Por un momento, Vernon Unsworth casi llora. Deja de hablar, sus ojos se enrojecen, respira hondo y recoge su taza de té.

Incluso ahora, un año después de uno de los rescates más complejos y peligrosos que el mundo haya visto, Vernon todavía está lidiando con el trauma de esos 17 desesperantes días.

Aún lo abruma el recuerdo del momento en que escuchó que 12 niños y su entrenador de fútbol habían sido hallados con vida, atrapados bajo la tierra. La sensación de alivio -y de horror por lo que se avecinaba- vuelve a inundarlo.

"Los verdaderos problemas comenzaron a partir de ese momento", contó en una entrevista con el podcast del programa de la BBC Beyond Today (Más allá de hoy).

"Sabíamos dónde estaban. Había que bucear un kilómetro y medio para llegar hasta allí. ¿Cómo diablos íbamos a sacarlos con vida?"

Vernon es un hombre tranquilo y medido que lidia bien con la presión. Ha estado explorando cuevas subterráneas por casi 50 años, un hobby que comenzó en su Lancashire natal, en Inglaterra, cuando tenía 16 años.

"Lo más increíble es encontrar un pasaje en el que nadie haya estado antes. Sabes que eres el primero. Todas las huellas que quedan son tuyas".

Es un pasatiempo, no su trabajo. Pero es una afición que lo convirtió en una de las pocas personas en el mundo que podrían intentar lo imposible: salvar al equipo de fútbol Wild Boars.

Atrapados por una inundación

Los Wild Boars (que significa jabalíes salvajes) eran un grupo de 12 niños de 11 a 16 años.

El sábado 23 de junio de 2018, después de su entrenamiento de fútbol, decidieron visitar las cuevas de Tham Luang para una excursión de un día, junto con su entrenador de 25 años.

Es un paseo turístico bien conocido y no era inusual ir en esa época del año. A muchos les gusta ver qué tan lejos pueden llegar dentro del sistema de cuevas que se extiende por 10 kilómetros.

Algunos de los chicos habían estado antes. Esta vez, decidieron que entrarían juntos.

Pero después de recorrer unos 4 km el equipo quedó atrapado por una crecida y fue entonces cuando los funcionarios tailandeses llamaron a Vernon y le pidieron ayuda.

"Conozco (el sistema de cuevas) mejor que nadie. Ha sido mi segundo hogar. No tengo que pensar dónde estoy", dice.

Vernon manejó hasta Tham Luang para reunirse con los funcionarios y el equipo de rescate local, pero se quedó sorprendido con lo que se encontró.

"(Era) un caos organizado", recuerda.

"Realmente no sabían qué hacer, sencillamente porque nunca antes se había presentado esta situación, especialmente con 13 personas atrapadas por inundaciones crecientes. Pero, dadas las condiciones climáticas, yo sabía que la cosa solo iba a empeorar".

"Sabía que esto iba a terminar con alguien perdiendo la vida".

Vernon tomó el asunto en sus propias manos. Escribió una lista con los nombres de los buceadores que necesitaría para armar un equipo de rescate. Incluyó a Rob Harper, Rick Stanton y John Volanthen, todos radicados en Reino Unido.

En un intento por involucrar a los británicos, habló con el exgobernador de la provincia Chiang Rai, un hombre llamado Narongsak Osatanakorn.


"Lo metí en una habitación y básicamente le dije: 'Señor, tienen una sola oportunidad para lograr este rescate'".

Para ejercer presión, Vernon también se reunió con otros funcionarios del gobierno.

Esa noche Rob, Rick y John estaban tomando un avión hacia Tailandia.

"Pensaron que eran cadáveres"

Los buzos británicos fueron directos a trabajar.

El 28 de junio, en condiciones meteorológicas terribles, John Volanthen y Rick Stanton ingresaron a la cueva para realizar un buceo exploratorio. Para su sorpresa, se encontraron con cuatro funcionarios tailandeses que trabajaban en gestión de agua y habían quedado atrapados allí durante la noche.

"Los funcionarios (del gobierno) intentaron básicamente ignorar lo que había sucedido porque no sabían que los muchachos estaban allí. No había registro de personas ingresando y nadie informó que estuvieran perdidos, ni siquiera sus esposas".

El exgobernador Narongsak lo niega: dice que él y otros funcionarios sabían que los cuatro hombres estaban en la cueva y que se les había dicho que no evacuaran.

Pero el inesperado rescate de estos hombres terminó siendo una bendición.

John y Rick tuvieron que sacarlos y uno de ellos entró en pánico durante el rescate. Ahora Vernon y el equipo sabían que sería imposible, si encontraban a los niños, sacarlos de la cueva sin sedarlos.

La búsqueda de los niños comenzó el 1 de julio, pero no fue hasta el día siguiente que fueron hallados. Rick y John lideraron la búsqueda.

