Por Daniel Pardo. BBC Mundo, Santiago de Chile

Algunos la ven, en el mediano plazo, como la primera mujer en la secretaría general de Naciones Unidas. Pero en su país, al menos en apariencia, muchos no la quieren ver ni en pintura.

Michelle Bachelet terminará su gobierno en marzo de 2018 y, según las encuestas, lo más probable es que su coalición pierda los comicios para elegir a su sucesor.

Este domingo los chilenos están citados a votar por alguno de los ocho candidatos que llegan a los las elecciones representando a una dirigencia política en crisis, desprestigiada.

De acuerdo a las últimas encuestas, Bachelet terminará su mandato con una aprobación de entre 20 y 25%. Su primer periodo, entre 2010 y 2014, lo acabó en 80%.

Esta vez la mandataria no saldrá en hombros, sino entre ataques viscerales de una parte de la población y tampoco se ahorra insultos personales cargados de una odiosidad pocas veces vista.

Pero es difícil saber cuántos chilenos piensan realmente así, porque ni siquiera ese 25% genera consenso y hay encuestas que estiman su aprobación en 40%.

La campaña ha profundizado las divisiones en Chile y la herencia de Bachelet, que no es candidata ni apoya a ningún candidato directamente, ha sido un tema importante.

Sin embargo, mientras en su país natal el debate sobre su legado genera división, en el exterior parece haber un consenso: su gobierno, dicen, cambió a Chile para siempre.

Prestigio internacional

Bachelet, considerada la mujer más poderosa de América Latina por la revista Forbes, tuvo ya un importante cargo en la ONU como directora de ONU Mujeres; es una de las figuras influyentes de Unasur; integró la comisión para el mantenimiento de la paz en Haití; y participó en las conversaciones y acuerdos de paz en Colombia con las guerrillas.

Según la encuesta que hace Ipsos a casi 300 líderes de opinión de la región latinoamericana, Bachelet tiene una aprobación del 69%.

Es la tercera mandataria con más aceptación, por debajo del argentino Mauricio Macri (69%) y el colombiano Juan Manuel Santos (78%), quien padece de una paradoja similar, porque en su país la gran mayoría (el 80%) lo rechaza.

Expertos con los que habló BBC Mundo coinciden que el gobierno de Bachelet se ve desde el exterior como un audaz proyecto de largo plazo para modernizar un país rezagado en lo institucional.

Y eso, aseguran, pudo haber chocado con los valores de una parte de la clase dirigente que es profundamente conservadora.

Además, explican los analistas, durante su gobierno se desaceleró el crecimiento económico, considerado por muchos chilenos como un sinónimo de bienestar individual, y algunos sienten que la mandataria sacrificó aspectos mundanos como el consumo en busca de aprobar sus reformas.

Reformas estructurales

Si algo caracterizó al segundo gobierno de Bachelet, dicen los observadores, fue su talante reformador.

La coalición de gobierno tuvo durante estos cuatro años una mayoría en el Congreso que, tras los cambios en el sistema electoral que se aplicarán por primera vez en los comicios del domingo, no parece repetible, por lo que muchos dicen que Bachelet sintió urgencia por aprobar las reformas: si no pasaban ya, apuestan, no sería nunca.

Entre otras cosas durante su segundo gobierno:

  • Se aprobó una ley para el acceso gratuito a colegios y universidades en un sistema educativo que estaba entre los más caros y excluyentes de la región.
  • Se promulgó una reforma tributaria que aumentó los impuestos a grandes compañías y eliminó un sistema que eximía a los empresarios de pagar impuestos por ingresos totales.
  • Se acabó con el sistema electoral binominal que favorecía a la segunda minoría y en la práctica barría con los partidos pequeños o independientes.
  • Se aprobó la unión civil entre homosexuales en un país donde ser gay fue ilegal hasta 1999.
  • Y se legisló el derecho al aborto en tres casos especiales en una de las seis naciones del mundo donde dicha práctica era ilegal en todos los casos.

"Este fue el gobierno más importante que ha habido en Chile después de que se inaugura la democracia (en 1990)", le dijo a BBC Mundo Manuel Antonio Garretón, un sociólogo, politólogo y ensayista celebrado internacionalmente, que estuvo vinculado a los gobiernos post-Pinochet de los años 90.

"Esto no significa que haya sido el mejor gobierno, o el que lo haya hecho más bien, pero significó un salto para una sociedad que no había dejado atrás la dictadura", añadió, en referencia al sistema legal heredado del régimen militar de Augusto Pinochet.

Sin embargo, hay expertos cuestionan incluso la idea de un legado.

