El sacerdote Hilmar Örn Hilmarsson hurga dentro de su albornoz de lana azul y saca de allí dos latas de cerveza islandesa.

-¿Cerveza?- pregunta.

Me pasa una de las bebidas tibias, que explota de espuma apenas la abro. "Skál", dice el sacerdote con un brillo malicioso en sus ojos azules.

"Skál", repito mientras comenzamos a beber.

Esta no fue la primera sesión de tragos del día. Antes, Hilmarsson había llenado un cuerno de toro con cerveza y lo había repartido entre las personas de su congregación: un grupo de personajes variopintos, algunos de los cuales lucían como si fueran extras de una escena de la serie "Juego de Tronos". Otros, como si acabaran de salir de un concierto de metal pesado.

La mayoría, en todo caso, iba vestido con las ropas de cualquier islandés que se precie equipado para un día ventoso.

La congregación, que apenas comprende a una docena de almas incluyendo a un budista y un hindú, se reunió cerca de una playa de arena en las afueras de la capital, Reykjavík, muy cerca del aeropuerto local, para celebrar el primer día del verano islandés.

Sus remotos orígenes

Era el 25 de abril. Estaba fresco y posiblemente cayera algo de lluvia.

El "blót", como se conoce a la ceremonia de cambio de estación, comienza con una pequeña fogata, que se mueve con el viento mientras la congregación escucha un antiguo poema y comparte el cuerno de toro lleno de cerveza en honor a los dioses nórdicos.

Me dijeron que en el resto de la isla también se celebraban ese día ceremonias parecidas.

Este "blót" había sido organizado por Asociación Ásatrú de Islandia, un grupo de creencias paganas que es actualmente una de las religiones de mayor crecimiento en el país: ha cuadriplicado sus miembros en una década.

Pasó de tener 1.275 miembros en 2009 a 4.473 en 2018.

Hilmarsson es el líder de esta congregación. Un hombre cálido y carismático, de unos 60 años, que luce con elegancia su cabello encanecido, su barba blanca y un bigote manchado por la nicotina.

Hilmarsson fue elegido como el sacerdote supremo en 2003 y, según él mismo dice entre risas, fue "lo suficientemente estúpido para decir sí".

También trabaja como músico y ha colaborado con algunos de los más reconocidos artistas de Islandia, incluido Björk y Sigur Rós.

"El sacerdote supremo y el compositor van de la mano. Hay una búsqueda de armonía en ambos", me explica mientras echa humo del cigarrillo que le cuelga de la boca.

La Asociación Ásatrú es difícil de definir como una fe o religión, porque no adhiere a una creencia fija. "Decir que se basa en la suspensión del descreimiento es lo más preciso", señala Hilmarsson.

Sin embargo, el grupo abraza el folclor local y en las reuniones normalmente se recitan las Sagas de Islandia, un canon literario que se escribió en el siglo XIII pero que se basa en relatos fantásticos de amor, muerte y heroísmo que datan del siglo IX.

"La gente en el año 950 no tenía mucho que hacer, así que todos se reunían alrededor de las fogatas y contaban historias", le dijo a la BBC Haukur Bragason, un joven sacerdote de Ásatrú que participaba en el "blót".

"Era el Netflix de aquellos tiempos".

Fiestas

La fe de Ásatrú también celebra la mitología nórdica y su panteón de deidades moralmente ambiguas -dioses como Odin, Thor o Loki-, que visitaron Islandia durante la era vikinga, cuando la isla fue habitada por granjeros noruegos que buscaban nuevas pasturas.

Esas deidades fueron adoradas en esta tierra de "fuego y hielo" hasta el año 1000, cuando -bajo la presión de la corona noruega- el país abandonó el paganismo y abrazó la cristiandad.

Pero en 1972, un grupo de artistas, liderados por el poeta y granjero Sveinbjörn Beinteinsson, planeó un relanzamiento de aquella vieja fe pagana.

Después de varias reuniones en las cafeterías de la capital, el grupo de entusiastas estableció la Asociación Ásatrú y, al año siguiente, logró que el gobierno de Islandia la reconociera como una religión oficial.

Pero mientras el ministro de Justicia y Asuntos Eclesiásticos, Ólafur Jóhannesson, consideraba la petición, una poderosa tormenta golpeó Reykjavík.

"Un rayo impactó en la estación de energía y, como consecuencia, se produjo un apagón", explica Hilmarsson.

"La gente pensó que era Thor mostrando su poder, así que el ministro concedió".

Una nueva fe había nacido.

Las bases

Aunque Ásatrú no tiene una doctrina como tal, sí promueve el comportamiento virtuoso.

"Se trata de ser honesto, tolerante y correcto. Respetar la naturaleza también es importante. Tienes que asegurarte que vives en armonía con la naturaleza", señala.

Desde sus orígenes, la asociación ha estado preocupada por el medio ambiente.

