Hace algunos días el presidente de Argentina, Mauricio Macri, cifró en 5 millones de dólares la recompensa a empresas privadas que puedan brindar información sobre el paradero del submarino Ara San Juan, desaparecido el 15 de noviembre con 44 tripulantes a bordo. 

A pesar de la participación internacional de unos 22 países en la búsqueda, el considerado mayor operativo de la historia de Argentina ha quedado en papel mojado: sin resultados concretos ni respuestas que alivien el drama que viven sus familiares en tierra.

A tres meses de la pérdida de comunicación del Ara San Juan con la base en Mar del Plata, T13.cl se acercó a un hermano, un padre y a la mujer de tres de los protagonistas de una de las mayores tragedias que han marcado el país transandino.  

Itatí Leguizamón: “Lloro noche por medio y casi todas las noches lo sueño, pero no por eso voy a detenerme”

Es la voz más crítica de los familiares del Ara San Juan. Desde el comienzo, Itatí Leguizamón, esposa de Germán Óscar Suárez, uno de los 44 tripulantes desaparecidos,ha destacado por hablar sin tapujos. “Para mí son unos perversos que nos manipularon", dijo a la prensa tras el anuncio de la Armada del 23 de noviembre sobre una explosión.

“Era obvio que había algo muy extraño y que no se llegaría a saber. Por eso mi enojo, porque sentí que hubo ocultamiento, que nos mintieron. Y lo sigo sosteniendo”, cuenta Itatí a T13.cl, asegurando que desde aquel momento entendió que no volvería a ver a su marido, el sonarista del Ara San Juan y cabo primero de la Armada, por quien dejó la capital para comenzar una vida juntos en Mar del Plata.

A tres meses de la tragedia, reconoce una tristeza y un dolor profundo, y la sensación de soledad que la acompaña a diario. “Me robaron la vida, porque yo tenía un proyecto de vida con mi esposo”. Por eso, quiero saber qué paso. Es lo mínimo que me merezco porque me robaron a mi esposo”, afirma.

De la rabia pasó a una nueva fase. “Seguramente hay un culpable, ya vamos a ver quién es, pero ahora estoy en la etapa de aceptación. Tengo que aceptar que él ya no va a volver”, cuenta, argumentando que no puede desconocer el “factor realidad”. Que ya pasaron 90 días desde la desaparición. 

“Sé es que es imposible que estén con vida”, sentencia, aunque admite que a veces se confunde. “Una parte de mí lo entiende, otra no”, dice.

Ojalá me pudiera morir también, pero yo no quiero morirme. Para algo Dios me dejó aquí en esta vida. Si se lo llevó a él fue por algo y si me dejó a mí también será por algo
Itatí Leguizamón, mujer de Germán Óscar Suárez, sonarista del Ara San Juan

Con esa contradicción vital, la abogada de profesión y pronta a titularse de comunicadora social, intenta sobrellevar sus días con cierta normalidad. Mantiene su rutina. Sigue trabajando y haciendo las cosas de la casa. Retomó algunos libros, camina por la playa y se preocupa más por su estética. Eso le da alivio. Aunque en su casa mantiene los recuerdos intactos, los retratos de ambos y duerme en un solo lado de la cama.

“Lloro noche por medio y casi todas las noches lo sueño, pero no por eso voy a detenerme”, admite, y agrega: No me quedo tirada acá, porque de lo contrario, no me levanta nadie. Tampoco tengo quién me levante. Si no lo hago yo, ¿quién lo hace?”, se pregunta.

Mujer conciliadora por naturaleza, confiesa que nunca grita, que siempre intenta unir. Ahora más serena y menos en “shock”, acude a la base de Mar del Plata para reunirse con el resto de “la familia”, a quienes en algún momento tildó públicamente de "ignorantes" por creer que están vivos.

