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El dudoso y potente poder moral de la deuda

Gánsteres como Don Corleone enmarcan lo que hacen en términos de deuda. Lo hacen con el conocimiento de que la deuda es una herramienta poderosa para extorsionar y hacer que parezca que es el deudor el que actuó mal. Pero no solo los mafiosos utilizan ese poder moral.

El dudoso y potente poder moral de la deuda

La deuda ha moldeado nuestra sociedad durante más de 5.000 años. Y un aspecto de la deuda ha ejercido especial influencia sobre nosotros es su poder moral. Así lo explica el antropólogo David Graeber en la serie "Promesas, promesas: una historia de la deuda".


Muchos recuerdan la escena del film "El Padrino" en la que Don Corleone le dice a un enterrador asustado que vengará la muerte de su hija, pero que si lo hace quedará en deuda con él.

Hay algo que produce terror en esa escena. La forma en la que Don Corleone habla de la justicia. Cómo habla de tortura y mutilaciones y la manera en que sugiere que al entrar en ese mundo se abandona toda posibilidad de un tipo de justicia que se pueda fundamentar en cualquier otra cosa.

Es un hecho interesante que los gánsteres, que son empresarios cuyo negocio se basa en la violencia, enmarcan casi todo lo que hacen de forma invariable en términos de deuda.

Más deuda, más poder

Una amiga italiana se fue de vacaciones hace poco a Calabria, Italia. Me contó que cada vez que paraba en un café le llamaba la atención un cartel en el que se recordaba a los clientes que tenían prohibido invitar a otros a desayunar.

Al final se decidió a preguntarle a uno por qué.

Y le respondió: "Así es como empiezan los mafiosos de poca monta. Se sientan en un restaurante e invitan a los parroquianos a almorzar, sobre todo a aquellos que saben que no pueden devolver la invitación. De esta manera empiezan a tejer una red de personas que les deben pequeños favores. Para entregar un paquete, por ejemplo, o guardar algo en su casa".

Poco a poco, esos favores se van transformando en más poder, más riqueza y más deudas.

Don Corleone representa la cumbre de ese sistema.

Como Don Corleone en "El Padrino", los mafiosos enmarcan casi todo lo que hacen de forma invariable en términos de deuda.
Como Don Corleone en "El Padrino", los mafiosos enmarcan casi todo lo que hacen de forma invariable en términos de deuda. Getty Images

Pero hay otra cosa en la escena que encarna algo profundo sobre la esencia de estar en deuda: esa combinación de moralidad y amenaza por parte del acreedor.

Al fin y al cabo, si hay algo más terrorífico que ser objeto de violencia es serlo de violencia justificada.

Entre lo moral y lo injusto

Es la combinación de miedo, vergüenza e indignación que caracteriza al endeudado.

Esa tensión entre el sentimiento de que la deuda representa la esencia de la moralidad y, al mismo tiempo, el sentimiento arraigado de que hay algo injusto en ella surge una y otra vez a lo largo de la historia humana.

Dondequiera que se mire, en todas las épocas y lugares, se encuentran dos cosas en las que generalmente hay consenso: por un lado que lo moral es pagar las deudas que uno contrae. Por otro, que aquellos que se ganan la vida prestando dinero son malvados.

A través de la historia de la humanidad, una arrolladora mayoría de transacciones monetarias son crediticias.
A través de la historia de la humanidad, una arrolladora mayoría de transacciones monetarias son crediticias. Getty Images

De acuerdo con una antigua creencia budista, quien deje de pagar sus deudas volverá a nacer como buey esclavo en la casa de su acreedor.

Y también encontramos cuentos recurrentes sobre deudores que se vengan de usureros que fueron demasiado lejos.

Un autor medieval japonés cuenta una historia sobre la reencarnación de un prestamista avaro en un monstruo.

De la cintura para arriba se había convertido en buey y unos cuernos de 10 centímetros le asomaban por la cabeza.

Sus dos manos se habían convertido en pezuñas y sus uñas estaban rotas. De cintura para abajo, en cambio, su cuerpo era humano. Le dejó de gustar el arroz y prefería comer hierba, y se tumbaba sobre sus propios excrementos.

Desesperada y avergonzada, la familia hizo intentos desesperados para comprar su perdón. Cancelaron todas las deudas que tenían, donando gran parte de su fortuna a establecimientos religiosos. Finalmente, el monstruo murió.

El hecho es que cuando pensamos en deudas caemos en una profunda confusión moral.

El sentimiento arraigado de que hay algo injusto en la deuda surge una y otra vez a lo largo de la historia humana.
El sentimiento arraigado de que hay algo injusto en la deuda surge una y otra vez a lo largo de la historia humana. Getty Images

Creemos que las deudas se deben pagar pero al mismo tiempo las despreciamos.

El historiador de la religión Martin Palmer lo explica así:

"Como la deuda se focalizó tanto en el sector financiero, y como lo financiero representa los intereses de una sección cada vez más pequeña de la sociedad, y esa sección de la sociedad maneja no solo lo financiero sino también ?hasta un punto considerable? el lado político de nuestra vida, la deuda carga actualmente con la connotación de explotación, de injusticia, de un nivel de intereses incomprensible, y también con la idea de que estamos algo sobre lo que tenemos muy poco control".

