Messi corre con Maradona al hombro, por Aldo Schiappacasse

Messi corre con Maradona al hombro, por Aldo Schiappacasse

Hace cuatro años atrás –quizás en un mejor momento que ahora- Lionel Messi sucumbió en Sudáfrica víctima de los excesos, el protagonismo permanente y el desorden táctico que impuso Maradona en la selección argentina. Ahora, en Brasil, juega con quién quiere, ya lleva cuatro goles, disputa el estrellato con Neymar y parece más relajado en la disputa por el reinado. Parece no más.

Y es que el pobre de Lio no puede sacudirse de la sombra del Diego. Ayer, justo cuando abrochaba la primera fase con dos golazos en el hermoso Beira Río, el tema obligado era Maradona. Antes, durante y después del partido.

Antes porque nadie pudo soslayar que se cumplían veinte años del célebre pleito (también ante los nigerianos) en que le detectaron doping y “le cortaron las piernas”. La rubicunda enfermera de la Cruz Roja que lo conducía sonriente a la sala de exámenes es una imagen legendaria de los mundiales. Durante, porque el público coreó su nombre un montón de veces, en apoyo a la disputa que tiene con Julio Grondona, el todopoderoso dirigente de la AFA y la FIFA. Y después, porque era inevitable plantearse si con actuaciones como ésta Messi estaba encaminado a terminar con el reinado de su ilustre antecesor.

Maradona aparece por todos lados, para desgracia de Argentina. Conduciendo el programa “De zuda” para la televisión venezolana cobra un millonario sueldo, comparte con Víctor Hugo Morales (el que inventó el “barrilete cósmico”) y es un universo en sí mismo. La prensa especula que pasó una noche con Rocío Oliva, una ex novia. Lee en pantalla la carta que le envió Fidel Castro, llama por teléfono a Sampaoli (“felicitaciones monstruo”, le dijo después de ganarle a España) o se trenza con Sergio Agüero porque al delantero de la selección no le gustó que mostrara a su hijo (nieto del 10) en el programa. Se ventilan intimidades, se hacen recuerdos, se insulta con el dedo del medio a cámara y, de repente, se critica el fútbol de la Copa.

En medio de ese carnaval de polémicas, show y frivolidades, los argentinos viven un reality paralelo, donde las decisiones de Sabella tienen poca importancia, porque se sabe que este equipo está hecho a la medida de su astro. Messi quiere levantar la Copa para empezar a apagar el mito del Diego, al que debe cargar en hombros cada vez que inicia una carrera hacia el arco rival. Y eso parece ser mucho peso.

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