“Ellos ya saben que yo pienso que ya no van a volver, pero no les digo eso en la cara. Voy (a la base) y respeto lo que ellos están pensando, lo que dicen. Me quedo, comparto (con los familiares) y vengo a dormir a mi casa”.

En casa y en soledad, las fuerzas las saca de un obsequio que le dejó su marido antes de zarpar en el Ara San Juan.Yo pienso que si él estuviera me querría ver feliz, porque él me dejó un video donde me dijo que yo rece, que sea fuerte y que sea feliz. Quería verme contenta y que siga para adelante. Entonces no puedo estar triste. Muchos dicen que es como una despedida”, comenta.

 Y agrega: “Ojalá me pudiera morir también, pero yo no quiero morirme. Para algo Dios me dejó aquí en esta vida. Si se lo llevó a él fue por algo y si me dejó a mí también será por algo".

 

Luis Tagliapietra, padre de uno de los submarinistas y abogado querellante: "Para mí no existe ni duelo posible hasta encontrarlo"

“Desde el 27 de noviembre del 2017 sueño y vivo por la causa. No hago otra cosa: Pienso y estudio el expediente y hago gestiones políticas”, cuenta a T13.cl Luis Tagliapietra, padre de uno de los submarinistas atrapados en el Ara San Juan y abogado querellante de su hijo y de otras diez familias afectadas.

Esa fecha marcó un antes y un después para Tagliapietra. Fue cuando dejó de creer en la Armada y en el Gobierno después de doce días de expectativas rotas. Con dolor, perdió la fe en aquello que le decían, en la búsqueda oficial y en los esfuerzos realizados. “Cuando percibí las mentiras, los ocultamientos y los desmanejos; cuando nos hablaron de que habían muerto todos los tripulantes en una explosión sin mostraros la más mínima prueba decidí constituirme como querellante”, explica.

El padre de Alejandro, el teniente de corbeta que quiso ser marino desde sus doce años, habla con fluidez y precisión sobre los procesos legales, pero le cuesta definir lo que siente. Las "sensaciones son múltiples”, confiesa. Sin embargo, predominan en él la frustración y un estado de tensión permanente respecto a las instituciones.

“Me refiero a la propia Armada y al poder ejecutivo nacional que desde lo discursivo nos apoyan, supuestamente quieren ubicarlos rápidamente y esclarecer la verdad de todo lo que pasó, pero la sensación es que (lo dicho) no se condice con los actos y las medidas que van tomando”.

El proceso tiene muchas líneas investigativas e interrogantes que despejar, partiendo por la “urgencia” y la “necesidad” de conocer dónde están los tripulantes del Ara San Juan. Es “inentendible” que aún no se conozca nada, afirma y, de paso, denuncia no solo falta de información, sino “operaciones de desinformación”, con noticias falsas.

Lo han llamado de distintos medios, desde EE.UU. a Rusia, pasando por Israel, donde no se cansa de referirse a la falta de determinación política. “El mundo está más preocupado que nuestro propio gobierno” de este caso. “Claramente suena que algo ocultan. Y si algo ocultan tiene que ser muy grave para que valga la pena no revelarlo. Son alarmas que se nos encienden”, dice y promete que, como parte querellante, conocerá el fondo del asunto. “Llegue hasta donde llegue”.

Firme en su determinación por esclarecer la verdad y luchar por la transparencia, surge la pregunta, y ¿dónde queda el papá de Alejandro?

Sin eludir la respuesta, Luis contesta: “Está destruido. Lo único que puedo… cómo expresarlo con palabras… No tengo vida desde hace tres meses. Lo único que me nace hacer es esta lucha por encontrarlos. Porque siento una frustración enorme. Porque no puedo hacer nada. Porque si (Alejandro) se hubiera perdido en la cordillera estaría escalando la cordillera o si se hubiese perdido en medio del bosque estaría con algún elemento buscándolo centímetro por centímetro. Lamentablemente, donde está no puedo ir a buscarlo. Es tremendamente frustrante y doloroso”.

