Su desmoronamiento quedará para siempre como la imagen más simbólica del dramático incendio de la catedral de Notre Dame de París.

La emblemática aguja central, cuyo derrumbe envuelta en llamas fue seguido este lunes en vivo por millones de personas, es una de las mayores pérdidas del templo medieval.

Conocida por los franceses como La Flèche ("La Flecha"), su majestuosidad y extremo detalle del exterior la habían convertido en referente no solo de Notre Dame, sino de toda la arquitectura gótica francesa.

Sus impresionantes cifras hablaban por sí solas: ubicada encima del crucero y el altar de la iglesia, tenía una altura de 93 metros y pesaba 750 toneladas.

Sin embargo, la desaparecida aguja no formaba parte del proyecto original de la catedral, construida entre 1163 y 1345.

Lo cierto es que la que hasta ahora era la torre más alta de Notre Dame no fue añadida sino hasta el siglo XIX, obra del arquitecto Eugène Viollet-le-Duc.

Sí que existió una aguja original, construida alrededor de 1250 y que contaba con cinco campanas.

Sin embargo, el viento y otros factores la dañaron de tal manera durante siglos que las autoridades decidieron desmontarla en 1786 para evitar un posible derrumbamiento.

El arquitecto santo

En el marco de sus trabajos de restauración del templo, Viollet-le-Duc decidió devolver este símbolo al techo de la catedral y encargar la creación de una nueva aguja en 1860.

El modelo seguido por los carpinteros fue el de una aguja de dos pisos que había sido ideado pocos años antes en Orleans, Francia.

Al contrario que su antecesora, la nueva torre ya no era un campanario y fue creada con otros materiales como roble y plomo.

La aguja de Viollet-le-Duc estaba rodeada de estatuas de cobre verde que representaban a los 12 apóstoles y los cuatro evangelistas, organizados en cuatro grupos orientados a cada punto cardinal.

Cada grupo, acompañado de un animal representativo de cada evangelista, miraba hacia París como símbolo de protección del templo.

Solo había una estatua, la de Santo Tomás, que estuvo durante más de siglo y medio mirando hacia la aguja y mostrando unos rasgos muy específicos.

No era casualidad.

Viollet-le-Duc decidió representarse a sí mismo como este santo -patrón de los arquitectos-, con lo que pareció querer calificar Notre Dame para siempre como "su gran obra", tal y como recoge la página web de la catedral.

"Pararrayos espiritual"

Por encima de las estatuas, justo en la punta de la aguja, el arquitecto instaló una veleta de viento con forma de gallo.

Años después de la restauración, en 1935, el arzobispo Verdier dispuso que en lo más alto de la iglesia se debía adecuar un espacio simbólico para proteger a la comunidad de rayos y otros posibles daños.

Con ese objetivo, la veleta contenía desde entonces un pedazo de la Santa Corona de Espinas y reliquias de San Dionisio y Santa Genoveva, los santos patronos de París.

Por eso, la catedral calificaba a la aguja como un "pararrayos espiritual" que protegía a quienes estuvieran orando en su interior pero que, sin embargo, no pudo escapar del voraz incendio de este lunes.

Con el paso de los años, su estructura había comenzado a oxidarse, algunos de los arcos que sostenían la bóveda se habían debilitado y las estatuas se veían seriamente erosionadas.

Curiosamente, en el marco de los trabajos de restauración que las autoridades sospechan que podrían estar vinculados al incendio, las 16 estatuas que rodeaban la aguja habían sido retiradas pocos días antes del gran incendio y lograron salvarse de las llamas.

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