Afuera, la turba vociferante. En el bus, refugiados atemorizados. La policía no logra controlar a la brutal muchedumbre. En cambio, arrastra por la fuerza a los refugiados a la calle. Para llevarlos a un lugar seguro. Esa es la justificación. Y suena plausible, en vista de las amenazadoras escenas que cualquiera puede ver en Internet.

El ambiente está cargado de odio en Clausnitz, la situación podría quedar en cualquier momento fuera de control. ¿O se trata de pretextos utilizados por la policía para desviar la atención de su propio fracaso? Desde la distancia, no es posible juzgarlo con seriedad. No obstante, muchos lanzan acusaciones precipitadamente. También esa actitud puede contribuir a una escalada, al menos en el plano retórico.

De cualquier manera, no ayudará a esclarecer los hechos. Solo una cosa es clara: una vez más, la apacible Sajonia fue escenario de excesos xenófobos. Eso ocurre con peculiar reiteración en dicho estado del este de Alemania. Allí arden con particular frecuencia albergues de refugiados, como el sábado en Bautzen. El embrutecimiento es especialmente visible. Se obstaculizan las tareas de quienes intentan apagar el fuego, curiosos llenos de odio se regocijan mirando el mar de llamas.

Nada de eso se puede minimizar, ni menos disculpar. Sajonia va camino de convertirse en sinónimo de la cara fea de Alemania.

Al margen de la sociedad civilizada

Para muchos ya lo es desde hace tiempo. Sobre todo los “Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente” (Pegida, por su siglas en alemán) han velado porque así sea. Desde hace más de un año, miles desfilan cada semana por Dresde, y se han radicalizado progresivamente. Es posible que al comienzo se hayan contado entre ellos muchas personas que se sentían descuidadas e incomprendidas por los políticos. Pero quien todavía respalde ese movimiento, entretanto desembozadamente xenófobo y racista, se sitúa conscientemente al margen de la sociedad civilizada. Eso vale también para los imitadores de Pegida en otras partes de Alemania. No solo en el este del país arden albergues de refugiados; tampoco la rebelión de la gente decente y la ayuda para los necesitados se limitan a las regiones occidentales.

Sin embargo, en vista de la situación imperante en Sajonia, los ejemplos positivos suelen quedar en segundo plano. La justificada indignación, amplificada por los medios de comunicación, resuena con más fuerza y copa más espacio que la acción solidaria llevada a cabo por 100 personas íntegras en Clausnitz el fin de semana. Y ¿quién se fijó en la impresionante cadena humana con 13.000 participantes que el 13 de febrero conmemoraron el aniversario de la destrucción de Dresde poco antes del término de la II Guerra Mundial? Ellos también emitieron una clara señal contra la apropiación de la fecha por parte de la derecha y contra los ánimos generados por Pegida.

Más que un problema de imagen

También esas imágenes son parte de Sajonia. Pero obtienen poca atención fuera de las fronteras de ese estado federado. A menos que se trate de un aniversario redondo, como el de 2015, cuando se emiten al mundo noticias positivas de esa hermosa ciudad a orillas del Elba, sembrada de cicatrices. Pero esas informaciones desplazan lo feo solo por corto tiempo. Tras los execrables acontecimientos de los últimos días, Sajonia corre más peligro que nunca de quedar etiquetada como ultraderechista incorregible. Desgraciadamente siempre hay nuevos motivos para ello. De nada sirve mencionar que la xenofobia se puede encontrar en cualquier parte de Alemania. Sajonia tiene más que un problema de imagen. Eso solo cambiará cuando salga a la calle a manifestarse contra Pegida más gente que la que sale a marchar con ese grupo. Y eso vale más que nunca después de jornadas como las de Clausnitz y Bautzen. 

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