Y continúa con su voz quebrada: “No sé ni si quiera si lo hago bien o mal, pero hago lo que me nace, lo que puedo, lo que está en mis manos, en contra de muchas trabas, de cosas dificilísimas, de mis propias posibilidades físicas, psíquicas y económicas. Pero es lo que siento que debo hacer. Para mí no existe ni duelo posible ni nada hasta encontrarlo y poder descubrir la verdad de todo. Recién ahí podré, tal vez, descansar un poco. Antes no. Y eso es muy duro también”.

En esta etapa Luis cuenta con el apoyo de dos socios y dos empleados de su estudio de abogados, Tags Group, en quienes delega todo el trabajo que no está relacionado con el Ara San Juan. “No hago otra cosa que pensar y ocuparme de esta causa”, cuenta desde su casa de Caleta Olivia, situada a 2.000 kilómetros de Buenos Aires, mientras revisa papeles e incorpora documentos al expediente.

Dos hijos viven con él. Han sido su gran apoyo, ya que no solo “me han bancado en toda esta gesta”, sino que “me han dicho que se sienten orgullosos de todo lo que estoy haciendo. Eso para mí es una energía muy importante”, agrega.

Mikaela, de 19 años, es estudiante de arquitectura y Lucas, de 25, ya es médico. Mientras, Alejandro cumplió su sueño de navegar. “Antes de terminar la secundaria él ya me estaba pidiendo ir al liceo militar para poder ingresar a la Armada. Era una pasión que tuvo desde muy chico. Le gustaba navegar y le atraía lo militar”.

Una elección que estaba en las antípodas de las preferencias de Luis, que se define como un “abogado antisistema”. “Pero él lo quiso y yo lo apoyé siempre, porque creo en la libertad”.

Por eso Luis Tagliapietra siente que sus tres hijos son libres y felices. “En el caso de Alejandro, si le pasó lo peor, fue haciendo lo que amaba y eso me llena de orgullo. No lo considero un héroe por estar en un submarino y pertenecer a una institución; sino por haber seguido a su corazón con mucho esfuerzo y haber hecho siempre lo que su corazón le dictó. Y eso me llena de orgullo”, puntualiza.

 

Claudio Rodríguez, hermano del maquinista Hernán, del Ara San Juan: “Yo me levanto y me acuesto pensando en él” 

“De chiquito él era muy travieso y yo, el encargado de cuidarlo. Había que estarlo buscando por todos lados. Era muy inquieto. Tenía cinco años menos que yo y mamá trabajaba en una fábrica de conservas. Entonces yo lo cuidaba… Y cuando se graduó (de la Marina), lo fui a ver. Me fui en un camión desde Mendoza. No teníamos mucho dinero, yo soy docente, y me fui a dedo hasta Buenos Aires, que está a 1.000 kilómetros de acá. Así que me pasé unas catorce horas viajando para verlo”.

Claudio Rodríguez, hermano del maquinista del Ara San Juan, desparecido el 15 de noviembre de 2017, se ha pasado la vida buscando a su hermano. Solo que, desde hace tres meses, lo ha hecho de un modo distinto: Ha estado movilizando a la gente, adminsitrando la página "Los 44 del Ara San Juan" y siguiendo las redes sociales por una buena noticia. “Mi vida ha cambiado mucho. Estoy permanentemente pensando que mañana despertaré y lo voy a encontrar”.

Su estrategia inicial para promover el rescate de Hernán fue el “bombardeo” mediático, por instrucciones de su propio hermano. Hace 15 años Claudio le preguntó: “¿y qué pasa si algún día no sales?”, y él le contestó: “Si a las 72 horas no podemos salir solos, vayan a buscarnos”. Y eso fue lo que hizo: Presionar con acciones, con frases de auxilio y de ánimo por twitter.

