Al despertarse, César Ocampo se toma un desayuno rápido y ligero y se dirige a un taller situado en un almacén, donde él construye mesas, sillas, bibliotecas y todo lo que quieran los clientes y él pueda fabricar con madera, con sus propias manos.

Al lado del taller hay una productora de ladrillos, una huerta, cafeterías, panaderías, una barbería y una tienda de tatuajes.

Nada fuera de lo común si no fuese porque todas las personas que trabajan allí, incluido César, son reclusos de la Cárcel de Punta de Rieles, una prisión "abierta" ubicada en las afueras de Montevideo, la capital de Uruguay.

"Nunca pensamos que íbamos a tener algo como esto", le dijo Campo a la BBC. Él tiene 50 años y ha pasado 23 detrás de las rejas por el robo a un banco.

"Es una cárcel. Y te ofrece oportunidades que no encontrás en otras partes", agregó.

En varias prisiones de América Latina hay iniciativas similares, pero este caso se destaca por los resultados que ha tenido en la rehabilitación de los reclusos.

Enfoque alternativo

Con los graves incidentes que registran las prisiones de la región, especialmente en Brasil, donde recientemente más de 100 personas murieron dentro de un centro de reclusión en Manaos, norte del país, la filosofía liberal de Punta Rieles representa un punto de vista alternativo en el manejo de estas instituciones.

Su director, Luis Parodi, un exprofesor que cree que "si el contexto cambia, el hombre cambia", dirige la correccional bajo tres principios: trabajo, educación y cultura.

"Yo quiero proveer el mejor día a día posible, así los prisioneros pueden dormir en paz y no sentirse humillados, asustados o ansiosos", le dijo Parodi a la BBC.

Por eso creó un lugar que intenta imitar el mundo exterior de la forma más real que las condiciones permiten, con la esperanza que eso facilite la transición en el momento de recobrar su libertad.

Muchos de los 630 reclusos de Punta de Rieles están cerca de cumplir sus sentencias.

Sin embargo, el índice de reincidencia criminal en Uruguay ronda el 50%, por lo que Parodi les dice a los internos cuando vuelven a la calle que lo llamen "antes de pensar en robarse algo".

Y les da su número personal.

La población carcelaria de Uruguay se ha duplicado desde 2000 y actualmente las prisiones tienen una ocupación de 9% por encima su capacidad.

En esta nación de 3,4 millones de habitantes, 10.416 personas están encarceladas, según datos oficiales de 2016.

En 2009, un Relator Especial de la ONU expresó su preocupación por el sistema penitenciario del país, al describir las "condiciones infrahumanas" de una prisión en la que los reclusos estaban "como animales en cajas metálicas" durante casi las 24 horas del día.

Conexión familiar

En Punta de Rieles, los internos pueden circular libremente dentro de los límites de la prisión hasta las 19:00.

Muchos utilizan teléfonos móviles para mantenerse en contacto con el mundo exterior y a algunos se les permite poseer tabletas o computadoras.

Dentro de las celdas, que normalmente comparten cuatro personas, es posible tener televisores, consolas de juegos, refrigeradores e instrumentos musicales.

Las familias pueden visitar a los reclusos tres veces por semana y las pernoctaciones se han permitido desde 2015.

En muchos casos, los familiares ayudan a los reclusos que manejan negocios a vender sus mercancías fuera, como ocurre con el taller de carpintería de César Campo.

De las 38 "empresas" activas, 35 fueron iniciadas por los propios presos y una de ellas es administrada por varios exreclusos que todavía regresan a trabajar en la prisión.

Todos los propietarios de negocios pagan un pequeño impuesto, que se utiliza para dar microcréditos a los internos que abren una nueva empresa.

Las nuevas empresas con éxito también están registradas ante las autoridades fiscales uruguayas, y la última iniciativa de Luis Parodi permite a los presos abrir cuentas bancarias desde el interior de la cárcel.

Guardias que "parecen hermanas"

Otra de las ideas poco convencionales de Parodi fue crear una fuerza de seguridad compuesta casi enteramente por guardias mujeres desarmadas.

"Al principio tuve miedo, pero no por mucho tiempo", cuenta Inés Marcos, que lleva tres años y medio trabajando en Punta de Rieles.

"No diría que somos como sus madres, pero damos el consejo correcto, como un guía o una hermana que los ayuda".

También se ofrecen actividades deportivas y culturales para complementar los programas educativos.

Un colorido estudio de música en el principal edificio con celdas ruge a todas horas del día mientras distintas bandas ensayan.

"En lugar de quedarnos dentro, cortar los brazos o acumular ira contra la policía, hacemos algo positivo", comenta Santiago Garrido, de 28 años, quien toca en un grupo de rock y les enseña guitarra eléctrica a sus compañeros.

"Es una manera de canalizar nuestra energía; si no lo hacemos, nuestras cabezas estarían pensando en otras cosas", añade.

"Queremos salvarnos nosotros mismos; esta necesidad es fundamental".

El grupo de Garrido trabajando actualmente en un álbum que será grabado en un estudio fuera de la prisión.

Con los miembros de un taller de teatro, Garrido con frecuencia actúa en otras penitenciarías y en público, incluyendo un espectáculo en el Parlamento uruguayo el año pasado.

Adriano Baraldo, de 29 años, es actor y cantante y está cumpliendo una sentencia de 19 años por robo a mano armada.

"Reconozco que he hecho cosas malas", dice.

"No debería haber dejado a mis hijos [crecer como] huérfanos".

"Las prisiones son el alcantarillado del sistema capitalista, pero la gente siempre puede aprender a reciclarse", asegura.

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