Su presencia era ubicua en los frentes donde combatían los soldados aliados durante la I Guerra Mundial.

Y la regularidad con la que era prescrita ayudó a que la llamada "píldora número 9" quedara inmortalizada en los diarios y memorias de muchos de los que participaron en ese conflicto que concluyó hace poco más de un siglo.

Su uso era tan frecuente que en el argot de los soldados el "nueve" se convirtió en sinónimo de estar enfermo y dio pie a que en Inglaterra cuando se juega al bingo y sale ese número es anunciando diciendo la frase "orden del doctor".

La píldora número 9 era recetada en múltiples ocasiones y para tipos muy distintos de dolencias.

De hecho, de acuerdo con los testimonios de los soldados era la medicina predilecta para aquellos casos en los cuales alguien aún no había sido diagnosticado y cuando la prescripción era la famosa "medicine and duty" (medicina y servicio), lo que implicaba que aunque el enfermo era medicado debía integrarse con normalidad a sus funciones.

"No importa el problema que tengas, él siempre te da la misma pastilla", escribió en diciembre de 1915 el soldado canadiense James Fargey en una carta a su madre refiriéndose a la número 9.

Como "una panacea para todas las enfermedades", la describió en tono irónico el también soldado canadiense George Bell en sus memorias, según se recoge en el libro Glimpsing Modernity: Military Medicine in World War I (Vislumbrando la modernidad: la medicina militar en la I Guerra Mundial).

Y, es que pese a su omnipresencia, la efectividad real de la píldora número 9 para tratar muchas de las enfermedades era, cuando menos, dudosa.

13 pastillas

La I Guerra Mundial trajo consigo la aplicación masiva de grandes avances en el campo de la medicina.

Los hospitales de campaña fueron dotados con importantes innovaciones que permitían diagnosticar y tratar mejor a los enfermos y heridos.

Entre estos nuevos recursos se incluía, por ejemplo, el uso de los rayos X, que habían sido desarrollados hacia finales del siglo XIX pero cuyo empleo en la I Guerra Mundial facilitó que se convirtieran en una herramienta de uso común.

Por iniciativa de Marie Curie, el ejército de Francia logró contar con unos 20 vehículos que sirvieron como unidades móviles de radiología al estar dotados de máquinas de rayos X y un cuarto oscuro para revelar las imágenes.

Otro avance importante fue la realización de transfusiones de sangre, cuyo uso se generalizó y permitió salvar muchas vidas entre las tropas aliadas durante la última etapa del conflicto, tras la entrada de Estados Unidos en combate.

En cuanto a la dotación de insumos, había variedad de opciones de analgésicos.

"Los oficiales médicos recibían todo tipo de calmantes. Tenían píldoras de morfina. Tenían cocaína", explica Tim Cook, historiador del Museo Canadiense de la Guerra, a BBC Mundo.

"Una de sus medicinas más importantes era el ron, que podían usar también para ayudar a los pacientes a entrar en calor. Y todas estas podían ser combinadas con el objetivo de calmar el dolor".

Los doctores que estaban directamente en el terreno junto a las unidades de combate, sin embargo, contaban con un número limitado de recursos.

Llevaban con ellos una caja de lata de color negro en la cual guardaban los 13 tipos distintos de pastillas de los que disponían para tratar las dolencias de los soldados.

"Cada medicina era identificada por las autoridades médicas con un número y era mantenida en su respectivo compartimiento. Se evitaban las etiquetas descriptivas para desincentivar el robo y la automedicación por parte de las tropas", se explica en la sección sobre servicios médicos del proyecto de conmemoración de la I Guerra Mundial desarrollado por la Universidad de Oxford.

Además de las píldoras que tenían un analgésico fuerte -como las que tenían morfina y opio-, tenían otra con fenacetina (acetaminofén), que servía para bajar la fiebre y calmar el dolor.

También había una pastilla con epinefrina (adrenalina), una con quinina, otra que servía contra la tos, una para la diarrea o el malestar estomacal y otra con permanganato de potasio.

La número 9, por su parte, contenía calomelano, ruibarbo y coloquíntida.

Es decir, no era otra cosa más que un muy potente laxante.

Pero, entonces, ¿por qué la recetaban con tanta frecuencia?

Médicos y guardianes

El historiador Tim Cook explica que aunque estos oficiales eran médicos que se habían alistado con el ánimo de cuidar de los soldados y de atenderlos cuando estuvieran enfermos o heridos, también tenían un papel adicional como guardianes de la disciplina de la tropa.

"Su trabajo era realmente de guardianes. Había soldados que estaban genuinamente enfermos y otros que fingían estarlo porque estaban hartos de la guerra y querían abandonar el frente".

"Entonces, era el médico el que debía determinar quién decía la verdad", explica Cook.

Indica que parte del problema residía en que durante los meses de invierno todos estaban exhaustos y enfermos.