Eugenio Guzmán, sociólogo y decano de la Facultad de Gobierno de la Universidad del Desarrollo, en Santiago, es uno de ellos: "Bachelet prometió todas las reformas posibles, generó mucha expectativa, y no las rediseñó a medida que fueron generando escepticismo en la gente, sobre todo las clases medias, sino que insistió en ellas".

El hecho de que la mandataria no tenga un candidato en la campaña, afirma el analista, muestra que "no logró constituir un carisma, un mensaje que siguiera su línea".

"Jugar a construir legado no existe en la sociedad del escepticismo; ni siquiera (Barack) Obama lo logró; la posmodernidad no lo permite; y por eso más que las reformas, más que la cristalización de un legado, probablemente lo que se recuerde de este gobierno sea la improvisación", concluye.

Desaceleración, corrupción y mala comunicación

Una de las críticas más duras que se le hacen al gobierno de Bachelet -y que es en parte la razón por la que la derecha al mando de Sebastián Piñera se proyecta como favorita en las presidenciales- es que el crecimiento se desaceleró: promedió 2% en cuatro años.

"Acá hay una imagen de que Bachelet se concentró en las reformas a costa de la economía, la infraestructura, los servicios públicos y lo cotidiano", explica Eugenio Tironi, un reputado ensayista y consultor político.

Puede que buena parte de los chilenos le atribuyan a Bachelet la caída del crecimiento, pero internacionalmente existe conceso de que la caída del precio del cobre, la principal fuente de ingresos del país, y otros factores internacionales, también jugaron un rol importante en la desaceleración.

"En muchos lados (de Chile) aún existe la imagen de que Pinochet, más allá de los derechos, dejó bien la economía", dice Ricardo Ffrench-Davis, un prominente economista, sobre las políticas neoliberales implementadas por el militar, que para muchos fueron el cimiento de varios años de extraordinario crecimiento económico cuando volvió la democracia en 1990.

"Pero es claro que esa imagen es equivocada", opina el economista, que presidió el Comité de las Naciones Unidas de Políticas para el Desarrollo y asesoró a varios gobiernos de los 90.

"Porque (el crecimiento en Chile) es un proceso cíclico que depende del cobre y si algo ha impedido que se mantenga sin importar el precio del cobre son precisamente las políticas neoliberales, que afectaron la innovación", sostiene.

Otro de los aspectos negativos que se atribuyen a Bachelet en el ámbito local es la sensación de que la corrupción aumentó, en parte porque se destaparon casos históricos de financiamiento político, malversación de fondos en la policía y el hijo de la propia mandataria estuvo vinculado a un escándalo de tráfico de influencias.

"Pero internacionalmente esto no es adjudicado directamente a Bachelet, sino a la élite política que gobernó el país en los últimos 30 años", explica el internacionalista argentino Federico Merkel.

El profesor de la Universidad de San Andrés, en Buenos Aires, añade que en países donde problemas como la corrupción y la caída crecimiento son muchísimo más graves -Argentina, Brasil o México- lo que ocurre en Chile "sigue siendo visto como un caso exitoso del que Bachelet se ve como una representante".

Pero incluso desde La Moneda se ha admitido que hubo "problemas de comunicación", en el sentido de que la urgencia, la pertinencia o el beneficio de las reformas no fueron explicados a los chilenos.

"Las reformas fueron comunicadas con las patas", dice Ffrench-Davis. "Y los matices, los errores y los casos de corrupción nublaron la noción de que las reformas eran necesarias e importantes".

Tironi, por su parte, añade que "vivimos en un momento muy difícil para la clase política y a la cabeza de ésta, durante el peor momento, estuvo Bachelet por ser jefe de Estado".

"Pero por otro lado tienes que las expectativas de crecimiento y bienestar de la gente se han afectado, porque la oposición ha sido muy ágil en sus ataques al gobierno".

"Y súmale que algunas de las reformas, como la de la educación, son vistas por la clase dirigente como agresiones, porque rompen con un sistema que parecía intocable y del que vivían muchos de los de colegios y escuelas del sistema subvencionado", afirma.

Ocurre lo mismo con las reformas del matrimonio igualitario y el aborto, que, dice Tironi, "implican cambios muy de fondo que serán difíciles revertir".

Buenos o malos, los efectos de un gobierno transformador como el de Bachelet solo se van a notar en el mediano plazo.

Ella, en todo caso, estará pendiente de lo que pase con su legado desde su despacho en Naciones Unidas, en Nueva York, donde la espera un cargo en una Junta Consultiva de Alto Nivel sobre Mediación.

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