James Rhodes tiene 42 años, pero en cuatro décadas ha vivido al menos dos vidas: una hasta los seis años, como un niño feliz de un entorno privilegiado en un bonito barrio de Londres; otra a partir de entonces, cuando empezó a ser violado repetidamente por un profesor de gimnasia de su escuela.

Los abusos duraron cuatro años de infierno que lo cambiaron irremediable y permanentemente, porque "la violación es como una mancha que está siempre presente".

Hoy en día es un respetado y conocido pianista que recorre el mundo dando conciertos de música clásica y ha logrado abrir este género a un nuevo público, ha aparecido en programas de televisión y publicado siete discos. Estos días participa en el Hay Festival Querétaro.

Pero hubo muchos momentos en los que el legado de los abusos era una losa tan pesada que sobrevivir parecía imposible.

El daño que la experiencia tuvo en el niño Rhodes fue mucho más allá del dolor físico, insertando en él un sentimiento de culpa tremendo y cruel.

"Todavía me siento culpable gran parte del tiempo. No creo que esto desaparezca, si tienes suerte quizás con mucho tiempo y trabajo... pero estoy muy lejos de esto. Lo que he conseguido hacer, quizás no muy sano, es encontrar una forma de no pensar en ello mucho, de enterrar esos sentimientos", le dice Rhodes a BBC Mundo.

"Te conviertes en un cómplice del perpetrador. Ellos (los abusadores) fuerzan tu silencio y te dicen que no hables. Cuando estás rodeado de otra gente, tienes que hacer como si todo fuera normal", explica.

"Lo que esto provoca es increíblemente manipulador y muy, muy tóxico. Cada día que lo proteges y no dices nada, te conviertes en su socio".

Por eso, Rhodes tardó 25 años en revelar lo que le había pasado, en unas memorias que son a la vez terribles y esperanzadoras, y tuvo que llegar hasta el Tribunal Supremo de Reino Unido para poder publicarlas.

Su exmujer pidió la censura por el daño que podía causar al hijo de ambos, pero el tribunal acabó fallando a favor del músico y "Instrumental: Memorias de medicación, música y locura" vio la luz en 2015.

El libro es terrible por su cruda descripción de la vulnerabilidad de un niño ("¿Quieres saber cómo eliminar todo lo que de niño tiene un niño? Fóllatelo repetidamente. Golpéale. Mantenlo controlado y métele cosas dentro") y de las consecuencias del abuso infantil: estrés postraumático, tics mentales y físicos de todo tipo, un intento de suicidio, abuso de alcohol y drogas, autolesiones, internamiento en psiquiátricos y cosas tan vergonzantes como tener una erección al llorar porque su cuerpo vincula las lágrimas con el sexo.

Pero también esperanzador, porque Rhodes sobrevivió, a pesar de que ni él ni su apreciado psiquiatra ("James, ambos sabemos que tienes unas probabilidades de 50/50 de seguir aquí dentro de un año. La mayoría de la gente que ha pasado por esto, no siempre lo consigue. Pero a ver si podemos aumentarlas un poco" le dijo el primer día), tenían mucha confianza en ello.

No solo eso, sino que logró salir de esa burbuja de "autómata" autodestructivo en la que entró una tarde hace muchos años, cuando el sr. Lee lo metió en un cuarto sin ventanas del gimnasio de la escuela, tras ganarse su confianza haciéndole sentir especial y regalándole cajas de cerillas, y lo violó.

Era un momento en que la concienciación de la sociedad hacia el abuso infantil era escasa, lo cual explica que a pesar de que una de las profesoras de la escuela se dio cuenta de que algo no iba bien, nadie intervino.

"Estoy destrozada por la culpa por no darme cuenta del infierno por el que James estaba pasando. Intenté protegerlo de lo que pensaba eran abusos físicos. Nunca pensé, dentro de mi ingenuidad, que estaba ocurriendo algo de naturaleza sexual".

Es un fragmento de la declaración policial que esa profesora hizo en 2010 sobre el caso tras leer una entrevista que había dado Rhodes.

