"Por favor, no salgas de casa hoy a menos que sea necesario", dice mi padre.

Es el 15 de marzo de 2019 y un atacante acaba de abrir fuego en dos mezquitas en Nueva Zelanda.

Yo estoy en mi casa de Nottingham, Inglaterra, e intento no llorar mientras leo en las redes cómo aumenta la cifra de muertos.

Puede que mi padre parezca un poco sobreprotector. Al fin y al cabo tengo 23 años.

Pero él sabe que tras un ataque tan terrible, cuando las tensiones y los temores están en aumento, una joven musulmana con hiyab como yo puede experimentar abuso o incluso algo peor.

Me hizo la misma llamada en el verano de 2017, tras el ataque a la mezquita de Finsbury Park en Londres en el que murió una persona y otras nueve resultaron heridas.

Y nuevamente después de los dos ataques terroristas que tuvieron lugar ese verano en Westminster y London Bridge, también en Londres.

Lamentablemente, no parece importar si los musulmanes son las víctimas o los perpetradores de un ataque. Siempre nos sentimos como blancos fáciles.

Crímenes de odio

Los musulmanes volvimos a ser víctimas del odio tras el ataque de Nueva Zelanda.

La semana posterior al tiroteo en Christchurch, Tell Mama, un grupo que registra ataques contra los musulmanes, recibió más del doble de informes de delitos de odio que en una semana promedio, según cifras proporcionadas al periódico The Guardian.

Lo mismo ocurrió tras los ataques de Westminster y London Bridge en 2017.

Y tras el ataque en el concierto de Ariana Grande en Manchester en mayo de 2017, los delitos de odio contra los musulmanes aumentaron en más del 500%, según cifras oficiales de la policía,

En general, parece que la islamofobia ha empeorado en las últimas dos décadas. En 2018 los delitos de odio religioso aumentaron en un 40% en todo Reino Unido, con más de la mitad dirigidos a los musulmanes, según cifras del gobierno.

Mentiría si dijera que escuchar esas estadísticas no me hace sentir miedo, pero estos días me niego a esconderme.

Para mí, ser musulmán tiene menos que ver con la identidad cultural y más con mostrar valentía frente al odio.

Así que, en vez de hacer caso a la llamada de mi padre, decidí continuar con mi día a día, asistiendo a clases, participando en la política estudiantil (soy la represente de minorías étnicas de mi sindicato de estudiantes) y tomando café con amigos.

En los días posteriores al ataque, organicé una vigilia en la que participaron 60 personas en Nottingham.

Quería dar a los musulmanes un espacio para sentirnos conectados y poder hacer frente al temor de que algo parecido pueda pasar en nuestra mezquita. Podría ser nuestra familia.

Insultos en el patio del recreo

Para mí no es nuevo enfrentarme a mis temores.

Crecí en el este de Londres, en un área asiática, musulmana y predominantemente de clase trabajadora,

Aunque había muchas mezquitas y comida halal en los supermercados locales, aun así pasé mi infancia y mi adolescencia a la sombra de la violencia antimusulmana.

Acababa de comenzar la escuela primaria cuando ocurrió el ataque terrorista del 11 de septiembre.

Tenía solo cinco años, pero recuerdo que me empezaron a insultar en el patio de recreo. De repente ya no me sentía segura.

Cuatro años después tuvo lugar otro ataque en Londres, mi ciudad natal.

Recuerdo sentirme sorprendida y asustada de que algo así pudiera pasar tan cerca de casa. Después de eso, todo cambió.

Los acosadores en la escuela comenzaron a llamarme "Bin Laden" o "terrorista" y no limitaron sus ataques al abuso verbal.

Algunas veces llegaba a casa con lesiones físicas claramente visibles, e incluso llegué a terminar en el hospital.

Pensaba que si ignoraba las burlas me dejarían en paz, pero esto no sucedió.

A pesar de que esto sucedió hace muchos años, el trauma no se ha llegado a ir del todo. A día de hoy, si experimento algún tipo de abuso mi reacción inicial sigue siendo: "¿Qué hice para merecer esto? Debo de haber hecho algo mal".

Cuando a los 11 años llegué a la escuela secundaria había desarrollado un trastorno alimentario. Todavía lucho contra la depresión y otros problemas de salud mental.

El acoso hizo de la escuela una pesadilla. Me costaba hacer amigos y guardaba silencio en las clases.

En aquel entonces todo lo que quería era ser vista como "británica" y ser tratada como todos los demás niños no musulmanes de mi clase.

Pero los otros niños me lo negaban, me decían una y otra vez que "no era británica", que era una "terrorista" y cosas peores.

De alguna manera, tenía la culpa de las acciones de extremistas asesinos que decían compartir mi religión.

Un nuevo comienzo

Al haber crecido en una comunidad predominantemente asiática, ir a la universidad en Nottingham fue un gran choque cultural para mí.

A menudo soy la única musulmana o la única asiática en clase.

En Londres es mucho más común ver a una musulmana con hiyab. En la universidad he conocido a personas de áreas rurales que solo habían visto a personas con hiyab en la televisión o en los periódicos.

He perdido la cuenta de la cantidad de veces que he tenido que explicar que sí llevo el hiyab por elección propia.

Y no, no estoy oprimida. He tenido la suerte de no ser atacada en el campus por llevarlo, pero sé de chicas a las que se lo han arrancado de la cabeza.

Cuando vine a la universidad me propuse empezar un nuevo capítulo en mi vida lejos de los matones y las burlas. Quería sentirme libre del miedo a ser diferente. Así que durante unos años, usé mi hiyab más como un turbante, para hacerlo menos obvio y para que se pareciera más a un accesorio de moda.

Al principio me preocupaba que no pudiera arreglármelas tan lejos de mi hogar.

Afortunadamente, he hecho un gran grupo de amigos y hoy en día me siento mucho más segura de mí misma.

Aun así, sigo luchando con mis problemas salud mental y las cicatrices del trauma que experimenté de niña nunca me abandonarán.

Recientemente he vuelto a usar mi hiyab de manera tradicional, como lo hacía cuando estaba en la escuela.

Para mí, significa reclamar un símbolo de mi identidad como musulmana y estos días lo llevo con orgullo.

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