Cuando en febrero de 2013 Benedicto XVI abandonó el ministerio petrino, no provocó una conmoción en la Iglesia católica por ser el primer Papa en renunciar a su papado (en realidad, era el cuarto en hacerlo), sino porque el antecedente más cercano había que buscarlo 600 años antes.

Y si Joseph Ratzinger consideraba, tras reflexionar sobre las "rápidas transformaciones" del mundo, que "por la edad avanzada" no tenía fuerzas para ejercer el puesto al que lo habían elegido los cardenales en 2005, Gregorio XII, en 1415, tenía otros problemas igual o más acuciantes.

Porque si las denuncias de cientos de casos de pederastia en el seno de la Iglesia o los conflictos con el Banco Vaticano nos parecen hoy los conflictos más serios que puede enfrentar un Papa, Gregorio debió lidiar -nada más y nada menos- que con otros dos Papas paralelos, cada uno con sus propios seguidores, su propio Sacro Colegio Cardenalicio y sus propias oficinas administrativas.

La crisis pasó a la Historia con los nombres de Cisma de Occidente, Gran Cisma o Gran Cisma de Occidente.

Roma vs. Aviñón

El 30 de noviembre de 1406, Angelo Correr, miembro de la aristocracia veneciana, fue elegido Papa con el nombre de Gregorio XII y sucedió en Roma a Inocencio VII, quien lo había nombrado cardenal un año antes.

Correr había sido obispo de Castello en los Estados Pontificios (1380) y patriarca latino de Constantinopla (1390).

Pero mientras su carrera eclesiástica lo iba acercando a la silla de Pedro en Roma, ya existía otro Papa en otra silla: Benedicto XIII, quien estaba basado en la ciudad francesa de Aviñón.

El cisma en la Iglesia católica había comenzado en 1378 cuando un grupo de cardenales hostiles al papa Urbano VI eligió a otro cardenal como Papa, Roberto de Ginebra, quien se instaló en Aviñón como Clemente VII.

Benedicto XIII sucedió a Clemente VII en ese papado paralelo francés en 1394.

Antes de la elección papal de Gregorio XII, cada cardenal reunido en Roma juró que, para poner fin al cisma, renunciaría del papado si era elegido, siempre que su rival en Aviñón hiciera lo mismo.

Gregorio XII repitió su juramento después de ser nombrado Papa y el 12 de diciembre de 1406 notificó a Benedicto XIII tanto de su elección como de la condición bajo la cual se había producido, reiterando su voluntad de renunciar si Benedicto también lo hacía.

Luego de extensas negociaciones ambos pontífices acordaron reunirse en la ciudad de Savona, pero este encuentro nunca tuvo lugar y la desconfianza entre ambos hombres de la Iglesia se incrementó, con acusaciones cruzadas entre la ciudad francesa y la ciudad italiana.

Un tercero en discordia

La existencia de dos papas ubicados en Roma y Aviñón no solo implicó divisiones en los templos religiosos sino antagonismos políticos y conflictos nacionalistas, con diferentes reyes apoyando diferentes papas.

Cuando la situación se tornaba insostenible, surgieron diversas propuestas para poner fin al cisma y en 1409 se realizó el Concilio de Pisa con cardenales de ambas facciones.

Tanto Gregorio XII como Benedicto XIII fueron invitados a esa ciudad italiana, pero ninguno asistió.

El Concilio de Pisa depuso a los dos papas y eligió a uno nuevo: Alejandro V.

Pero ni Gregorio ni Benedicto renunciaron, por lo que la Iglesia católica, que intentaba volver a unificarse, pasó a tener ya no dos papas sino tres.

Ante tamaño caos, se convocó a un nuevo concilio en 1414, el llamado Concilio de Constanza, en Alemania. En esta convocatoria tuvo un rol clave Segismundo, el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico.

El nuevo concilio depuso a Juan XXIII (que había sucedido a Alejandro V), desestimó cualquier tipo de pretensión de Benedicto XIII de seguir siendo Papa desde Aviñón y aceptó, finalmente, la renuncia del papa romano Gregorio XII para terminar así con una de las crisis más graves en la historia de la Iglesia Católica.

Gregorio XII renunció el 4 de julio de 1415 y falleció el 18 de octubre de 1417, a los noventa años.

Ese mismo año, fue elegido Martin V como legítimo -y único- Papa.

Angelo Correr murió como cardenal obispo de Oporto, título que le había conferido el último concilio.

Para los historiadores de la Iglesia católica, Urbano VI y sus sucesores (entre ellos Gregorio XII) son los papas legítimos, por eso a los papas de Aviñón se los denomina, en ocasiones, antipapas.

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