El siguiente relato es un testimonio en primera persona sobre cómo es vivir con el trastorno de desrealización-despersonalización, una condición que hace que algunas personas puedan sentir que se observan a ellos mismos como si estuvieran fuera de su cuerpo de forma persistente o repetitiva.

También suelen percibir que la realidad o las cosas que los rodean no son reales.

Hay mucha gente que puede llegar a tener un episodio de desrealización (o despersonalización) en algún momento de su vida, pero en algunos casos esta sensación no desaparece nunca del todo, afectando al desarrollo de una vida normal.

*Fuente: Clínica Mayo.


Esta es la historia de Shaun O Connor, director y editor de cine que sufrió su primer episodio de desrealización hace una década y que ha relatado su experiencia a Poorna Bell, de BBC Three.


Tenía 25 años cuando tuve mi primer episodio de trastorno de despersonalización.

Estaba solo en casa de mis padres, viendo la televisión y comenzó de la nada. De repente, tuve un intenso ataque de pánico. Sentí como si las paredes se estuvieran cerrando. Me miré las manos, pero era como si no me pertenecieran. Incluso después de haber logrado calmarme, seguí sintiéndome muy agitado y confuso.

Era como si me encontrara fuera de mi cuerpo, sintiendo como si la realidad se estuviera descomponiendo.

Hasta ese momento, nunca había tenido problemas serios con mi salud mental.

Claro que me preocupaba por las cosas normales, como mi carrera como músico profesional y las relaciones personales, pero siempre había conseguido apartar cualquier pensamiento excesivamente negativo.

La única sensación parecida al ataque de pánico que había experimentado fue una vez que fui a Ámsterdam y fumé un cigarro de cannabis que resultó ser más fuerte de lo que esperaba. Me costó que se me pasaran los efectos.

Así que cuando tuve ese episodio en casa de mis padres, me fui a la cama convencido de que esa extraña sensación se iría en algún momento. Pero no fue así.

Ver un cuerpo que no es el tuyo

Al día siguiente por la mañana seguía ahí, como si me estuviera mirando a través del cristal. Tomé un baño, pensando que ayudaría, pero nada. Todo seguía igual.

Bajé a desayunar, saludé a mis padres y traté de actuar con normalidad. Me oí hablar a mí mismo, pero sonaba a la voz de otra persona.

Era como si me hubiera desconectado de todo y de todos.

Al día siguiente, tuve que hacer un viaje de 90 minutos en autobús de regreso a Cork, en el suroeste de Irlanda, donde vivía.

Recuerdo estar en el autobús y sentirme aterrorizado. Estaba sentado en el asiento de una ventana y me sentí abrumado por la inmensidad del paisaje en el exterior. Y, sin embargo, al mismo tiempo, nada de eso parecía real. Era como estar atrapado en una pesadilla.

No lo sabía en ese momento, pero lo que estaba experimentando coincidía con los síntomas del trastorno de despersonalización.

Desencadenantes

Desde el punto de vista científico, es un trastorno dentro del espectro de ansiedad.

Generalmente comienza con un ataque de pánico y puede ser un síntoma de otras condiciones mentales más graves.

Se convierte en un trastorno cuando el mundo que te rodea parece irreal y distante de forma constante y cuando eres incapaz de sentir emociones.

El trastorno de despersonalización es distinto de la psicosis o la esquizofrenia. Los pacientes no experimentan delirios, como pensar que están en una realidad alternativa, ni alucinaciones, como ver cómo las personas u objetos cambian de forma.

Pero sí es una de las afecciones psiquiátricas más comunes pero también poco diagnosticadas. Y para los jóvenes, fumar cannabis puede ser un claro desencadenante.

Al principio, me esforcé mucho por poder superarlo, pero eso me frustraba y eso conllevaba todavía más ataques de pánico.

Me costaba comer y perdí 6 kilos en el primer mes.

Lo peor, para mí, siempre era la mañana, así que me pasaba la mitad del día en la cama con las cortinas echadas. Pasé de ser alguien a quien le encantaba hacer deporte, socializar y leer, a alguien incapaz de concentrarse en nada.

