Hay un recuerdo que se repite cuando Marcia Tambutti cuenta que es nieta del presidente chileno Salvador Allende, derrocado el 11 de septiembre de 1973:

"Me acuerdo del 11, porque es la única vez que he visto llorar a mis padres".

"Esa frase me la han dicho personas en distintas partes del mundo", le dice Tambutti a BBC News Mundo.

"También hay gente que me cuenta que vio La Moneda en llamas. O que fue a una manifestación por Chile", dice.

Allende se quitó la vida el mismo día de la intervención militar, dentro del palacio presidencial, que ardía por el bombardeo de la Aviación.

Este año se cumplen 45 años de esos eventos, que una vez más, serán recordados en distintas ceremonias. Pero la nieta tiene una inquietud especial:

"Esta vez me toca hablar a mí, y yo que soy una llorona, estoy preocupada de no echarme a llorar delante de todo el mundo".

"El 11", como se le dice en Chile, marca la historia y el presente del país.

Tambutti, de profesión bióloga, será una de las oradoras del acto que se realizará en el palacio donde funcionó el Congreso hasta 1973. El presidente Sebastián Piñera organizó una ceremonia íntima y de reflexión en la sede de gobierno.

Pasado y presente

La fecha marca no sólo la caída de Allende. También el inició de un régimen militar de 17 años, bajo el cual miles de chilenos y chilenas sufrieron violaciones a los derechos humanos.

Al menos 3 mil opositores políticos fueron asesinados según la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación establecida tras la recuperación de la democracia.

Aquellos cuyos restos nunca fueron encontrados, se convirtieron en "desaparecidos". Sus familiares aún esperan que las Fuerzas Armadas entreguen detalles de su paradero.

Así como "el 11" impactó a generaciones en Chile, también marcó la vida de la nieta. Marcia Tambutti partió al exilio horas después del golpe, con dos años de edad.

México acogió a su madre, Isabel, y a su tía Carmen Paz, dos de las tres hijas de Allende además de su viuda, la fallecida Hortensia Bussi. Otros países latinoamericanos, como Cuba o Venezuela, también recibieron a miles de chilenos en el exilio.

"Es una fecha que nos duele, pero al mismo tiempo es una fecha exigente, porque como familia no dejamos de tener que hacer actividades para reivindicar la memoria", le dice a BBC Mundo.

"Hay un deber ser para nosotros en este día. Es natural, es lo que nos tocó. Pero en medio de ese tremendo dolor, que es también por lo que pasó al país, yo siento orgullo por mi abuelo, que fue consecuente, que es admirado. Es un día de emociones cruzadas", dice.

Político "moderno"

Tambutti vive en Chile desde el año 2007, y todavía conserva un suave acento mexicano. En el país donde creció, igual que en otras partes, el apellido Allende se convirtió en símbolo de las ideas políticas que en los 70 desafiaban el tradición orden social latinoamericano y la hegemonía que Estados Unidos buscaba ejercer en Latinoamérica en plena "Guerra Fría".

En los discursos de su abuelo, sin embargo, Tambutti no lee las proclamas de hace cuatro décadas, sino parte de las ideas del siglo XXI.

"No siempre, pero a veces en sus discursos me encuentro con frases de él de una modernidad y una vigencia que me llaman la atención? Él decía que la democracia no se delega, que se tiene que vivir; que las personas se tienen que involucrar en ella incluso en sus gestos más cotidianos. Que la comunidad tiene que involucrarse a partir de sus distintas realidades: trabajadores, profesionales, maestros. Y esa es una idea muy vinculada al concepto actual de democratización".

Marcia Tambutti dice que su abuelo era "más moderno de lo que yo pensaba".

"A mí me ha emocionado mucho ver que, cuando en la ONU más de 150 países firman que nadie tiene que quedar atrás, que hay que disminuir la desigualdad, hacer cosas para que nadie muera de hambre, para disminuir las vulnerabilidades, están proponiendo las mismas cosas que decía mi abuelo".

Hoy, Allende "estaría liderando proyectos democráticos que buscaran la equidad", dice su nieta.

El señor de los discursos

El año 2015, Tambutti ganó la sección documental del Festival de Cannes con el documental "Allende mi abuelo Allende", donde describe su regreso al país y los silencios y elipsis con los que la familia lidió con el trauma personal y político del golpe.

En varias escenas del filme, la realizadora comparte con sus tías y primas las imágenes personales y más íntimas del fallecido político, fotografías que habían sido desplazadas incluso del registro familiar por las numerosas imágenes históricas y públicas de Allende.

"Del documental nos quedó esto de compartir imágenes", dice. "Somos una familia pequeña, yo, mi mamá, mi tía y mis primos. En el chat familiar vamos compartiendo las fotos que van apareciendo, nos reímos, nos asombramos".

Así, Tambutti se ha ido reencontrando con un retrato menos político, menos grave de su abuelo.

"Lo he visto en imágenes con una sonrisa impresionante, cargando una guagua en brazos que no sé bien quién es, en la playa donde pasaba las vacaciones con mi abuela... en la nieve, con un traje de sky a cuadritos... lo he visto corriendo en filmaciones antiguas, riéndose de sus ganas de salir en la foto?."

"Ese lado juguetón, que sé que existe, que es distinto, es lo contrario al señor que está siempre dando un discurso", describe.

¿Más amor que odio?

El gobierno de Allende terminó en medio de un clima de intensa polarización política. Una "nación de enemigos", como describe uno de los libros que analizan el quiebre democrático en el país sudamericano.

En medio de la hostilidad estadounidense, la férrea oposición de gremios poderosos como el del transporte de carga, la división política, la reforma agraria, las expropiaciones y el shock del acelerado proceso de reformas, el país quedó expuesto a la inflación, el racionamiento, el desorden y la escasez.

A ese entorno apelan los partidos más de derecha en la coalición de gobierno de Sebastián Piñera que hablan de no dejar a un lado el "contexto" de los días previos a la asonada militar.

"Yo sé que el país estaba polarizado, pero no al punto al que se ha caricaturizado", retruca Tambutti.

"Las cosas que se hicieron bajo el gobierno de mi abuelo buscaban disminuir la desigualdad, buscar la democratización de la economía; que la gente pudiera tener techo, comprar, comer. Yo no lo veo como una historia de odio, sino más bien como una historia de amor. Lo que mi abuelo llamaba 'la sana alegría'. Y eso es algo que nos debería interpelar ahora, cuando vivimos en un individualismo rampante".

La figura de Allende genera todavía intensas reacciones en la opinión pública chilena. Sus opositores todavía afirman que llevó a Chile "al borde del caos". Sus admiradores creen que fue una figura heroica y que su gobierno fue boicoteado por los sectores que vieron amenazado su poder.

Tambutti preside la Fundación Salvador Allende y ha recogido el testimonio de personas que recuerdan el gobierno de la Unidad Popular, como se llamaba la coalición de partidos de izquierda que en 1970 hizo historia al conseguir los votos necesarios para llevar a su abuelo al poder.

"Son personas de distintas edades, géneros, trabajos, que recuerdan lo que hicieron, dónde participaron. Personas que cuentan cómo cambió su vida, cómo recibieron por primera vez un litro de leche, o que por fin podían opinar", describe Tambutti.

"Eso no es una historia de odio", concluye.

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