Dícese de aquello que se deja o se transmite a los sucesores, sea esto material o inmaterial.

Eso es "legado", una palabra clave cuando se habla de la organización de unos Juegos Olímpicos.

Cada vez que una ciudad se embarca en la aventura de hospedar unas Olimpiadas, la pregunta sobre lo que dejarán las instalaciones suele convertirse en una polémica nacional.

¿De qué le sirve a una urbe y a su gente que se gasten miles de millones de dólares en hermosos y novedosos edificios que solo se usarán por un mes? ¿Cómo hacer para que, por el contrario, las edificaciones sirvan a la población local y queden para la posteridad?

No son preguntas fáciles. Ni los arquitectos ni los urbanistas ni los políticos más preparados del mundo han encontrado una fórmula del todo exitosa para gestionar el famoso legado.

Pero la ciudad de Buenos Aires, que hospedará dentro de un año los Juegos Olímpicos de la Juventud, un evento casi la mitad de grande que los Olímpicos generales, cree tener una solución.

"La clave de nuestro proyecto fue que lo pensamos al revés", apunta Franco Moccia, ministro de Desarrollo Urbano y Transporte de la capital argentina.

"Priorizamos el legado y a partir de ahí pesamos las instalaciones para los Juegos", le dice a BBC Mundo.

La estrategia, sin embargo, no ha impedido que muchos expertos crean que, como pasó en otras ciudades, en lugar de integración y desarrollo los Olímpicos traigan más desigualdad y exclusión.

Primero la ciudad, luego los juegos

Este mes, la alcaldía empezó la preventa de los 1.100 departamentos que hospedarán a los 4.000 atletas por 15 días.

El gobierno de la ciudad ?en manos de Horacio Larreta, un principal aliado del exalcalde y hoy presidente, Mauricio Macri? espera que los apartamentos ya estén vendidos cuando empiecen los juegos y, una vez terminado el evento, sean ocupado por los dueños.

El esquema busca vender una parte de los 31 edificios con créditos blandos para clase media y otra con subsidios para clases bajas.

Adicional a los edificios, que esperan convertirse en un auténtico barrio de connotación atlética, el gobierno está construyendo piscinas, estadios, canchas y demás instalaciones deportivas.

Dichas disposiciones ya tienen destinatario: se convertirán en un nuevo centro de alto rendimiento para los deportistas argentinos, que según Moccia, hasta ahora no han contado con instalaciones de la misma envergadura a las que se encuentran en las competencias internacionales.

El desarrollo de la Villa Olímpica se da en medio de un ambicioso proyecto iniciado en la alcaldía de Macri para reactivar el sur de Buenos Aires.

Como parte del plan se busca urbanizar la Villa 31, el barrio marginal más grande del país, y se han inaugurado parques, estaciones del metro, edificios para la universidad estatal y una majestuosa sede para la Casa de Gobierno, entre otras cosas.

"Primero está la ciudad y, como parte de eso, están los Juegos", dice Moccia.

Dolor de cabeza

Organizar unos Juegos Olímpicos trae inversiones, turistas y consumo, pero durante las últimas décadas se ha convertido en un dolor de cabeza para las ciudades.

En Río de Janeiro, por ejemplo, los edificios de la Villa Olímpica no se habían terminado semanas antes del inicio de las competiciones y algunos equipos se rehusaron a usarlos.

Tras los Juegos, el complejo que se había pensado para ser vivienda de lujo nunca atrajo demanda y hoy, según han reportado varios medios locales e internacionales, están en su mayoría abandonados.

La ONG Rio On Watch estima que 80.000 cariocas fueron desplazados de sus casas por los Juegos y "la mayoría de ellos están en peores condiciones que antes".

En otras ciudades, como en Londres y Atenas, los resultados tampoco fueron del todo exitosos: en la primera se creó un barrio de clase media alta que desplazó gente y es impagable para clases bajas y en la segunda más de la mitad de los apartamentos estaban vacíos 10 años después de las Olimpiadas.

Buenos Aires, que será la tercera ciudad en albergar los Olímpicos de la Juventud, no quiere repetir esa experiencia.

"Este es un proyecto para la ciudad que se lo vamos a prestar a los Juegos", dice Moccia, quien pone el ejemplo de Barcelona, donde los Olímpicos fueron la génesis de "una transformación de la ciudad hacia la costa".

El riesgo de la "gentrificación"

María Mercedes Di Virgilio, científica social experta en estudios urbanos de la Universidad de Buenos Aires, es de los que piensa que el proyecto del gobierno tiene más potencial de generar exclusión que integración.

"Esto no es vivienda social, sino edificios para la clase media, que es la única que tiene acceso a los créditos hipotecarios", le dice a BBC Mundo.

El gobierno de Macri, un exempresario que duró dos periodos en la alcaldía de Buenos Aires, ha puesto énfasis en reactivar el mercado inmobiliario a través de los créditos hipotecarios.

Este año en Buenos Aires se han firmado más escrituras que en los últimos cinco años, según el Colegio de Escribanos.

Pero en un país donde la mitad de la población no tienen acceso a los bancos ni un trabajo formal, muchos temen que esto profundice el déficit habitacional que de por sí ya afecta a más de 1 millón de familias.

"Lo que termina ocurriendo con intervenciones como la de la Villa Olímpica es que el barrio se gentrifica y se desplaza gente de bajos recursos a la periferia", dice Di Virgilio.

El gobierno, sin embargo, aspira a que el proyecto permita un estilo de amalgama entre clases medias y bajas.

"Tenemos que mezclar a la sociedad desde el inicio del proyecto", responde Moccia.

"Si haces solo vivienda social, la clase media nunca va a llegar ahí y viceversa. Ambos sectores tienen problemas de vivienda en este momento y a ambos hay que atenderlos".

"La idea es hacer sociedad, no dividirnos más", concluye.

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