A pesar de que oficialmente no existen, la nobleza francesa continúa perdurando y, en muchos casos, prosperando en el siglo XXI.

La novelista y periodista británica Nancy Mitford, que pasó gran parte de su vida en París, bromeó en uno de sus libros que los nobles franceses eran mucho más sensibles respecto a su estatus que sus pares ingleses.

Cuando se invitaba a un duque francés a la embajada británica era indispensable saber exactamente si se trataba de:

a) un duque del Régimen Antiguo,

b) un duque de la Restauración,

c) un duque Napoleónico o

d) un duque Papal.

Cada uno de ellos sabía el orden correcto de prioridad a la hora de ser sentados a la cena y se ofendían profundamente si el embajador se equivocaba.

Mitford escribía en los años 50 y hoy en día tal esnobismo exagerado (si es que alguna vez existió) es una memoria distante.

Pero la nobleza francesa, la noblesse, está aún muy viva. Es más, en números podría haber más nobles hoy en día que antes de la Revolución.

"Estimamos que hay 4.000 familias que en la actualidad se autodenominan nobles. Es verdad que, durante la Revolución, había 12.000 familias. Pero hoy en día las familias son mucho más amplias. Así que, en general, estimamos que hay entre 50 mil y 100 mil nobles en Francia actualmente, casi lo mismo que en los 1780".

Y eso se lo dice a la BBC alguien que conoce del tema, entre otras porque es uno de ellos: Jacques de Crussel, duque d'Uzes.

La Revolución francesa (1789-1799) le puso fin al reinado de Luis XVI y su esposa María Antonieta, quien quedó en la memoria colectiva como una reina extravagante que perdió la cabeza en la guillotina.

 

A pesar de la guillotina, podría haber más nobles franceses hoy en día que antes de la Revolución.

"El argumento", continúa, "es que, aunque muchos aristócratas desparecieron en la Revolución, después, en el siglo XIX, hubo cinco reyes o emperadores de Francia. Cada uno creó su propia nobleza. Así que nos multiplicamos".

El duque d'Uzes es presidente de una poco conocida organización llamada la Asociación para la Ayuda Mutua de la Nobleza Francesa (ANF, por sus siglas en francés).

Según cuenta la historia, la ANF fue fundada en los años 30 luego de que dos nobles se dieron cuenta de que el maletero que les cargaba el equipaje en una estación de París era uno de los suyos. Resolvieron crear y administrar un fondo para ayudar a la nobleza desfavorecida, una función que desempeña hasta el presente.

Su otra labor es una de investigación y certificación. Cada año reciben más de 100 solicitudes de nobles, o quizás sería mejor decir "nobles", solicitando prueba de su linaje. La mayoría son auténticos así que, tras exhaustiva verificación en los extensos archivos de la ANF, son aprobados.

Pero también se dan casos de fraude; hombres y mujeres que afirman ser de la nobleza y que no lo son. Estos son expulsados sin piedad.

Una de las distorsiones más comunes viene de parte de las personas que creen que sólo porque su nombre contiene la llamada partícula o preposición "de", son automáticamente nobles.

Antes de la caída: el cuadro del Duque de Penthièvre y su familia, pintado por Jean-Baptiste Charpentier, en 1763.

"Nada de eso", dice el duque d'Uzes. "¡Es muy posible ser un noble sin la partícula de la misma manera que muchos con la partícula definitivamente no lo son!"

Pero, ¿quiénes son estos cientos de miles de nobles mujeres y hombres? ¿Cómo se perciben a sí mismos? ¿Son realmente diferentes al resto de los franceses?

Naturalmente, no hay manera fácil de contestar eso.

Algunas familias han mantenido su riqueza e influencia. Viven en los mejores vecindarios de París y son líderes de industria y finanzas.

Algunos ejemplos incluyen a Henri de Castries de Axa (en realidad un conde) y Jean-Dominique Senard de Michelin (también un conde pero de la variedad papal).

Jean-Dominique Senard, es director de Michelin y un duque papal.

Pero muchos otros viven vidas muy discretas lejos de la capital, generalmente en viejas mansiones o castillos cuyo mantenimiento es una carga.

Un ejemplo típico son los de Vogues, mis vecinos en la región de Berry, en Francia central.

Los de Vogues han rastreado su origen al siglo XII en Ardecha, y esta rama de la familia se asentó en el Castillo de Pezeau, cerca de Sancerre antes de la Revolución.

Hoy en día, Albert de Vogue, en sus 80, vive allá solo, admirando la tierra que cultivó durante toda una vida. Los hijos y los nietos viene durante los fines de semana.

"No le saco ninguna gloria en particular a mis orígenes, pero tampoco son algo de lo que me avergüenzo", dice. "Pero sí siento que tengo el deber de pasar el legado Berry a la familia".

La hacienda de la familia de Vogue

Sus hijos se sienten orgullosos de sus antepasados, algunos de los cuales alcanzaron grandeza de diferentes formas. Son católicos de los que no hacen mucho alarde de serlo y afirman que ciertos valores -como la bondad hacia otros y la calidez- son importantes para ellos.

Pero se sienten muy apartados de la vida social de París.

"Cuando era chico, cuando fui a una escuela local, dije que mi papá era un agricultor, lo cual era cierto. Pasaron muchos años antes de que me sintiera cómodo diciendo que vivía en un castillo", dice Hughes, el hijo de Albert.

La familia tiene una conexión muy estrecha con lugareños. Albert fue alcalde de la aldea por 15 años, y muchas de las familias que la componen trabajaron alguna vez en la hacienda de los de Vogue.

Pero hay más. Durante la guerra, el padre de Albert, Arnaud de Vogue, fue líder de la Resistencia. Perseguido por los alemanes nazi, los agricultores locales le dieron refugio por lo que algunos fueron torturados y deportados.

"Es una deuda que tenemos con la gente que nuestra familia nunca ha olvidado", dice Huges.

La Revolución francesa hizo que la existencia de aristócratas fuera incongruente, pero no acabó con ella.

Durante dos siglos, la nobleza francesa ha tenido que perfeccionar un curioso juego social. El país es una república cuyo fundamentos se encuentra en la Revolución que mató a muchos de sus ancestros.

Hoy en día la nobleza no existe legalmente. No hay una monarquía que la justifique. La propia idea de una casta de amos es una ofensa al actual espíritu cultural de Francia.

Como resultado, la mayoría de los descendientes de las antiguas familias han aprendido a ser discretos.

"Definitivamente no la anunciamos a los cuatro vientos", asegura Raphaelle Pinon (de otra familia de Berry, los Pinon de Quincy). "Pero, al mismo tiempo, creo que tenemos una perspectiva de vida y familia e historia que es muy diferente. Y creo que la gente se da cuenta de eso".

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