Rick le contó a Vernon que antes de hallarlos sintieron un "olor horrible".

"Rick pensó que eran cadáveres. Eran heces. Pensaron que estaban encontrando cuerpos".

Los buzos estaban aliviados de encontrar a los niños vivos, pero luego tuvieron que organizar su rescate.

Habían encontrado al equipo, pero ahora tenían que sacarlos.

"¿Y si decido no hacerlo?"

Los buzos conocían solo a tres personas en todo el mundo que eran buceadores de cuevas de élite y también anestesistas: uno en Reino Unido, otro en Estados Unidos y el tercero en Australia.

El equipo británico se puso en contacto con el australiano, Richard "Harry" Harris.

"Harry nos dijo: 'No funcionará. Simplemente no funcionará'", recuerda Vernon.

"Rick le dijo a Harry: 'Bueno, me gustaría que lo meditaras esta noche', y Harry le contestó: '¿Qué pasa si decido no hacerlo?'".

"'Todos mueren', le respondió Rick".

Richard Harris estaba casi a bordo.

Sin embargo, primero se aseguró de que el gobierno australiano negociara con el gobierno tailandés darle inmunidad en caso de que algo saliera mal.

Funcionarios de la embajada británica también fueron llevados a Tham Luang para asegurarse de que el resto del equipo también estuviera protegido. Y se armó un plan.

La única forma en que podrían sacar a los chicos vivos era sedándolos. Usaron una mezcla de ketamina, xanax y atropina para tratar de secar los líquidos para que no se ahogaran con su propia saliva.

Los pequeños jabalíes fueron aplacados. En algunos casos, apenas respiraban.

A cada niño se le colocaba una máscara que le cubría toda la cara y luego se lo "empaquetaba", colocándolo, atado de pies y manos, dentro de una camilla que se movilizaba a través de cables.

El equipo estableció un sistema de relevos por el cual los buzos los llevaban, a veces manteniéndolos cerca de sus cuerpos, a veces empujándolos por las curvas de las cuevas.

Para trasladarlos, instalaron un sistema de poleas en el techo de la cueva y los arrastraron.

Vernon recuerda que dos de los niños comenzaron a despertarse durante el rescate. "Se les dio una inyección rápida para dejarlos inconscientes (nuevamente)".

Uno por uno, los chicos fueron sacados.

"Nos parecía un milagro que los primeros cuatro hubieran salido con vida, pero teníamos que mantenernos con los pies en la tierra porque eso no significaba que los siguientes nueve fueran a salir vivos", dice.

"No somos héroes"

Al final del segundo día, ocho de los chicos habían salido. Cuatro niños y su entrenador seguían atrapados.

Y las condiciones empeoraban.

"La lluvia que se pronosticaba llegó antes de lo que esperábamos. Había 50/50 de posibilidades de seguir adelante el día siguiente".

Pero se siguió.

"Uno de los buzos perdió su línea de buceo mientras cargaba uno de los preciosos paquetes, pero él también logró salir".

"Y literalmente después de que el último chico saliera de la cueva, el agua comenzó a crecer de repente".

"Lo que tenía pasar, tenía pasar", dice Vernon.

En Tailandia, persiste la superstición y la creencia en poderes místicos. Se dice que muchos lugares en el país tienen poderes, especialmente las cuevas.

Tham Luang está asociada con el mito de Nang Non, una princesa que se escapó con su amante y terminó quitándose la vida. Supuestamente ella estaba embarazada del hijo de él. Se cree que los ríos dentro del sistema de cuevas son su sangre.

Hoy, un año después, Tham Luang se ha convertido en una gran atracción turística.

Muchos tailandeses se detienen a rendir tributo en el santuario que hay allí, solo que ahora no está dedicado únicamente a la princesa, sino también a Saman Gunan, la única persona que murió durante el rescate.

Era un buceador tailandés que perdió su vida mientras trasladaba tanques de oxígeno a la cueva, justo antes de que comenzaran a sacar a los niños.

Seis meses después del rescate se erigió una estatua en honor a Saman afuera del complejo de cuevas, para homenajearlo.

En cuanto a Vernon, aún pasa mucho tiempo en esta zona. Ha regresado a las cuevas varias veces desde el rescate.

Él siente que algo ha cambiado.

"Ahora, antes de entrar a la cueva y al salir, recito una breve oración. Le regalo algunas flores cada vez que voy y cuando salgo, le agradezco que me haya mantenido a salvo, algo que nunca había hecho antes. Pero es lo que siento después de todo lo que pasó".

"Ninguno de nosotros somos héroes. Hicimos un trabajo que nos pidieron que hiciéramos y lo hicimos lo mejor que pudimos".

"No siempre fue fácil, pero 13 ya no es un número desafortunado, ¿verdad?".

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