AFP

La presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, se enfrenta este domingo a una marea opositora en las calles para reclamar de nuevo su destitución en unas protestas que se prevén masivas, mientras su gobierno se ve sacudido por una intensa tormenta política que amenaza su mandato.

Justo un año después de que 1,7 millones de brasileños se concentraran en todo el país para pedir su salida por primera vez de forma multitudinaria, este domingo hay protestas convocadas en 438 ciudades del gigante sudamericano.

El tiempo no ha jugado a favor de Rousseff, que en los últimos 365 días ha visto cómo el presidente de la Cámara de Diputados aceptaba en diciembre un pedido de impeachment en su contra por maquillar las cuentas públicas, mientras la recesión económica que ahoga al país se encamina a ser la peor en un siglo.

El último golpe, sin embargo, llegó esta semana cuando la Fiscalía de Sao Paulo solicitó la prisión preventiva del símbolo y fundador del gobernante Partido de los Trabajadores (PT, izquierda), Luiz Inacio Lula da Silva, tras denunciarle por ocultación de patrimonio, una modalidad de lavado de dinero.

En el punto de mira, un apartamento del que el expresidente niega ser propietario y que le relacionaría supuestamente con una constructora implicada en el multimillonario fraude a Petrobras, por el que ya había sido forzado a declarar días antes. 

La investigación a su padrino político en el gigantesco escándalo de corrupción que indigna a Brasil, y que lleva carcomiendo su gobierno desde que asumió su segundo mandato en enero de 2015, apretó aún más contra las cuerdas a Rousseff. 

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La semana negra por capítulos de Lula, que dice ser víctima de una persecución judicial, ha sido seguida con atención por una sociedad cada vez más polarizada, que llegó a poner en alerta a las fuerzas públicas por el riesgo de enfrentamientos en las protestas.

Con muchos de los actos a favor del gobierno desconvocados para el domingo -sindicatos y el propio PT preparan grandes movilizaciones el 18 y 31 de marzo-, Rousseff trató de calmar los ánimos.

"Hago un llamamiento para que no haya violencia. Creo que todas las personas tienen derecho a salir a la calle. Ahora, nadie tiene derecho a crear violencia. Nadie. De ningún lado", afirmó la mandataria el sábado.

Sao Paulo, corazón de las protestas

Agitando las banderas contra el gobierno de Rousseff, la corrupción, o el PT, los organizadores de las manifestaciones esperan reunir a más de un millón de personas este domingo en las calles de Brasil.  

De lograrlo, el movimiento opositor reafirmaría una fuerza popular que, a pesar de mantener su espectacular brío en las tres convocatorias posteriores, no igualó los récords iniciales.   

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La mayor concentración se espera en Sao Paulo, capital económica del país y principal bastión de la oposición, aunque la jornada comenzará con las protestas en grandes centros como Brasilia, Rio de Janeiro o Belo Horizonte.

Por primera vez, además, los partidos enfrentados al gobierno han llamado explícitamente a manifestarse.

"Es el momento de llevar los colores de Brasil y bajar pacíficamente a las calles para protestar contra la corrupción del gobierno de Dilma", se puede leer en la página web del Partido Socialdemócrata (PSDB), la principal fuerza opositora.

Su líder, el senador Aécio Neves, derrotado por Rousseff en las presidenciales de 2014, acudirá a la protesta de Sao Paulo.

La sombra del impeachment 

El fin de semana decisivo para la mandataria comenzó el sábado con la noticia de que el mayor aliado de su coalición podría romper con su gobierno.

El centrista PMDB, la mayor fuerza política de Brasil, decidió debatir durante 30 días si abandona a Rousseff a su suerte o si se mantiene dentro del gobierno. 

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La convención del partido al que pertenecen el vicepresidente de la República, Michel Temer, el jefe de la Cámara de Diputados, Eduardo Cunha, y el del Senado, Renan Calheiros, transcurrió en clima opositor y regada de pedidos de ruptura, donde votaron prohibir a los afiliados aceptar cargos en el gobierno durante la deliberación para evitar interferencias del Palacio de Planalto en la interna.

En este contexto, una movilización masiva podría calentar de nuevo el impeachment contra la presidenta, presionando a los diputados indecisos sobre su voto, mientras se espera que la Corte Suprema descongele el proceso en los próximos días, cuando defina el formato que tendría el juicio político.

En plena tormenta, Rousseff compareció sonriente el viernes y echó mano del carácter glacial que envuelve su biografía. 

"¿Ustedes creen que tengo cara de estar resignada? ¿Creen que tengo genio para resignarme? Yo no estoy resignada ante nada y no tengo esa actitud ante la vida (...) Cuenten, por lo menos, que no tengo cara de quien va a renunciar", instó a los periodistas.

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