Los gritos del silencio, por Aldo Schiappacasse

Los gritos del silencio, por Aldo Schiappacasse

Escribo en un pasillo del Mineirao, sobre una mesa improvisada. Vengo de perderme en los pasillos del gigante de Belo Horizonte y de palpar, in situ, el sentimiento ajeno. El de los brasileños, que al ver un chileno no gritan el triunfo en la cara, no dibujan una sonrisa, no apelan - como antes del duelo - a la historia y a la leyenda.

Nos palmotean la espalda, como dándonos las gracias por mantenerlos en la fiesta, por no haberles dado el tiro de gracia, por no desatar el llanto que se adivinaba en el rictus de Julio César, David Luiz, Luiz Gustavo, Neymar. En el de millones de brasileños que estuvieron en silencio, mudos espectadores de la gesta chilena que los tuvo al borde de la cornisa, sintiendo que se venía algo peor que el Maracanazo del 50, que se caían como un gigante golpeado.

Es demasiado pronto, lo confieso, para procesar tantas emociones. Siento el grito ahogado de ese remate de Mauricio Pinilla, o el penal perdido de Alexis Sánchez. O la angustia escondida entre las manos, tapándose la boda, de los hinchas que por primera vez nos hicieron sentir que éramos visitantes.

Si estamos todos de acuerdo en no volver a creer en las victorias morales, no podremos sentirnos satisfechos con la manera en que nos fuimos. Pero hay un sentimiento de orgullo, de no ser doblegados, de jamás estar de rodillas que redime. Pensé que ese gol a los 17 minutos escribía el primer reglón de un cuento muy conocido, pero la viveza de Vargas y el golazo de Alexis nos metió al partido. Los tuvimos en el segundo tiempo, generándoles tanto respeto que ni siquiera se animaron a salir a buscar el encuentro.

No habrá fanfarronadas y, como ya dije, si salen campeones del mundo - porque pese a todo son buenos, locales y tienen a Neymar - tendrán que guardar para siempre ese arco del Mineirao donde se estrellaron nuestras ilusiones y se aferraron sus escasas esperanzas.

Chile se fue, como se ha ido siempre, en octavos y frente a Brasil. Estuve en las dos anteriores y créanme que fue distinto. Fue distinto al Parque de los Príncipes y a Sudáfrica. Saldré del estadio con la sensación de haber sido testigo de uno de esos partidos que se definieron por detalles, por fortuna, porque así estaba escrito. Cuando decíamos que la ilusión no tiene límites, aquí estuvo la prueba.

Durante un largo rato, sólo nos escuchábamos nosotros. El silencio grande de un país gigante, consumido en sus propios temores y angustias, fue el mejor incentivo para todas las gargantas que vistieron de rojo. Aquí, en el Mineirao que sigue a nuestros pies, y allá, en un país que hoy tocó las puertas del cielo. Aunque una vez más estas no se abrieran.

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