"Beinteinsson se interesaba en los temas de ecología antes de que fuera un concepto familiar", explicó Hilmarsson, quien señala que la preocupación por el cambio climático y la pérdida de biodiversidad está atrayendo más gente a su fe.

"Creo que es una reacción saludable ante lo que está pasando en el mundo", indica.

Pocas veces Ásatrú se mete en política, pero ha habido algunas excepciones. La más notable fue el apoyo a la legalización de los matrimonios entre personas del mismo sexo (legales en Islandia desde 2010) y el rechazo al plan de construcción de algunas represas hidroeléctricas, que de todas maneras fueron creadas pese a los cuestionamientos ambientales.

La asociación también apoya el esquema de reforestación de algunas partes del país, por el que se plantan unos tres millones de árboles cada año no solo por su beneficio ecológico sino también para la industria maderera.

Algunos de los primeros árboles sembrados como parte de este esquema han sido utilizados para construir el techo del hof, el templo sede de la Asociación, que se está levantando en las afueras de la capital.

"Será el primer edificio hecho con madera islandesa. Recién en los últimos años hemos logrado que crezcan árboles lo suficientemente grandes como para la construcción", explica Hillmarsson.

El primero en 1.000 años

Además, el hof será el primer templo pagano que se construya en el país en más de mil años y será utilizado principalmente para bodas, funerales y ceremonias de nombramiento o "bautizos", que actualmente se realizan solo al aire libre.

El edificio, que se levanta bajo tierra, está parcialmente excavado en las rocas y el camino hacia su interior "simboliza el viaje hacia el inframundo".

El hof ha sido financiado en parte por los contribuyentes islandeses, quienes pagan al gobierno un impuesto a la religión que después es distribuido entre las religiones oficialmente aceptadas en el país.

La construcción del templo ha estado marcada por las demoras, pero Hillmarsson espera que cuando esté terminado -tal vez este año- no solo atraerá a los locales sino también a los turistas, que según dice han mostrado un interés creciente en la fe Ásatrú.

"Algunos sábados hacemos una jornada 'de puertas abiertas', publicamos cosas en Facebook y en ocasiones, sobre todo en el verano, tenemos más extranjeros que locales", explica.

"La hospitalidad es uno de nuestros principios y damos siempre la bienvenida a todos los que quieran venir", añade.

Seis fiestas al año

Las reuniones a puertas abiertas usualmente involucran sentarse en un círculo, beber té, comer tortas y participar en la charla. Durante el invierno también se dan clases sobre creatividad, ecología y ética.

Pero son los "blóts" los que ofrecen tal vez la experiencia más vívida de la fe Ásatrú.

Se realizan seis veces por año. Los cuatro principales -Sigurblót, Þingblót, Haustblót y Jólablót- tienen lugar en abril, junio, octubre y diciembre, respectivamente.

Y los dos restantes, Þorrablót y Vættablót, se realizan en febrero y en diciembre.

"Þorrablót es una fiesta para emborracharse y celebrar que se logró sobrevivir el invierno", anota Hilmarsson.

"Y el Vættablót lo comenzamos después de la crisis financiera del 2008. El país estaba muy golpeado y quisimos crear un evento social que alegrara a la gente un poco e impulsara una búsqueda de nuestra alma de forma colectiva".

La celebración que estaba presenciando yo era el Sigurblót y, después de la ceremonia, la congregación se dirigió a la playa para un festín.

Yo esperaba que la comida fuera de puras "delicias" tradicionales como tiburón fermentado y testículos de carnero, pero en cambio me encontré con perros calientes, cerveza y algodones de azúcar. La comida tradicional se come en el Þorrablót, me explicó el sacerdote.

"Esa es la fiesta en que la gente come esos platos horribles. Yo soy vegano", dice, como dando las gracias por ello.

"Todos cabemos"

Durante la fiesta, intento averiguar qué es lo que atrae a las personas a esta religión.

Para algunos es la sensación de inclusión y comunidad. "Estoy conociendo a muchas personas aquí, gente muy buena", dice Ásdís Elvarsdóttir, una de las asistentes.

"Todo el mundo es bienvenido. No te tienes que preocupar por si eres la persona más extraña en el grupo", agrega.

Haciéndose eco de sus sentimientos está Alda Vala, a quien encuentro encaramada en un banco, con varios tejidos de lana encima. Vala ha sido sacerdote de Ásatrú durante cuatro años y se sintió atraída hacia esta fe por su carácter abierto.

"Aceptamos a todos sin importar el género, la raza o la religión", señala, lo que me recuerda a los dos invitados para la ocasión, un budista y un hindú a quienes que me habían presentado antes.

"Hermanos", los describió Hilmarsson. "No hay reglas, solo tienes que ser tú mismo".

Para Bragason, el sacerdote prolijo y acicalado, la fe de Ásatrú consiste en hacer conexiones con las personas y la naturaleza a través de las historias.

"Tiendo a ver esto como un club de lectura acogedor", dice, envuelto elegantemente en una chaqueta acolchada y una bufanda estampada. "Porque de eso se trata todo esto, de contar historias".

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