El hedor y las emisiones tóxicas de la basura que se acumula en los vertederos exasperan a los habitantes de los suburbios de Moscú, mientras que la incineración dista mucho de satisfacer a todo el mundo.

Rusia produce casi 70 millones de toneladas de desechos al año, según las estimaciones de la organización ecologista Greenpeace.

La selección de basuras solo existe en un centenar de ciudades rusas y la mayoría de la basura se acumula desde hace décadas en vertederos cada vez más contaminantes. 

"Rusia parece realizar la predicción [del físico] Niels Bohr de que la humanidad morirá asfixiándose en su propia basura", ironizó un responsable de Greenpeace-Rusia, Alexei Kiseliov.

Según Greenpeace, en los diez últimos años, el volumen de basura de Rusia aumentó un 30%. Solo el 2% de esa basura es incinerada y el 7% reciclada, mientras que el resto se va acumulando en los vertederos. 

En los alrededores de Moscú se cerraron 24 vertederos en los últimos cinco años por problemas de insalubridad, mientras que otros 15 -enormes montañas apestosas a cielo abierto- siguen recibiendo nuevas masas de desechos contaminantes no seleccionados.

"La mayoría fueron creados hace 50 años, sin ninguna tecnología de tratamiento del gas ni de las aguas usadas" que sueltan, admitió el ministerio local de Ecología.

Manifestaciones 

El problema irrumpió en el debate público hace un año, cuando los habitantes de Balashikha, una ciudad a 6 km al oeste de Moscú, asfixiados por el hedor de un vertedero vecino, le pidieron al presidente Vladimir Putin que lo cerrara durante una sesión de preguntas-respuestas en televisión. 

Desde entonces, las expresiones de descontento no han dejado de crecer, a veces con una virulencia inusual en un país en el que cualquier tipo de protesta se topa con la firmeza del poder. 

A finales de marzo, unos 50 niños tuvieron que recibir atención médica en Volokolams, al noroeste de Moscú, tras haber sido intoxicados por un gas procedente de un vertedero cercano. Miles de habitantes se manifestaron entonces, algo raro en Rusia, para reclamar su cierre. 

Tras ello, Rusia le pidió a Holanda un sistema para neutralizar los servicios tóxicos, a falta de tecnología rusa en ese campo.

Según los expertos, casi 11 millones de toneladas de basura se acumulan cada año en los alrededores de Moscú, un 16% de los desechos de todo el país. 

"Lo más grave es que nadie se ocupa del problema hasta que hay una emisión de gas, una fuga de agua contaminada o un incendio en un vertedero", lamentó Kiseliov. 

Frente a esta catástrofe ecológica, el gobierno ruso prometió construir cinco incineradoras de residuos, cuatro en la región de Moscú y una en Kazan, a orillas del Volga. 

Las dos primeras plantas, con capacidad para incinerar 700.000 toneladas de residuos al año y producir, cada una, 70 megavatios de electricidad, deberían estar terminadas para 2021 en Voskresensk, en el sureste de Moscú, y en Naro-Fominsk, en el noreste.

¿Incinerar o reciclar? 

Las obras deberían empezar en las próximas semanas, pero la población local se ha manifestado en contra, temiendo un impacto negativo en el medio ambiente. 

"Queremos plantas de reciclaje y no incineradoras", gritó una vecina de Naro-Fomisnk, Marina Melnikova. 

Como otros habitantes de su ciudad, que reunieron 4.000 firmas contra el proyecto, enviadas al presidente Putin, Marina confiesa que teme la contaminación por dioxinas cancerígenas que podrían expulsar los residuos de la fábrica. 

"Hay que resolver el problema de la basura. ¿Pero por qué comenzar por el último eslabón de la cadena? ¿Dónde está el reciclaje y la separación de basura?", se preguntaba Igor Vavilov, militante comunista. 

Pero Andrei Chipelov, director del proyecto de construcción de incineradoras, aseguró que se trata de "las tecnologías más sofisticadas", desarrolladas por el grupo suizo-japonés Hiatchi Zosen Inova, que ya ha construido 500 incineradoras en varios países, es decir, un tercio de todas las fábricas de este tipo en el mundo. 

"Esas fábricas no son en absoluto peligrosas. Ni las dioxinas ni otros elementos peligrosos saldrán de la fábrica", prometió Chipelov. "Las altas temperaturas permitirán destruir las dioxinas más peligrosas en el reactor", afirmó. 

Pero los ecologistas están convencidos de que esa no es la solución. "¿Para qué crear una nueva fuente de contaminación, cuando podemos resolver el problema con fábricas de tratamiento?", apuntó Kiseliov. 

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