Que descansen en paz, por Aldo Schiappacasse

Que descansen en paz, por Aldo Schiappacasse

Argentina acaba de clasificar a la final en un partido opaco, pero con una impecable definición a penales. Todavía no aparece Messi en plenitud, pero eso no importará si el 10 levanta la Copa del domingo en el Maracaná, una imagen que para su país, para los brasileños y para el mundo será demasiado potente. El sueño dorado de los trasandinos, la pesadilla más cruel para los locales.

La escuadra de Sabella llega en circunstancias especiales. Futbolísticamente trató de rodear a Messi de aquellos con los que mejor se siente, pero paulatinamente Gago, Agüero y Di María (estos últimos por lesión) fueron perdiendo trascendencia en la escuadra. Contra los holandeses fue el primer pleito que no ganó y, como suele ocurrir, la escuadra fue captando adhesiones en el camino, porque los detractores al fútbol especulador y frío tuvieron que subirse al carro de la historia: debieron pasar 24 años para que se metieran entre los mejores cuatro del mundo.

Era el momento para las ofrendas. Antes del partido hubo un homenaje a Di Stéfano, el ídolo y maestro fallecido, que nunca pudo jugar un Mundial. Y para el cual la FIFA y los brasileños no tuvieron ni un mínimo gesto en la otra semifinal. Además durante el torneo dos periodistas argentinos fallecieron en trágicas circunstancias, enlutando a una delegación que se hace sentir en cada partido, casi como una hinchada más.

La clasificación albiceleste terminó por sepultar anímicamente a los dueños de casa, ya derrumbados tras la goleada alemana. La reacción de la prensa fue extraña, cruel y vengativa: redimieron unánimemente a los despreciados jugadores del 50, partiendo por Barbosa, el arquero que se comió el último gol frente a los uruguayos. "No necesitaron ni de sicólogos ni de millones de dólares ni de un gobierno detrás para llegar a una final. Algo que estos ni siquiera rasguñaron", se leía en los periódicos, que, además, destrozaron a Luis Felipe Scolari.

"Vejamen" fue la expresión más usada. Rara para la terminología futbolera. Es la peor vergüenza de su historia, aseguran, porque aquella derrota destrozó los corazones, pero esta destruyó la dignidad y el orgullo. Lo que permite que los fantasmas del Maracaná, que durante 64 años vagaron sin olvido ni perdón en la memoria de los pentacampeones, puedan por fin descansar en paz.

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