Nos guste o no, José Antonio Kast es el incuestionable ganador de esta elección. Nacido y criado en la cultura de la UDI, se lanzó en solitario a una aventura que contradecía su carácter de militante disciplinado aparentemente feliz con solo ser el “hermano de”. Este hombre que pololea solo los martes, y se peina igual desde los 12 años, se alió con todo tipo de huérfanos de derecha, no siempre predecibles ni presentables. Gente más bien impulsiva y colorinches, que supo domesticar lo suficiente como para tragarse con zapato la derecha institucional y el centro, por cierto, del que no quedo nada.

Así, sin firmar ningún acuerdo se ha beneficiado de todos y consiguió administrar los errores y aciertos de los demás para quedar asombrosamente bien posicionado para la elección siguiente.

Para conseguir ganarlas debe recordar que mucho de lo conseguido lo consiguió gracias al más peligroso y poderoso de los aliados: El miedo. No solo el miedo a la delincuencia, a la inmigración, o a la inflación, sino más bien un miedo que está en la raíz de todos esos miedos, a no tener una casa a la que llegar, a quedarse en la intemperie física, psicológica, pero también cultural. Un miedo que se hizo terriblemente posible en la convención pasada, que explica el hondo y transversal rechazo a su proyecto de constitución, pero que también explica el rechazo a la figura de Sebastián Piñera, y su obsesión por el “progreso” y la “modernización” en que tampoco nos reconocimos al final.

Kast, nuevo líder incuestionado de la derecha, se equivocaría mucho en pensar que la derecha debe redactar la constitución a su antojo. Es evidente que muchas de las ideas de la derecha quedaron por el voto ratificado, pero la variedad asombrosa de resultados contrarios, que hemos vivido en pocos años, prueba que los chilenos sabemos mucho más sobre lo que no queremos que lo que queremos. O más bien sabemos que detestamos tanto la verdadera soberbia de la derecha de siempre, como la falsa modestia de la izquierda woke de ahora. Los resultados del PDG prueban, además, que a los chilenos le divierten los payasos y los piratas, pero que todavía no están suficientemente desesperados para votar por gente que solo es eso y nada más que eso.

A los generales triunfadores en Roma, les susurraban, al mismo tiempo que se les coronaba con laureles, que recordaran que eran mortales. A Kast y a los republicanos hay que recordarles que son chilenos, es decir más mortales que nadie. Cualquier intento de pasar la aplanadora, sea cual sea el aplanador de turno, conseguirá despertar aún más el ansia de rechazo que está alojada en el centro mismo del corazón del chileno de hoy.

Habrá que pensar cómo cerrar esa misma caja de pandora, la del rechazo a todo y a todos, si no se quiere ser tragado por ella.

La idea de que pactar, de que negociar, de que conversar es sinónimo de perder es el mayor peligro que acecha nuestra democracia, la chilena y la de cualquier parte del mundo. Pero hay suficientes ejemplos a nivel mundial que prueban que el que no pacta gana también a la larga y a la no tan larga, su propia derrota. “Recuerda que eres mortal”, decían en Roma, pero, en estos tiempos, en ninguna parte se mata y se muere más que en twitter.

Kast comprendió justamente que no hay nada más moderno que no ser moderno. Porque, después de todo, en eso consiste ser posmoderno, en la victoria pírrica de los enemigos de la revolución, la rusa, la cubana, pero también la francesa de 1789 y la americana de 1776. Kast se equivocaría, sin embargo, en no oponerse a la verdadera revolución triunfante: La de las nuevas tecnologías y sus tendencias, a dar por obsoletos profesiones, oficios, personas y familias, culturas, y religiones.

El expresidente Lagos, después de votar, “dio la lata” hablando justamente de eso, de las nuevas tecnologías. Creo que una vez más, ve un poco más lejos que los demás. La inteligencia artificial y sus desarrollos posibles, parecen un tema de ciencia ficción, pero parte central de ese miedo que los conservadores entienden mucho mejor que los liberales, son frutos de esas nuevas tecnologías y sus formas de producción y concentración de la riqueza.

Así, lo ha impedido llegar al verdadero poder, tan cerca ahora, es justamente su ambigüedad con el liberalismo en su forma económica. Pero también lo ha perjudicado algo de su propio carácter: A pesar de tener muchos hijos, Kast no es un padre. O al menos no encarna la figura paternal, patriarcal incluso, que defiende a voz en cuello. En un momento de tormento económico, cultural, con problemas de inmigración y seguridad, su figura resulta para muchos una salvación. Pero solo podrá pasar de ser una “choreza” si da confianza y no asusta a los que no piensan ni siente como él.

Si no entiende que la nostalgia de los chilenos no es a un pasado concreto, el de la dictadura o el de la Concertación, sino a la idea de ser protegido, salvado, cuidado, su victoria de hoy puede convertirse en una derrota igualmente inapelable. Todo prueba que el miedo consigue cambiar todo lo que toca, pactos, ideas, confianzas, certezas y dudas. Los cuatro caballos del Apocalipsis galopan más rápido que ninguno, pero no se conoce a nadie que los haya montado sin caer de ellos. No se sabe de nadie que haya podido nunca domarlos totalmente. Lo único que cabe para no morder el polvo, es bajarse de ellos a tiempo.

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