Lo peor eran los ratos de silencio, cuando la angustia e incertidumbre parecían profundizarse.

En esos momentos se sentía aún más el peso de las decenas de toneladas de escombro sobre Lucía Zamora Rivera, atrapada en un edificio colapsado por el sismo de magnitud 7,1 que afectó a varias zonas de Ciudad de México.

Habían pasado varias horas del terremoto pero en ese pequeño hueco, entre los restos de lo que fueron siete pisos comprimidos en tres, medir la dimensión del tiempo era difícil.

"La oscuridad era terrible, no entraba absolutamente nada de luz", le cuenta Lucía a BBC Mundo.

"Se escuchaban helicópteros, maquinaria, algunas voces de lejos, como gente pidiendo auxilio o que lloraba. Y también períodos de silencio muy largos".

Minutos, a veces horas, en que el ánimo decaía. Pero se recuperaba.

"Te vas tranquilizando. Hay momentos de temor, de miedo, en los que las sensaciones de hambre y sed desaparecen", recuerda-

"Rezas, te regresa la fe, pierdes la esperanza. Experimentas todo, todas las emociones. Yo traté de mantenerme calmada lo más posible".

Lucía no podía saberlo pero unos metros arriba de ella decenas de rescatistas, voluntarios y militares movían piedras, vigas de concreto, muebles, tierra.

Luchaban contra el tiempo para rescatar a decenas de personas bajo los restos del edificio de oficinas en el número 286 de la avenida Álvaro Obregón 286, en la colonia Roma de la capital mexicana.

Es una de las zonas devastadas por el sismo donde más se ha concentrado la atención, porque una semana después del terremoto todavía hay personas atrapadas.

Lucía fue una de ellas. Permaneció 36 horas acostada boca arriba, casi inmóvil, con una losa de concreto a unos centímetros de su cara.

El retraso

El martes 19 de septiembre parecía un día normal para Lucía, consultora independiente en mercadotecnia de 36 años de edad.

Tenía su empresa "pequeña", dice, con la que ofrece asesoría en comunicación, redacción de guiones e historias comerciales y publicidad.

En el tercer piso del edificio colapsado rentaba un espacio de oficina virtual; es decir, pagaba una cuota mensual que le permitía el uso de computadoras, internet y mensajería.

Tres veces por semana trabajaba en ese lugar. Otras veces lo hacía en su casa o cafeterías cercanas a sus citas de trabajo.

Sus oficinas virtuales estaban en la colonia Roma Norte, un barrio de moda en la capital mexicana pero que se ubica en una zona sensible a los movimientos telúricos.

De hecho fue una de las más afectadas en el terremoto del 19 de septiembre de 1985, el más devastador en la historia reciente de México.

Lo mismo ocurrió con el sismo reciente. Decenas de casas y edificios del barrio, creado en los primeros años del siglo antepasado, fueron dañados.

El lunes 18 de septiembre Lucía no fue a sus oficinas virtuales. Se entretuvo en reuniones y otros compromisos, pero al día siguiente se encaminó a la colonia Roma.

Iba a ofrecer una asesoría a sus arrendadores, con quienes mantiene algunos proyectos de trabajo.

Tenía poco tiempo de instalarse en un escritorio cuando la tierra empezó a moverse.

"Pensé en mi hermana"

"Empezó el sismo, fue muy fuerte. Era complicado moverse, acercarnos a las rutas de salida", recuerda Lucía.

Decenas de personas bajaban apresuradas por las escaleras. Los vidrios de las ventanas se rompían, los libreros colapsaban. El ruido avivaba el caos.

Cerca de Lucía, en el mismo piso, estaba Issac Ayala Avilés, empleado en las oficinas virtuales. Le recomendó bajar por las escaleras de servicio. Y para allá corrieron.

"Fue todo demasiado rápido. A la mitad de camino sentí cómo el techo se nos venía abajo y quedamos sepultados".

Es una sensación fuerte. Todo lo que hay encima de las personas se convierte en fuerza y golpes sobre los hombros, la cabeza, después la espalda o el pecho, depende la forma como la persona cae, explica.

Lucía quedó boca arriba sobre un piso inclinado hacia la derecha. Isaac, a su izquierda, estaba boca abajo. Ninguno pudo moverse más allá de unos centímetros.

Los cuatro pisos sobre ellos se sostuvieron en unos tubos y trozos de concreto. No podían levantar las piernas. Imposible incorporarse.

La consultora levantaba la mano y sentía, porque era imposible verlo, el techo de concreto a unos centímetros de su barbilla.

Ese fue su espacio de vida, con apenas aire para respirar. Y la oportunidad de pedir auxilio.

"Siempre estuve consciente. Lo primero que hice fue tomar mi (teléfono) celular. Intenté hacer una llamada pero no salía", recuerda.