Gran desconfianza

"Entonces, los médicos tenían un papel muy difícil y eran vistos como despiadados por los soldados, que sentían que ellos no se interesaban realmente por su salud.

Pero el ejército esperaba que los doctores fueran insensibles y mantuvieran a la tropa a raya.

Por eso, la píldora número 9 se convirtió en un símbolo de lo que muchos soldados sentían como un trato cruel hacia ellos", agrega.

En un artículo sobre la medicina durante la I Guerra Mundial, el historiador Leo Van Bergen apunta que esta "doble lealtad" de los médicos hacia el cuidado de los pacientes y hacia las necesidades del ejército derivaba en una fuerte desconfianza por parte de los soldados.

Incluso en los casos en los cuales su bienestar realmente había sido la preocupación dominante.

"No por nada el Cuerpo Médico del Ejército Real Británico (RAMC, por sus siglas en inglés) era a veces llamado como "Roba a todos mis camaradas" ("Rob All My Comrades", RAMC, en inglés)", señala.

Siendo la píldora 9 un potente laxante, el hecho de que se usara como una medicina genérica para "tratar" todo tipo de males tenía también un efecto parcialmente disuasorio en aquellos soldados que no estaban enfermos o no lo suficiente como para evitar ir al frente.

"El laxante número 9, cuando era combinado con la dieta del ejército con su exceso de carne enlatada y su falta de fruta fresca y vegetales, podía tener un efecto explosivo en el tracto digestivo", escribió Cook en un capítulo del libro Glimpsing Modernity: Military Medicine in World War I.

Quienes la tomaban podían terminar haciendo una larga visita a las letrinas.

De hecho, para aquellos soldados en los cuales la enfermedad no fuera muy evidente, muchas veces la prescripción recibida era la de "medicina y servicio", lo que significaba que recibían el laxante e igual eran enviados a cumplir con sus funciones.

Este rol disciplinario de esta pastilla quedó en evidencia durante un debate en el Parlamento británico en 1959, cuando el legislador Charles Simmons interrogó al entonces secretario de Estado de Guerra, Christopher Soames.

Simmons alabó el uso de la prescripción de "medicina y servicio", así como de la píldora número 9.

"¿Si este tratamiento aún está disponible, por qué no se aplica a los holgazanes perezosos y a los imbéciles neuróticos que parecen ser dados de baja del ejército con el menor pretexto posible?", preguntó el legislador.

Pero, para entonces, ya esa pastilla no cumplía ningún servicio en el ejército.

Legado cultural

El uso extensivo que hicieron las fuerzas aliadas de la píldora número 9 durante la I Guerra Mundial, permitió que se convirtiera en parte de la herencia cultural que dejó ese conflicto.

En los panfletos que elaboraban e imprimían los soldados durante el conflicto para su entretenimiento en las trincheras, abundaban los "poemas", los chistes así como los falsos y jocosos "avisos publicitarios" que hacían referencia a esta medicina.

Uno de estos anuncios decía:

"Para ti.

¿Te sientes cansado?

¿Las marchas te dejan los pies adoloridos?

¿Tu gran carga de trabajo te hace temblar?

Prueba la famosa píldora número 9 "RAMCORE".

Te va a sorprender.

A la venta en todos los puestos de atención médica".

Los soldados también compartían con sus familias algunas de estas bromas sobre la forma excesiva en que era prescrita la píldora número 9.

Comentando en una carta a su madre en diciembre de 1916 sobre las cosas divertidas que ocurrían en el ejército, el soldado canadiense Gordon MacKay cuenta:

"Un soldado va al médico y el doctor le dice a su asistente que le dé una píldora número 9 (una de sus favoritas). El asistente le dice que se agotaron. 'Bueno', dice él, 'dale una 4 y una 5, eso es 9'. Ellos te dan la misma vieja pastilla para si tienes los pies lastimados que si tienes fiebre por el sarampión o cualquier otra cosa que tengas".

Tim Cook, quien ha publicado una decena de libros sobre la historia militar de Canadá, destaca que pese a que no tuviera mucha utilidad en términos médicos, la píldora número 9 sí tuvo un valor como parte de la cultura y del humor de los soldados.

"Es un humor muy negro que ayudó a algunos a tolerar y resistir. Aunque hacían burlas al respecto, se trataba de un mecanismo para lidiar con la situación", señala.

"Y la píldora número 9 en sí misma formaba parte de una estructura médica más grande con la que se intentaba gestionar esta guerra realmente sin precedentes con millones de soldados combatiendo, con pérdidas horribles y la muy extraña experiencia de la guerra de trincheras", concluye.

Así, aunque no curara la tos ni bajara la fiebre ni aliviara el dolor; esta casi olvidada pastilla quizá haya tenido un rol más importante del que en su momento se le atribuyó.

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