Las pequeñas cosas, por Aldo Schiappacasse

Las pequeñas cosas, por Aldo Schiappacasse

Si Gonzalo Higuaín aprovechaba ese error de la defensa alemana, Argentina sería campeón. Si Messi no se equivocaba tan estrepitosamente a la hora de definir sobre el segundo palo, Argentina sería campeón. Si Palacio no se hubiera apresurado en el alargue al levantarle la pelota a Neuer, Argentina sería campeón. Si el discreto Rizzoli consideraba que la embestida del portero alemán sobre el Pipa era fuerza desmedida, Argentina sería campeón. Y si Mascherano llegaba al cruce cuando André Schürrle comenzó la carrera que culminaría en el gol de Götze, habrían llegado a los penales.

Con los años aprendí que analizar el fútbol en condicional es una soberana tontera, básicamente porque nosotros aprendimos a hacerlo así. Si el travesaño no hubiera devuelto el tiro de Pinilla habríamos llegado a semifinales, por ejemplo. Alemania fue campeón por muchas razones, todas atendibles y lógicas, pero lo fue en términos prácticos porque hizo el gol cuando lo necesitaba para bordar la cuarta estrella en su camiseta.

El resto, como diría Serrat, son aquellas pequeñas cosas que, "como un ladrón te acechan detrás de la puerta. Te tienen tan a su merced como hojas muertas. Que el viento arrastra allá o aquí, que te sonríen tristes y nos hacen que lloremos cuando nadie nos ve".

El fútbol está lleno de esos pequeños momentos que recordaremos siempre como el punto donde la historia pudo escribirse de otra manera. Nos aferraremos a ellos como un dogma irrenunciable y por eso entiendo hoy a los argentinos cuando culpan al árbitro, olvidando que el de Löw era un gran equipo, que tenía jugadores increíbles, que jugó mejor y más alegremente. Que siempre quiso ganar y que pocas veces especuló. Que trabajó duro para lograrlo y que nadie podrá reprochar la superioridad que marcó en la cancha.

Se acabó la Copa del Mundo y quedarán esas pequeñas cosas que volverán, cada cierto tiempo, para recordarnos un mes inolvidable. Yo guardaré para siempre la imagen de un puñado de brasileños en la cancha, de rodillas y orando, para clamar por ayuda divina. Varios hinchas se nos acercaron en el Maracaná, el día de la final, para decirnos que el tiro en el travesaño de Pinilla fue más una condena que una salvación: si se iban ahí se habrían evitado la humillación de los diez goles en dos partidos.

Puede ser. Yo prefiero creer en el destino. Las cosas están ahí y se puede luchar por empujarlas o evitarlas, pero parecen ya escritas. Como que Alemania iba a ser campeón y que Mario Götze iba a hacer el gol. Me encantan las historias de héroes y villanos y creo que ésta es la mejor para terminar el Mundial. El héroe germano era un traidor hace exactamente un año, cuando dejó al Borussia Dortmund para fichar por el Bayern Munich, justo antes de la final de la Champions, donde jugó realmente mal. Lo tildaron de traidor y de Judas, quemaron su camiseta. Seguramente los mismos que gritaron, hasta ahogarse, el gol que les dio el tetra.

Así es el fútbol. Está lleno de detalles, de revanchas, de historias sublimes, de pequeños momentos. De giros inesperados, de cosas inexplicables, de hechos predestinados. Alemania fue campeón. Porque así estaba escrito. 

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