"Isaac estaba conmigo, nos tratamos de tranquilizar, prendimos la luz del teléfono para saber dónde estábamos o si teníamos heridas. Y conforme pasaron las horas tratamos de acomodarnos en ese espacio, de saber si estábamos bien", relata.

"Pensé mucho en mi hermana. Visualizaba que iba a salir, cada vez estaba más segura de que iba a salir. Ya cuestionaba por qué estaba allí, qué había pasado. Más bien trataba de esperar pacientemente y tener fe", reconoce.

Gritaron. Y alguien respondió.

Era Paulina, quien al momento del sismo se encontraba en el cuarto piso del edificio y estaba atrapada a unos metros de ellos.

"Se cayó hacia nosotros. No la conocíamos, sólo por los gritos".

"Tienes una sonrisa bonita"

Rezaron. Mucho, cuenta Lucía Zamora. También conversaron sobre sus vidas. No durmieron, atemorizados de que en un momento de inconsciencia preguntaran por ellos y no respondieran.

El ruido de las máquinas, golpes de marros y voces se oían más cerca. Cerca de 30 horas después del sismo un rescatista preguntó si alguien seguía con vida.

"Gritamos '¡ayuda, ayuda!', y entonces preguntó los nombres. Escuché que cuando los decíamos lo repitieron a otras personas".

Los Topos, miembros de una brigada mexicana de rescate en zonas de desastre, les pidieron calma y paciencia. Sacarlos de los escombros podría demorar mucho.

"Era más la ansiedad por salir, porque existe el temor de que algo salga mal. Tenían que poner maquinaria muy cercana para romper el concreto, las varillas", explica.

"Te da temor de que en un movimiento en falso te caiga algo encima. Por eso se tardaron. Lo hicieron con mucho cuidado hasta que lograron sacarnos".

Los rescatistas hablaron con ellos varias veces, para saber si seguían conscientes o para darles ánimo.

Uno de ellos le dijo a Lucía que encontraron una credencial con su foto. "Me dijo que tenía una sonrisa muy bonita. Me dio alegría, me hizo reír", cuenta.

Por fin, 32 horas después de quedar atrapados, se abrió un boquete en el piso, cerca de ellos. Por estrategia primero salió Paulina y después Isaac.

No quería dejarla. "Me decía: quiero que te saquen a ti primero. Me protegía mucho en todos sentidos, pero era imposible. Yo estaba bocarriba y teníamos que salir bocabajo para poder arrastrarnos", rememora.

"Le dije: 'Nada más dime qué tan fácil la ves'. Y me dijo: 'No amiga, si yo salgo tú vas a salir'".

Isaac salió y luego, 35 horas después de quedar sepultada bajo los escombros, Lucía alcanzó la mano de un rescatista que la jaló lentamente.

De mano en mano abandonó el hueco oscuro. Una hora después, asegurada con un arnés, empezó a salir a la superficie.

Una foto en redes sociales muestra el momento: de un hueco taladrado en losas de concreto, sostenida por un rescatista, aparece la chica con lentes, su mano derecha en la sien a manera de saludo.

Sonríe. "La verdad, estaba feliz. Me veía cerca de la salida. En ese momento ya estaba de pie, lo que no había podido hacer (hasta entonces). Me decían: 'Ya estás aquí, estás afuera, sonríe'", cuenta.

"Fue la perfecta muestra de salir de nuevo a la vida, de responder a tantos ánimos y a tanta gente trabajando por mí y a mi alrededor".

"Debo tratar de aportar algo"

Lucía permaneció un día en el hospital de la Cruz Roja Mexicana. Tuvo suerte: sólo tuvo unos golpes, sobre todo en la pierna derecha.

Ahora se refugia en casa de su hermana, "lejos de donde se sienten los sismos", bromea, y disfruta del abrazo y cobijo de su familia.

Una definición de lugar común es decir que volvió a nacer tras su rescate. Pero así se siente, dice.

"Muchas de las cosas las hago ahora como si fuera la primera vez, como tomar agua después de no beber en tanto tiempo. Las aprecias más", confiesa.

En su página de Facebook, Lucía publica una foto de su brazo con la cintilla que identifica su fecha de ingreso al hospital de la Cruz Roja y el momento de su rescate.

"Ahora tengo dos cumpleaños y miles de motivos para seguir viviendo", dice.

Una idea que comparte con BBC Mundo.

"Lo que siento es una renovación. Definitivamente, ya no puedo ser la misma. Debo encuadrar hacia donde quiero llevar mi vida y tratar de hacer las cosas desde un lugar que pueda aportar algo a la gente, con más conciencia, más dedicación".

Y con los pies en la tierra, añade. Lucía Zamora planea seguir con su carrera de consultora independiente, combinadas las asesorías y talleres de mercadotecnia con la tarea de compartir su experiencia en las 36 horas en el hueco oscuro bajo un edificio en ruinas.

Hacer "lo que el camino me marque poco a poco".

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