Cuando la guerra civil en Siria llegó a la ciudad de Alepo en 2012, Zahed Tajeddin tenía una casa de 450 años de antigüedad en la ciudad.

Se preocupó, pero la casa se mantuvo en pie. Y más tarde descubrió cómo su hogarhabía servidode centro médico para salvar las vidas de las personas que vivían bajo constante bombardeo.

Zahed Tajeddin siempre quiso vivir en el casco histórico de Alepo, en una de las casas antiguas de la ciudad, con una puerta principal que conduce a un pasillo que a su vez desemboca en un patio con una fuente y un jazmín que trepa por las paredes.

Su padre había sido criado en una, pero Tajeddin había pasado su infancia en un departamento moderno de un distrito nuevo de la ciudad.

Cuando era adolescente, exploraba las antiguas casas justo antes de ser demolidas, corría por los patios y por los techos desmoronados. Finalmente logró comprar una casa como soñaba en 2004, después de hacer una carrera como escultor y arqueólogo.

Tajeddin eligió el barrio de Judaydah, que significa "barrio pequeño y nuevo " en el dialecto local.

Aunque comenzó a tomar forma en el siglo XV, el lugar era de hecho algo "nuevo" en una ciudad con 6.000 años de continua ocupación.

"Para mí esa zona era muy especial", dice Tajeddin.

Además de mansiones medievales, había callejones de piedra, plazas, iglesias, mezquitas, cafeterías y el siempre presente perfume de flores.

"Siempre hay olor a jazmín, es típico de las calles de Alepo", dice Zahed. "Es un ambiente mágico".

Tajeddin vivía en Londres con su esposa e hijos cuando comenzó el conflicto en Siria.

Él siguió desde lejos cómo la guerra envolvió a Alepo en 2012 y vio que Judaydah se convirtió en un campo de batalla entre los soldados del gobierno y los combatientes de la oposición.

"Lo más difícil era estar lejos y oír las noticias. Tratas de seguir como sea lo que está pasando", dice.

Tajeddin buscó obsesivamente en internet cualquier información sobre su casa.

"Un video de YouTube mostraba una batalla en la puerta de mi casa. La gente luchaba y gritaba en la pequeña calle", describe.

Pero el momento más desesperante fue cuando su padre de 84 años y frágil de salud, tratando de llegar a la casa, quedó atrapado en un tiroteo.

"Durante dos horas tuvo que permanecer acostado en el suelo de la calle en la esquina de la casa, mientras las balas volaban sobre su cabeza", dice Tajeddin.

"Después de eso, él nunca volvió".

La primera visita de Tajeddin a la ciudad, en 2015, casi termina también en un desastre.

"Entramos por las ruinas", dice. "Fue muy triste verla así".

Subió a una de las torres más altas de Alepo para observar el casco antiguo, ahora un paisaje gris, casi lunar, con edificios reducidos a escombros.

La vista fue suficiente como para que rompiera en llanto.

Luego trató de entrar a Judaydah y se encontró, a solo 150 metros de su casa, con sacos de arena que bloqueaban el camino.

Cuidadosamente cruzó la línea, pero al avanzar sólo unos pasos, soldados del gobierno lo interceptaron y le exigieron que regresara.

"El soldado, por suerte, era un hombre amable", dice Tajeddin. "Me dijo: 'Tuviste mucha suerte, tenemos órdenes estrictas de disparar, esta es una zona de guerra'".

Cuando la guerra en Alepo estalló, un farmacéutico de una aldea al sur de la ciudad sintió que no podía quedarse sin hacer nada.

Abu Ahmed dejó a su esposa y a su joven familia y se mudó cerca de donde estaba el conflicto.

Iba de puerta en puerta dando primeros auxilios, aplicando vendajes y brindando medicamentos.

Luego de unos meses, empezó a buscar una casa con bodegas, donde pudiera guardar medicinas y tratar a los pacientes con mejores condiciones de seguridad.

Y encontró una casa en Judaydah, la casa de Tajeddin, sólo que éste no lo sabía.

"Busqué al dueño, pero debido a que todos los vecinos habían abandonado la ciudad, nadie sabía dónde estaba", dice Abu Ahmed.

"Había muchos bombardeos en la zona, pero de alguna manera me sentí seguro allí. Tampoco había centros médicos en las cercanías, así que pensé que yo podría ser útil".

Mantuvo la planta superior de la casa cerrada y empezó a transformar la planta baja en una la sala de estar utilizando los sofás y trayendo sillas extra.

Una de las habitaciones que daba al patio se convirtió en una sala de tratamiento con máquinas de rayos X, otra, en una sala de recuperación. Logró introducir nueve camas de hospital en las bodegas.

Gracias al apoyo financiero de agencias de ayuda, todos los medicamentos se distribuían gratuitamente.

Abu Ahmed se encontró trabajando muchas horas todos los días de la semana, desempeñando los papeles de médico, conductor de ambulancia y farmacéutico. Todo a la vez.

"Cada día era estresante", dice.

"La gente venía con de lesiones de metralla, algunos tenían hemorragia interna, incluso amputaciones. Me traían a gente que ya estaba muerta con heridas de francotirador en la cabeza".

"A veces solía tener ataques de pánico. Cuando ves que las cosas empeoran y no hay solución por delante, empiezas a desear la muerte, pero no la encuentras".

"Vi muchos casos en los que no podía hacer nada para ayudar", relata.

