FIFA) en una nación ansiosa de manifestarse contra la injusticia, la corrupción, el faraónico malgasto, la falta de oportunidades y las carencias en educación, previsión y salud. Nada diferente a lo que pasa en casi toda América Latina, con una diferencia: por cuatro semanas, todos los ojos del planeta estarán puestos en Río, San Paulo y el Mato Grosso.

El fútbol se convirtió, después de la guerra, en el pasatiempo más masivo de la humanidad. Movió multitudes, generó millones, provocó nuevas y masivas tecnologías. Es –para pesar de muchos- la amalgama y la evasión de los pueblos. Vivir la máxima expresión de su competencia es un privilegio, por el colorido y la magia del juego.

Debería haber sido el paraíso. Pero las gigantescas obras viales inconclusas, las huelgas, la violencia serán un decorado inevitable. Afortunadamente. Para recordarnos que el pueblo quiere alegrías, pero también justicia. La alegría del pueblo vive su hora más difícil.

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