“Es increíble que en tres meses no pase nada; que no los puedan encontrar. Para nosotros es un calvario, un dolor fuerte, y nos parece una cosa inaudita” que la Armada no sepa dónde está el buque, reclama Claudio, quien aspira a reencontrarlos “en la situación en que estén. Después de tanto tiempo, hay que ser realista. Sería un súper milagro encontrarlos bien”.

Sus esperanzas se agotan, pero promete seguir luchando por conocer la verdad. “Yo me considero un luchador y voy a luchar por mi hermano”, dice este profesor de primaria para quien Hernán es un “héroe-víctima”.

Y explica: “Víctima de que la Armada no invirtió en su gente y en sus submarinos. Víctima de jefes corruptos que no invertían el dinero que se les daba para ello; de jefes que no le hicieron caso al comandante del barco quien, en diciembre de 2016, dijo que el navío estaba funcionando mal y le hicieron navegar igual. Y en julio, lo mismo. Entonces, nosotros somos unos luchadores que queremos primero saber dónde están, qué pasó y, después, que los responsables vayan presos. Por más que sea el ministro o el presidente de la nación”.

Si a las 72 horas no podemos salir solos, vayan a buscarnos", dijo 
el maquinista, Hernán Rodríguez, a su hermano Claudio.

Además de dolor, Claudio siente impotencia, porque Hernán no logró librarse de su “destino”. Muchas veces intentó dejar la Armada. Se tomó un año de licencia para probar en el rubro del petróleo, pero “no pudo enganchar”. Incluso, en su último viaje, enfermo en Ushuaia, pudo haberse bajado del Ara San Juan, pero eligió sumergirse con él. “Es como que no pudo escapar del destino”, enfatiza.

Claudio tiene tres hijos, dos estudiando, y otro más pequeño. También está su sobrino, el hijo de Hernán. Por todos intenta retornar a la normalidad. “En un principio fue el teléfono, la radio y los mails, algo bastante difícil de sobrellevar, pero había que hacerlo, porque sin los medios se diluía el tema (…) El primer mes y medio fue muy duro, porque no había descanso”, dice.

El descanso lo encontró en la Serena, Chile, donde pasó las primeras dos semanas de enero de este año con unos amigos. “Quedamos que cuando él regresara del viaje nos íbamos a poner 'en firme' a buscar departamento para ir juntos”.

Pero no pudo ser. Igual Claudio no abortó su plan. Él necesitaba desconectar. Es que “yo me levanto y me acuesto pensando en mi hermano”, agrega.

Y una de las imágenes que más se le viene a la mente es aquella en la que aparece con su hermano recién nacido. “Éramos muy chicos, pero me contaban que yo estaba feliz porque mi hermano había llegado (al mundo)”. Con el tiempo se volvieron inseparables.

-¿Y que puede decir de Hernán?

“Hernán era una persona muy activa, muy vivaz. En su primer matrimonio limpiaba toda la casa. Él barría, lavaba y planchaba. Era muy piola, de buen corazón, de ayudar a los demás. El tiempo que estaba en la casa, jugaba mucho con panchito, mi sobrino”, dice.

A Hernán, por su tono de voz le decían el “Menduco”, el “Moncho” y también “el chileno”. Claudio lo describe como una persona responsable, muy capacitada y meticulosa. Había estado en la Antártica 14 meses, seis en la fragata de la Libertad dando vueltas al mundo. Llevaba 11 años en el San Juan y 22 en la Marina. Además, era “muy querible. Un buen tipo. No era soberbio, muy humilde y muy chistoso. Todo el día hacía reír a otros. Es una persona muy vivaz, y no porque sea mi hermano”.

Tanto así, que el profesor cuenta que cuando llegó a la base de Mar del Plata con “mi vieja” a los dos días de la desaparición del Ara San Juan, le abrieron la puerta y le preguntaron de dónde venían. Él le contestó: “Soy de Mendoza, hermano de Hernán. El tipo me saluda, hizo la venia y empezó a llorar. O sea, mi hermano era una persona muy querida en la Armada”, relata conmovido.

 

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