La nariz de Joachim y la hipoteca de Sampaoli, por Aldo Schiappacasse

La nariz de Joachim y la hipoteca de Sampaoli, por Aldo Schiappacasse

Joachim Löw, el director técnico de Alemania, fue monaguillo. Quizás eso le sirva para armarse de paciencia cada vez que le cobran viejas deudas a su selección. Tuvo que hacerse cargo de los tongos anteriores cuando se sospechó de un arreglo con su compadre Klinsmann en el partido contra Estados Unidos. Y replicar a los deseos de venganza de Argelia por el "Pacto de Gijón" en 1982, cuando se aliaron con Austria para eliminar a los africanos de la Copa del 82. Ahora, lo primero que le preguntaron de cara al duelo de cuartos de final con los franceses es si recordaba la agresión de Schumacher a Battiston en la misma Copa del Mundo.

Como le debe pasar a casi toda la generación de alemanes de la post guerra, a Löw le corresponde asumir injustamente todos los pecados del pasado. Carga sobre sus hombros, además, la pesada tarea de darle un título a un equipo que siempre está en la quemada pero no alza una copa importante desde hace 18 años. Podrá haberle dado más elegancia y chispa a la Mannschaft, pero eso pasará al olvido si no gana la final en Maracaná.

Nada de eso justifica que el bueno de Joachim acostumbre a mostrarnos en cámara el placer por hurgarse la nariz o acomodarse las presas después de una rápida carrera al baño antes del alargue. Cosas que todos hacemos con púdico placer, pero que no le mostramos a cientos de millones de personas.

Porque esta Copa del Mundo es una vitrina escandalosa, que el técnico de Argelia, Vahid Halilhodzic, trató de evitar vanamente después  de la derrota de su escuadra. El bosnio es una víctima de la Guerra de los Balcanes, donde fue herido, debió huir al extranjero y su casa fue arrasada. Una vida dramática como pocas, pero que no impidió que en el momento de la derrota las lágrimas brotaran generosas, pese al intento por reprimirlas. En este Mundial, como corresponde a los tiempos, los hombres (y los niños que pueblan la mayoría de los equipos) han mostrado que el fútbol se inventó para que los machos nos abracemos, nos disfracemos y lloremos con más orgullo que culpa.

No le vi lágrimas a Jorge Sampaoli, porque en su fuero interno sabe que no hubo gran pérdida en la campaña de la selección. Lo instaló donde quería: en el ojo del mundo. Volvió con la canasta llena de elogios, ganó en el comparativo con su maestro Bielsa, se le abren las ofertas.

El casildense, hombre extrovertido y apasionado, sabe que tiene un compromiso con nosotros que no podrá disolver tan fácilmente, a riesgo de ganarse una repulsa. Esta generación - que se dice la mejor de la historia - deberá asumir, como Joachim Löw, todos los pecados del pasado. En un siglo no hemos ganado ni una sola copa. Y ya es hora de hacerlo. Si cambiamos ahora de mano, perderemos la exquisita opción de una Copa América organizada en casa, y eso sería inaceptable.

Hay que amarrar a Sampaoli. Decretarle arraigo. O cobrarle de una vez toda la hipoteca. Pero no podemos dejar que se vaya ahora.

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