Cuando era niño, mi abuelo Alfred Downes hablaba a menudo sobre el viaje de 128 días que realizó en 1949 a bordo del Pamir.

El célebre navío de cuatro mástiles navegaba desde Port Elizabeth en Adelaide, Australia, hasta la ciudad de Falmouth en Cornwall, Inglaterra, con 60.000 sacos de grano australiano a bordo.

Fue el último viaje que hizo la embarcación a través de los mares tempestuosos del pasaje de Drake, y también la última vez que un barco comercial navegó alrededor del cabo de Hornos en el sur de Chile.

Para conmemorar el 70 aniversario del viaje de mi abuelo abordé el crucero de la expedición Ventus Australis en la ciudad chilena de Punta Arenas.

Siempre quise ver algunos de los paisajes de los que hablaba mi abuelo.

Mi travesía coincidía además con el 500 aniversario del descubrimiento de la ruta marítima del estrecho de Magallanes, el principal paso entre los océanos Pacífico y Atlántico en el extremo austral del continente americano.

Aunque era imposible replicar su odisea de cuatro meses, mi excursión de cuatro noches me permitió revivir el espíritu de su aventura, llevándome por los estrechos fiordos por los que navegó, y luego al sur, hasta el clímax de su viaje: el peligroso cabo de Hornos que se quedó grabado en su memoria.

Mi abuelo se fue de Australia cuando tenía 20 años en el Pamir y nunca regresó a casa.

Su relación con su padre no era buena.

Mi bisabuelo quería que se casara con una niña de su ciudad natal en los suburbios de Adelaide y trabajara en la granja familiar, pero él quería comenzar una nueva vida en Inglaterra.

Era un país del que sabía poco, pero como estudiante siempre le había fascinado su historia.

Así, cuando la oportunidad de unirse al Pamir se presentó gracias a un amigo de la familia, mi abuelo aceptó rápidamente y abordó el barco tres días después junto con otros 33 miembros de la tripulación.

Trabajaba turnos de 18 horas y pasaba los días limpiando y trapeando la cubierta, ayudando en la cocina y vaciando los inodoros.

Odiaba tanto el trabajo que, mientras otros miembros de la tripulación se apuntaban para el viaje de regreso de 128 días a Australia, desembarcó y se dirigió directamente a la ciudad de Wymondham, en Norfolk.

Había escuchado rumores de que había oportunidades para los agricultores en la campiña vecina y vivió allí durante 54 años, hasta que murió en 2003.

El recuerdo del estrecho

De todo el viaje, lo único que le gustó a mi abuelo fue poder ver el remoto archipiélago de Tierra del Fuego, que alberga el estrecho de Magallanes, sentir al aire antártico llenarle los pulmones y a la brisa helada soplar sobre su rostro.

"Era como en ningún otro lugar de la Tierra y muy distante de mi vida trabajando en la granja seca y árida de mi padre", me contó con una mirada de asombro todavía en los ojos, cuando yo era un niño de 10 años.

"Ni una sola cosa me recordaba a casa. Me sentí perdido y asustado, pero libre", me dijo entonces.

Setenta años después, llegué a Punta Arenas y recorrí la plaza principal de la ciudad, la de Armas.

Ahí, una estatua de bronce de Fernando de Magallanes ?el primer europeo en navegar por el estrecho que hoy lleva su nombre, en 1520, durante su viaje alrededor del globo? se eleva sobre un cañón.

El explorador portugués navegó muy cerca de la ciudad actual, ubicada cerca del tramo más meridional de la Patagonia chilena.

Y, como demuestra la decoloración de sus botas de bronce, las personas que se embarcan en los cruceros que pasan por el estrecho ahora consideran que tocarle los dedos de los pies antes de seguir sus pasos da buena suerte.

Durante casi 400 años, el estrecho de Magallanes fue la principal ruta de los barcos que viajaban entre los océanos Atlántico y Pacífico.

A pesar de estar salpicado de numerosas islas y fiordos, el estrecho paso de 600 kilómetros era considerado una ruta más rápida y segura que rodear al cabo de Hornos para luego pasar por el turbulento paso de Drake, que separa al cabo de las islas Shetland del Sur, en la Antártica.

La finalización del canal de Panamá en 1914 hizo que el tráfico marítimo a través del estrecho disminuyera significativamente.

Pero debido a los 114 metros de longitud y 14 de la viga del Pamir, la gigantesca barca de acero resultaba demasiado grande para navegar a través del sinuoso estrecho, así que mi abuelo no tuvo más remedio que bordear el estrecho y las islas de Tierra del Fuego para luego rodear el cabo de Hornos.

Yo me bebía un pisco sour cuando la tripulación del Ventus Australis se detuvo en Punta Arenas.

No me engañaba sobre la diferencia entre mi experiencia y la de mi abuelo: si en su tiempo para un marinero navegar 26.000 km a través de algunos de los mares más tormentosos del mundo era como escalar el Everest, mi crucero fue como escalarlo en los hombros de un sherpa.

Aún así, las luces de Punta Arenas se desvanecieron cuando entramos en los canales laberínticos del estrecho.

El cielo pronto se volvió negro y todo lo que pude sentir fue el movimiento de la nave sobre las olas.

Mi abuelo había hablado de largas noches de oscuridad y soledad en mar abierto.

Le había resultado difícil dejar a su madre y sus hermanas atrás, pero nunca cuestionó su decisión de comenzar una nueva vida, en una nueva tierra, en sus propios términos.

