En la falda de un abrupto macizo volcánico en Islandia, una fábrica aspira el aire para captar dióxido de carbono, principal responsable del calentamiento global, para después apresarlo en el basalto subterráneo.

Este monstruo de acero elevado por losas de hormigón y conectado a un laberinto de tuberías es la mayor fábrica del mundo diseñada para atrapar dióxido de carbono directamente del aire y transformarlo en roca.

El proyecto piloto llamado Orca ("orka" es "energía" en islandés) se distingue de la tradicional captación de CO2 en la salida de las chimeneas de las industrias contaminantes.

Lanzada el pasado septiembre por la empresa emergente suiza Climeworks, esta instalación de 1.700 metros cuadrados es fruto de una alianza con CarbFix, una empresa islandesa pionera en el almacenamiento subterráneo de carbono, y ON Power, el operador de una central geotérmica vecina.

Ocho contenedores de transporte marítimo superpuestos de dos en dos forman una estructura de diez metros de altura. El aire se absorbe por delante con un ventilador y expulsado, ya purificado, por detrás.

"Hay un material filtrante muy selectivo en el interior de nuestros contenedores recolectores que atrapa las moléculas de CO2", explica Lukas Kaufmann, jefe de proyecto en Climeworks.

Incrustado en la roca 

"Cuando el filtro está lleno, lo cerramos y lo calentamos hasta alrededor de 100 ºC", continúa el ingeniero suizo.

La operación permite liberar el gas puro. Desprendido ya de sus últimas impurezas, el dióxido de carbono se transporta por una tubería subterránea de más de tres kilómetros hasta unos inyectores situados en unas pequeñas cúpulas grises.

Disuelto en agua, el gas se inyecta a alta presión en la roca basáltica a entre 800 y 2.000 metros de profundidad.

La mezcla acuosa cargada de CO2 penetra en la roca, porosa como una esponja, y se solidifica gracias a la reacción química del gas con el calcio, el magnesio y el hierro contenidos en el basalto.

Bajo forma de cristales blancos calcáreos, el dióxido de carbono se incrusta en las pequeñas cavidades de esta piedra.

La técnica permite acelerar a menos de dos años un proceso natural llamado mineralización, que normalmente toma cientos de miles de años.

Según Thomas Ratouis, ingeniero jefe del francés CarbFix, se trata de la forma más estable y segura de almacenar carbono actualmente.

"Lo que puede hacer que el CO2 vuelva a liberarse a la atmósfera sería que las rocas se calentaran a alta temperatura", por ejemplo, en una erupción volcánica, explica Didier Dalmazzone, profesor de ingeniería química en la escuela ENSTA de París.

La fábrica Orca, con un coste de 10 a 15 millones de dólares, puede absorber hasta 4.000 toneladas de CO2 por año. Es una cantidad ínfima si se compara con los varios miles de millones que deben eliminarse antes de 2050.

"Somos muy realistas con esto, pero es muy importante aprender a andar antes de saber correr", dice Julie Gosalvez, responsable de márketing en Climeworks.

La absorción y almacenamiento del CO2 en el subsuelo figura entre las técnicas promovidas por el Grupo Intergubernamental de  Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) de la ONU para contener de cara a 2100 el calentamiento a +1,5 ºC respecto a la época preindustrial.

 Costoso 

A diferencia de la técnica más avanzada llamada CCS (captura y almacenamiento de carbono) que capta el CO2 antes de que entre a la atmósfera desde una fuente de alta concentración de contaminación de una planta industrial, el proceso DAC (captura directa del aire) se centra en los restos ya presentes en el ambiente.

Fuentes difusoras de CO2 como aviones, vehículos o barcos no pueden de otra forma someterse a la captura de sus emisiones.

Según los expertos, la tecnología está en sus etapas iniciales y se enfrenta al desafío de la débil concentración de dióxido de carbono en la atmósfera.

Aunque haya batido un récord alarmante en 2020, no representa más que un 0,041% del aire.

Orca también debe tratar dos millones de metros cúbicos de aire de media para capturar una sola tonelada de CO2, un procedimiento muy costoso y que gasta mucha energía.

Climeworks no quiere desvelar estas cifras, pero una estimación de la Comisión Europea de 2019 estimaba entre 80-200 euros el coste de captar una tonelada de CO2 en el aire.

Para Didier Dalmazone, una opción sería contentarse con captar solamente dos tercios del CO2 contenido en el aire recogido. "Esto podría ser menos costoso y bastaría a pesar de todo, puesto que el objetivo es retirar CO2 y no todo el CO2", defiende.

Islandia, con más del 70% de energía primaria procedente de la geotermia y con recursos abundantes de agua, es el terreno de juego ideal, pero el método no es replicable en todos lados.

Carbfix prevé para el próximo verano boreal una inyección piloto con agua de mar para adaptar su técnica, que necesita actualmente de 20 a 25 toneladas de agua desalinizada por tonelada de CO2.

Otra terminal portuaria debe ver pronto la luz en la bahía de Straumsvík, a las puertas de la capital islandesa.

Llamada Coda, acogerá el carbón capturado en las plantas industriales del norte de Europa para ser apresado en Islandia.

Un primer navío operativo debe permitir tratar 300.000 toneladas de CO2 por año en 2025, con un objetivo diez veces más elevado en 2030. Según Carbfix, solo entre un 4 y un 7% del carbono será liberado en la atmósfera en el transporte.

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