"Paraguay no es un país subdesarrollado, es un país en vías de extinción", me dijo Miguel Ángel Gómez, un albañil que tomaba tereré con su hermano Pablo en una apacible mañana de domingo en Asunción.

Yo venía de preguntarle, quizá con algo de ironía, cómo era posible que se fuera la luz en pleno centro de la capital en un país que cuenta con dos de las generadoras de energía más grandes del mundo.

"Es lo que pasa cuando vienes a Paraguay", insistían.

Los hermanos Gómez, hospitalarios como tantos guaraníes, me invitaron a beber de ese té de hierbas que acá consumen como si fuera una medicina para la vida, un antídoto para el infortunio.

Hablamos de la pobreza, la desigualdad y la exclusión que azotan a este país desde su independencia, hace dos siglos.

Pero, como a muchos de los paraguayos con los que he hablado, ningún tema les preocupaba tanto como la ilegalidad.

"Somos un hoyo negro", dijo Miguel Ángel, en una frase y una actitud que se repite en cada una de las entrevistas que hago. Con periodistas, historiadores, políticos, ciudadanos.

Gómez se refería a que Paraguay es un paraíso para la corrupción, el clientelismo y la opacidad, pero su frase me hizo pensar en la definición científica del fenómeno físico: un lugar invisible que extingue todo lo que pase por ahí.

Porque en el resto de América Latina, y ni hablar en el mundo, Paraguay parece estar borrado del mapa.

El pesimismo que deja la historia

"Es una isla rodeada de tierra", dijo el escritor más importante del país, Augusto Roa Bastos. El mismo que sentenció que "el infortunio se ha enamorado del Paraguay".

El misterio paraguayo es producto de una historia totalmente diferente a la de cualquier país de la región. Este fue siempre, aún hoy, un lugar de paso. Y la vigencia del idioma nativo, que lo hablan casi todos los paraguayos, da con realidades y prácticas muy únicas, complejas, indescifrables.

Si los paraguayos no se han descifrado a sí mismos, mucho menos podemos hacerlo los extranjeros, que quedamos atónitos ante la pregunta de qué pasa en este país.

Paraguay, por supuesto, no está en vías de extinción. El pesimismo de Miguel Ángel, quizá exagerado y jocoso, puede contrastar con la euforia de los paraguayos que se ven en los restaurantes, centros comerciales y apartamentos de lujo. El país vive una especie de milagro económico que puede sentar las bases para salir del subdesarrollo.

Pero incluso en este momento, entre un 60% y 70% de la gente dice que van por mal camino, según varias encuestas.

Lo que pasa hoy

Este domingo, los paraguayos votan por un nuevo presidente en unas elecciones que no han despertado la pasión habitual entre la gente.

Mario Abdo, del oficialista y todopoderoso Partido Colorado, se enfrenta a Efraín Alegre, que lidera una coalición opositora.

Pocos creen, dicen las encuestas, en la derrota de los colorados. Pocos ven que Paraguay vaya a cambiar.

Porque desde que el país se independizó en 1811 este presunto destino infortunado parece haber copado el tiempo y la mente de los paraguayos.

"Os pesa la memoria del desastre sin nombre", escribió el español Rafael Barrett en su devastadora crónica "El dolor paraguayo", de 1909. "Es que habéis sido engendrados por vientres estremecidos de horror".

Ni siquiera Fernando Lugo, presidente de 2008 a 2013, un obispo y outsider que generó esperanza de cambio e irrumpió en los oxidados campos de la política, pudo cambiar de fondo al país y, por el contrario, se convirtió para muchos en una gran decepción.

Paraguay hoy goza de buenos números macroeconómicos: crecimiento sostenido, bajo déficit fiscal, tipo de cambio estable, inversión extranjera y una política económica basada en consensos que ya parece inmune a las voluntades de cada gobernante.

Sin embargo, el Foro Económico Mundial dice que los sistemas de educación y justicia están entre los peores del mundo, el índice de corrupción de Transparencia Internacional pone al país tan bajo como a Rusia y Guatemala, y el Instituto de Basilea sobre Gobernanza lo califica como uno de los 15 lugares con mayor riesgo para el lavado de activos y el financiamiento del terrorismo.