Judaydah sufrió bombardeos frecuentes.

"Una tarde, había quizás 10 pacientes conmigo", dice. "Escuché el sonido de aviones en el cielo. Tomé a mis pacientes y bajamos corriendo a las bodegas. Apenas llegamos cuando el misil cayó".

"La casa entera tembló, había polvo, escombros, ventanas rotas, no podíamos ver nada. Después de unos 15 a 20 minutos empezamos a revisar si estábamos todos, llamándonos en voz alta por nuestros nombres. Todos estábamos allí. Todos estábamos bien".

El misil había pasado a metros de ellos y la casa de al lado estaba completamente destruida.

Un día se celebró una fiesta infantil en el patio, con guirnaldas que adornaban los arcos medievales y globos que llenaban la fuente.

Aunque fue solo por una tarde, Abu Ahmed ofreció en su casa rescatada un recreo a la penosa vida de los niños que vivían cerca, muchos de ellos huérfanos.

La antigua casa también ayudó a Abu Ahmed a vivir momentos de calma en su propia vida agitada.

"El momento más pacífico era alrededor de las cinco o seis de la mañana, justo después de las oraciones del amanecer", dice.

"Me sentaba en el patio junto a los árboles, cerca de la fuente, y tomaba un café, olía el jazmín, la madreselva y el rocío de la mañana".

"Ese momento me hacía olvidar todo lo que había visto el día anterior. Podía olvidar las pesadillas. Disfrutaba de esos momentos", recuerda.

La familia de Abu Ahmed permaneció en Alepo, pero en una zona más tranquila. Era difícil para ellos reunirse y el farmacéutico se casó con su segunda esposa.

A finales de 2016, cuando Alepo estaba bajo un asedio intenso, su nueva esposa dio a luz a una niña. Fue un momento de gran felicidad, dice Abu Ahmed, pero tanto la madre como el bebé estaban desnutridos y quedaron internados en el hospital. Y en su tercer día allí, el hospital fue bombardeado.

Afortunadamente no resultaron heridos, pero para mejor comodidad, Abu Ahmed los llevó de regreso a su improvisado centro médico en Judaydah.

"Yo mismo las cuidé", dice.

"Cuando la gente me pregunta cómo me las arreglé para tener una niña en esta situación y mantenerla con vida, bueno, realmente no lo sé. Dios estaba cuidando de nosotros".

Permanecieron allí, en Alepo, controlada por los rebeldes, hasta el final del bloqueo en diciembre de 2016.

"Era invierno, hacía frío y tampoco había comida", recuerda Abu Ahmed.

"Llegó a un punto en el cual la gente llamaba a la puerta por la noche pidiendo un pedazo de pan o un puñado de harina. Las personas dejaban de preocuparse por el bombardeo y decían: 'Si muero, encontraré paz'".

"Emocionalmente todo el mundo estaba quebrado. Cada segundo que se vivía era más difícil que el anterior. La situación era desesperante y de alguna manera teníamos que salir".

Abu Ahmed tomó prestado un auto a un amigo. Llevó a su primera familia a salvo y luego volvió por la segunda: su nueva esposa y bebé Leylas.

"Ese viaje fue un infierno, partimos después de la puesta del sol", dice.

"En un punto del camino, un misil impactó en la carretera justo delante de nosotros. Había polvo en todas partes. Yo tenía a Leylas en mis brazos, estábamos temblando, pero estábamos vivos, todo lo que podíamos hacer era limpiarnos el polvo y seguir avanzando".

Una vez que el gobierno retomó el control de Alepo oriental en diciembre de 2016, Zahed Tajeddin finalmente pudo regresar.

Encontró calles desiertas y edificios fragmentados, escombros y destrozos por todas partes.

Muchos de sus lugares familiares, su sastre, su peluquero, una escuela cercana y una mezquita, estaban destruidos.

Su casa permaneció de pie, pero en los pocos días que separaron la salida apresurada de Abu Ahmed y el regreso de Tajeddin, había sido saqueada. Incluso los grifos de la cocina y un respaldo de la cama de hierro habían sido despojados.

Entre los escombros Tajeddin encontró fotos familiares, viejas cartas, pinturas de niños.

En algunos lugares, pilas de medicamentos también cubrían el suelo.

"Entré y encontré un caos completo, fue como hacer mi propia arqueología", dice.

"Todo es muy sombrío ahora, pero la casa -las paredes, el patio, las plantas, las madreselvas y el árbol de jazmín- todavía está allí".

Tajeddin cerró la casa y no está seguro cuándo, o si alguna vez, volverá.

Abu Ahmed todavía está en Siria, viviendo en otra ciudad con sus dos esposas y sus cinco hijos y tratando de instalar otra farmacia allí, pero extraña la ciudad que lo vio nacer.

"Todo lo mío está en Alepo", dice. "Los mejores momentos de mi vida los he pasado en Alepo. Hay también recuerdos agridulces. Pero incluso en los días más oscuros, incluso bajo las bombas, prefiero vivir en Alepo que en otro lugar".

Mientras Tajeddin dejaba la casa cerrada en Judaydah en su última visita, notó el jazmín en el último vistazo del patio.

"Era invierno, por lo que el jazmín estaba demasiado grande", dice. "Todavía estaba verde y al irme, vi una flor floreciendo, creo que fue la primera flor".

Fotografías de Zahed Tajeddin a menos de que se especifique lo contrario.

Publicidad