Un lugar mágico

Temprano a la mañana siguiente, abordé una pequeña lancha inflable que me llevó hasta las orillas rocosas de la bahía de Ainsworth.

El largo fiordo está rodeado por un bosque subpolar y se encuentra debajo de los picos blancos del glaciar Marinelli.

Cuando nos acercamos a los casquetes de hielo, me sorprendió la belleza del lugar.

El sol se reflejó en el glaciar y el mar era tan claro que podría haberse confundido con agua potable.

Pasé dos horas caminando por la cresta de un largo glaciar, pasando por arroyos de color turquesa y cascadas.

El mero silencio del lugar era mágico.

Mi abuelo recordaba a menudo ese silencio, un fenómeno que describía como "El momento de la Patagonia".

De niño, esta noción me había sido difícil de entender, pero como adulto, me encantó.

Cada vez que lo interrumpía y mi abuelo quería que me callara, me miraba con severidad y me decía: "Ya es hora de que experimentes el momento de la Patagonia. Solo cállate".

En la bahía de Ainsworth por primera vez en mi vida experimenté un completo silencio, y no pude evitar pensar en él.

Más tarde saltamos de nuevo a la lancha y viajamos a través de mares mucho más agitados para observar a los pingüinos de Magallanes en los islotes de Tuckers.

Mi abuelo recordaba los que vio desde la cubierta del Pamir, como "cosas malolientes y de aspecto divertido" y, a menudo, hacía bromas sobre comerlos.

Los 4.000 pingüinos que habitan en Tuckers hoy parecían bastante contentos.

Yo sonreí mientras los miraba jugar preguntándome si eran los parientes lejanos de aquellos que mi abuelo había visto hacía 70 años.

A la mañana siguiente, a medida que nos acercábamos al glaciar Pia y al espectacular Paseo de los Glaciares, volví a recordarlo hablando con entusiasmo sobre un dramático tramo de agua en medio de las islas de Tierra del Fuego, lleno de "enormes trozos de hielo entre montañas".

Fue mucho después que aprendió que estas formaciones tenían un nombre: glaciares.

Y recordaba que cada vez que el Pamir pasaba uno de estos "trozos de hielo", la tripulación dejaba de hacer lo que estaba haciendo para disfrutas de la espectacular escena.

Debió parecerles de otro mundo.

"¡Era el sitio más asombroso!", me dijo una mañana de Navidad, mientras miraba por la ventana de mi habitación un carámbano que colgaba.

"Nunca había visto un glaciar antes. No los tuvimos en Adelaide", me explicaba.

Congelado en la esquina noroeste del canal Beagle, el glaciar Pia fue una vez un trozo de hielo de 14 kilómetros cuadrados que ahora se ha reducido a unos 7.

Pasé horas sentado a bordo observando un glaciar tras otro, tal como lo hacía él en la cubierta con una bebida en una mano para mantenerse caliente y un cigarrillo en la otra mientras inhalaba aire frío.

La ruta más peligrosa

Mientras nuestro barco navegaba alrededor de trozos de hielo flotantes, una pequeña manada de delfines apareció a nuestro lado.

Más tarde, vi una ballena, a solo 20 metros de la nave, rociando un metro de agua en el aire como un géiser en explosión.

Al final del Paseo de los Glaciares viramos hacia el sureste y nos dirigimos hacia lo más destacado del viaje de mi abuelo y del mío propio: el cabo de Hornos.

El Pamir tuvo que acercarse a este promontorio rocoso desafiando el pasaje de Drake, cuyos frecuentes vientos huracanados y oleadas de 10 pisos de altura han provocado que cientos de barcos se hundan, e inspiraron a Charles Darwin, Herman Melville y Jules Verne a escribir sobre su furia.

Me di cuenta de que nos estábamos acercando cuando me desperté bruscamente a las 04:30 am porque el barco comenzó a mecerse en las grandes olas.

Incluso si se viaja en un crucero, las aguas que rodean el pasaje de Drake siguen siendo consideradas como una de las rutas marítimas más peligrosas del mundo.

Luché por entrar a la ducha cuando el barco prácticamente planeaba, y un fuerte golpe en las costillas me ayudó a despertarme.

Debido a las condiciones climáticas erráticas de la zona, muchos cruceros no pueden atracar en cabo de Hornos.

Cuando el viento se calmó lo suficiente como para que llegáramos al Cabo en lancha, pude sentir como mi abuelo me sonreía.

La lluvia, el granizo y el viento azotaron mi cara cuando atracamos.

Subí las rocas hacia un faro, una pequeña capilla y una escultura gigante que conmemora a los miles de marineros que han muerto intentando "rodear el Cabo".

El Pamir no atracó ahí, pero mi abuelo nunca olvidó la roca "de aspecto malvado" que lo miraba.

"Muchos habían muerto allí antes que yo, haciendo exactamente lo que estaba haciendo", me dijo una vez.

"Tenía ganas de alejarme del cabo de Hornos lo más rápido posible, y no tenía intención de volver jamás".

Ahora, aquí estaba yo, mirando fijamente el paisaje irregular que había inspirado a mi abuelo a seguir navegando, seguir viviendo y nunca mirar atrás.

Me pregunté qué habría pensado él de mi intento de seguir su estela.

Salté a la lancha, dejando que el viento me empujara hacia adelante.

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