La pobreza es del 26%, entre las más altas de la región; la deserción escolar es rampante, los accidentes automovilísticos son moneda corriente y la infraestructura es deficiente y limitada.

Nada de esto es cuestión de ahora. Algunos incluso hablan de la actualidad como el mejor momento en 200 años.

"Por primera vez estamos viendo hacia fuera, y con buenos ojos", me dijo Lea Giménez, actual ministra de Hacienda.

"Antes éramos tímidos, veíamos con desconfianza hacia el exterior, pero ahora hemos mostrado una cara renovada, trasparente, que no solo está cambiando la economía, sino nuestra cultura de vernos por debajo de los demás", aseguró.

Lo que pasó antes

Es sorprendente ver cómo los paraguayos citan su historia, quizá la más singular de América Latina, en cada una de sus conversaciones. Porque en ella encuentran la causa de sus problemas actuales.

Durante la Colonia, los españoles no impusieron su modelo como en el resto de la región. En lugar de choque, se dio una amalgama social y cultural que, entre otras cosas, permitió la permanencia del idioma guaraní.

Hoy la gente habla casi siempre en guaraní, pero en la política, en los medios y en la escuela se usa el español.

"El guaraní es el idioma de nuestros sentimientos, un motivo de escape a esa realidad y de las instituciones occidentales que nos impusieron", me dijo Sebastián Acha, director de una fundación, Pro Desarrollo, que promueve un cambio cultural.

"Los paraguayos sabemos lo que no somos, pero no sabemos todavía bien qué es lo que somos. No hemos resuelto nuestra identidad", aseguró.

Tras la independencia, entre 1864 y 1870, la mitad de la población paraguaya fue exterminada por sus vecinos: Argentina, Uruguay y Brasil. Los que sobrevivieron, sobre todo mujeres y niños, quedaron a merced de sus codiciosos vecinos.

La Guerra de la Triple Alianza está hoy fresca en la memoria de los paraguayos, en parte porque muchos sienten insuperado el complejo de hermano menor.

Guerras, golpes de Estado, corrupción y nuevas invasiones marcaron la vida de este país desde entonces.

Y en 1954, arrancó uno de los gobiernos de facto más largos que vivió América Latina: el régimen militar de Alfredo Stroessner, que duró 35 años y para muchos entregó el país ?entre eso la producción energética por 50 años de la hidroeléctrica de Itaipú? a los brasileños.

Hoy Paraguay, todavía dependiente de sus vecinos, no ha terminado su transición democrática. Incluso algunos ven en la potencial victoria de Abdo, hijo del secretario privado de Stroessner, una reanimación de los vejámenes autoritarios.

Complejo de hermano menor

"Paraguay nunca ha sido libre", me dijo Benjamín Fernández Boado, un reconocido periodista, filósofo y escritor. "La única experiencia de independencia fue durante el gobierno de (José Gaspar) Rodríguez de Francia (1814-1840), ese que se declaró Dictador Perpetuo y cerró el país, tipo Corea del Norte".

"Claro que hay una larga tradición aislacionista, de mirar el mundo con desdén, de creer que el mundo es hostil, porque cuando abrimos el país terminamos en un genocidio", aseguró.

"Somos un misterio que no quiere ser develado por ninguna de las dos partes, ni por nosotros ni por los extranjeros".

"Nadie entra a un zaguán buscando entender", concluyó Fernández, en referencia a la hostil, selvática y aislada geografía del país.

"Es que la desconfianza, el miedo y la sumisión inerte pesan en vuestra carne", escribía el español Barret.

El paraguayo nunca terminó de saber si era guaraní o español. Si dependía de Argentina, Brasil o de sus gobernantes autoritarios y corruptos.

Por eso Miguel Ángel Gómez, el albañil con el que tomé tereré en el centro de Asunción, les enseña a sus hijos que deben mirar para abajo cuando hablan español.

"Porque no se pueden equivocar, porque cuando se equivocan hablando español les va mal".

"¿Se ponen en peligro, los pueden extinguir?", le pregunté. Y respondió afirmativamente con una carcajada.

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