Todo lo que nos rodea es deuda

La deuda está en todos lados.

Todo el mundo que conocemos está, de alguna forma, en deuda. Las modernas economías consumistas funcionan así; los modernos Estados nación operan en déficit.

Los últimos 30 o 40 años hemos asistido a la creación gradual de lo que solo puede ser descrito como una "burocracia global de la deuda".

En ella, actores como el Fondo Monetario Internacional, la Unión Europea, Goldman Sacks, JP Morgan Chase y muchos otros operan en el negocio de crear, monetizar, mantener, manejar e intercambiar deuda de una forma u otra.

Hace unos pocos años, el sistema estuvo a punto de colapsar, y el resultado de ello fue terrible.

Pero esto no es nada nuevo, ni de las últimas décadas.

En la historia encontramos cuentos recurrentes sobre deudores que se vengan de usureros que fueron demasiado lejos.
En la historia encontramos cuentos recurrentes sobre deudores que se vengan de usureros que fueron demasiado lejos. Getty Images

A lo largo de la historia de la humanidad, una arrolladora mayoría de transacciones monetarias son crediticias.

De hecho, la deuda precede la invención del dinero. Y la historia del dinero y de la deuda es también la historia de la guerra y la violencia.

En medio de esta historia sangrienta, está el profundo poder moral de la idea de la deuda.

Un pacto "sagrado"

Las razones de ese poder moral son obvias: la deuda es una promesa, normalmente una promesa de pagar cierta cantidad de dinero bajo ciertas condiciones, como una tasa de interés y un período de tiempo concreto.

Es, en palabras de Palmer, "una especie de compromiso entre una persona que tiene poder y una que no lo tiene".

Pero no es menos cierto que tendemos a tratar cierto tipo de promesas como más sagradas que otras. Y la deuda es una de las más sagradas.

Para entender eso, según Palmer, conviene echar un ojo a la Biblia.

Las fachadas de los bancos de los siglos XVIII y XIX parecían templos.
Las fachadas de los bancos de los siglos XVIII y XIX parecían templos. Getty Images

"Tenemos que ir hasta Noé, porque Noé tiene una especie de compromiso con Dios después del diluvio. Noé está en deuda con Dios".

"Como hacemos esa asociación religiosa, donde exista esa relación de compromiso, ya sea con Dios o con el banco, le damos una dimensión casi sagrada a esa obligación", explica el historiador.

Palmer da un ejemplo claro y visual de esto:

"Cualquier fachada de cualquier banco del siglo XVIII o XIX, en cualquier ciudad británica, tiene forma de templo. ¿Por qué? Porque sabían que estaban jugando con la noción de un pacto sagrado de obligación, estaban jugando con la noción de un acuerdo entre Dios y nosotros".

La paradoja de la deuda

En los países democráticos, durante las campañas electorales, los políticos hacen promesas a los votantes.

Con frecuencia, después de la elección, anuncian que no pueden mantener sus promesas porque no hay suficiente dinero y habría que incurrir en deuda.

Lo que están diciendo en realidad es que una promesa de pagar a los prestamistas, con sus intereses, es más sagrada que cualquier promesa hecha al electorado.

Todo el mundo parece aceptar esto, pero ¿por qué?

Para los analistas políticos, la respuesta es obvia: si los políticos no pueden mantener sus compromisos con los acreedores, la economía sufre.

Pero podemos hacer esta premisa en el otro sentido: si los políticos no pueden mantener sus compromisos con los electores, la democracia sufre.

Entonces, ¿por qué asumimos que los políticos pueden romper una promesa con los votantes, pero no con los acreedores?

Lo podemos llamar la paradoja de la deuda.

Durante la mayor parte de la historia humana, la mayoría de seres humanos fue convencida de que eran deudores.
Durante la mayor parte de la historia humana, la mayoría de seres humanos fue convencida de que eran deudores. Getty Images

A nadie le gusta Don Corleone, pero de alguna forma estamos convencidos de que tiene razón.

Podemos odiar y temer a nuestros acreedores, pero de alguna forma creemos que contraer deudas es en términos morales aún peor.

Por eso los mafiosos enmarcan la pura extorsión en términos de deuda.

Es el medio más efectivo para que esas relaciones de poder arbitrario no solo parezcan relaciones morales, sino que incluso la víctima parezca culpable.

Y no solo son los mafiosos quien se dieron cuenta de esto.

A lo largo de la historia también lo hicieron comandantes de ejércitos, terratenientes y funcionarios corruptos.

Durante miles de años hombres violentos fueron capaces de decirles a sus víctimas que les debían algo. En algunos casos las convencieron de que les debían la vida.

Es decir, durante la mayor parte de la historia humana, la mayoría de seres humanos fue convencida de que eran deudores.

Como resultado, nos peleamos por deudas desde hace, al menos, 5.000 años.

 

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