Pero él no guarda rencor a las personas que pudieron detener el abuso y no lo hicieron. "Sus motivos no fueron maliciosos", asegura.

"¿Si me hubiera gustado que intervinieran? ¡Claro que sí! Hubiera dado cualquier cosa por ello, pero no pasó y eso no puedo cambiarlo. Es un hecho de la vida. Si pierdes una pierna, te la amputan, puedes enfadarte todo lo que quieras, pero eso no te la va a devolver. Al final, tienes que hacer las paces con una parte de ello. No he hecho las paces con muchas cosas alrededor de lo que me pasó, pero sí con esto".

La vida de James Rhodes es indudablemente una historia de superación, pero también del poder salvador de la música.

"Bach me salvó la vida", suele decir el pianista. Y aunque pueda parecer a muchos una exageración, para él no lo es.

"Suena muy melodramático pero es la pura verdad. No es algo específico mío: sin música, tendríamos problemas para vivir. La idea de un mundo sin música es impensable", relata.

"La música fue una prueba definitiva de que el mundo no era 100% horrible. Recuerdo muy claramente la idea de que si algo tan hermoso como esto puede existir en el mundo, no puede ser todo malo".

"También era algo solo para mi, una cosa secreta que yo podía escuchar solo, oír en mi cabeza y que nadie podía ver u oír", cuenta.

"Era como tener un superpoder".

Y sin embargo, tras empezar a tocar el piano de niño y lograr que a los 18 le ofrecieran una beca para estudiar en una prestigiosa escuela de Londres, ante la negativa de sus padres Rhodes acabó matriculándose en la Universidad de Edimburgo, en Escocia, y abandonando la música.

Tras un año de alcohol y drogas, acabó siendo internado en un centro psiquiátrico. Y después de dar varias vueltas terminó trabajando en la City de Londres, uno de los centros financieros del mundo, en un puesto donde ganaba mucho dinero.

Pero el hombre ya maduro y casado seguía siendo infeliz y se autolesionaba con frecuencia con cuchillas de afeitar.

Su camino de vuelta a la música y de salida del hoyo en el que estaba metido tuvo algo de aleatorio.

A su manager, Denis Blais, lo conoció en un café de la cadena Starbucks hablando de la chacona para violín solista en re menor de Bach, transcrita por Busoni. La única pieza de música clásica que Blais conocía y la preferida de Rhodes.

Posteriormente Sir David Tang, un empresario millonario fallecido la pasada semana, lo apoyó con dinero cuando Rhodes se lanzó finalmente a dejar la City y se divorció.

"Me ayudó emocional y financieramente y nunca me pidió nada a cambio".

Y con esfuerzo y muchos altibajos, Rhodes se convirtió en quien es hoy, con siete discos a su espalda con títulos tan poco convencionales como "Cuchillas de afeitar, pastillas pequeñas y grandes pianos" o "Ahora podrían por favor todos los freudianos hacerse a un lado".

En 2010, fue el primer pianista clásico en firmar un contrato con la discográfica de rock más grande del mundo, Warner Bros Records.

Cuando se le pregunta si tras haber conseguido el éxito, se ha aburrido de la música, su respuesta no puede ser más clara.

"¡Por Dios, no! Esta es la magia, es imposible cansarse. Podría tocar, literalmente, la misma pieza miles de veces en dos años y nunca, nunca, cansarme, y descubrir nuevas cosas sobre ella, cosas que me inspiran".

"¿Me frustra y me agota? ¡Claro! ¿Siento mucha presión y me pongo nervioso? ¡Claro! Viajar, el jet lag, las malas críticas...".

"Pero luego me detengo y digo: ¿sabes qué? Estoy a punto de volar a México, luego iré a Hamburgo, Medellín, Bogotá... He tocado en el Teatro Real de Madrid, en el Palau de la Música de Barcelona, en el Festival Sónar (de música electrónica de Barcelona) y es increíble".

"Es un sueño hecho realidad. Adoro cada minuto".

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Este artículo es parte de la versión digital del Hay Festival Querétaro, un encuentro de escritores y pensadores que se realiza en esa ciudad mexicana entre el 7 y el 10 de septiembre.

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