Fue horrible. Miraba a mi perro y ese animal me resultaba tan extraño que la sensación me abrumaba por completo.

A veces también miraba por la ventana, observaba el cielo, las nubes y me encontraba perdido pensando en la inmensidad del universo.

Ese tipo de pensamientos me aturdían cientos de veces al día.

Una sensación de desapego constante

Desde fuera, se me veía normal.

Podía hacer mi vida, ducharme y mirar la tele, pero esta sensación de desapego me invadía constantemente.

Sentí que había perdido la capacidad de disfrutar de cualquier cosa.

Después de un mes, fui al médico. Traté de explicarle que sentía que mi memoria y mi percepción del tiempo se estaban fragmentando. Pero hacerlo no fue fácil, y me preocupaba que lo que decía no tuviera ningún sentido.

El doctor escuchó y concluyó que lo que me ocurría es que estaba deprimido y con ansiedad.

Me aconsejó que hiciera ejercicio y me recetó benzodiacepinas. Pero nada parecía funcionar, y no saber lo que me estaba pasando me hizo todavía tener más ansiedad.

A esas alturas, mi vida ya se estaba rompiendo. Había cancelado todos mis conciertos, terminado con mi pareja y había vuelto a vivir en casa de mis padres.

Toqué fondo unos meses después de haberme mudado al hogar familiar. Un pariente se casaba en Escocia y la idea de subir a un avión me aterrorizó, pero, de alguna manera, lo logré.

Pero sentirme obligado a socializar durante todo un fin de semana completo fue demasiado.

Llegó un momento en el que tuve que irme a una habitación oscura para acostarme. En el avión de vuelta tuve un ataque de pánico muy fuerte. Honestamente, creí que la realidad tal y como la conocía se había hecho pedazos.

En la búsqueda de respuestas

Fue entonces cuando empecé a buscar en internet y encontré un artículo sobre el trastorno que, sin saberlo, sufría. De repente, todo tenía sentido.

Eso me llevó a foros donde contacté a personas que estaban pasando por lo mismo. Fue un alivio darse cuenta de que esto era un problema real y que no estaba solo.

Al principio, probé cosas como la meditación, los masajes y empecé a hacer mucho ejercicio para mejorar mis síntomas. Todo esto conseguía aliviarme brevemente, pero después los pensamientos negativos volvían más fuertes que nunca.

Finalmente, concerté una cita con un psicólogo, que confirmó que mis síntomas eran consistentes con el trastorno de despersonalización. Me dijo que la afección normalmente ocurría como una respuesta temporal a un trauma o ansiedad y que en su forma crónica era muy rara.

Me escuchó y mantuve algunas sesiones con él durante varios meses.

Fue útil, pero me dejó claro lo difícil que es encontrar a un profesional de la salud que esté familiarizado con esto como una condición crónica, incluso cuando parece que en internet hay una gran comunidad de pacientes.

Aceptación

Un año después, me di cuenta de que había comenzado a vivir mi vida en torno a la enfermedad. Aceptar eso realmente me ayudó a comenzar a construir una nueva realidad.

En lugar de tratar de averiguar constantemente por qué estaba mal, simplemente acepté que a veces mis pensamientos no tenían mucho sentido. Lentamente, las cosas empezaron a mejorar.

Comencé a trabajar y a tocar música en vivo otra vez. Volví a comer adecuadamente y a ganar peso.

Y, lo que es más importante, me di cuenta de que pasar tiempo en foros hablando sobre mi condición me hacía sentir peor, así que me tomé un descanso de las redes sociales.

De mi propia investigación descubrí que se piensa que el trastorno de despersonalización es en realidad un mecanismo de defensa del cerebro, diseñado para protegerte en situaciones traumáticas. Es parte de la respuesta de lucha o huida de tu cerebro.

Muchas personas lo experimentarán en algún momento u otro en su vida, aunque por lo general solo dura unos segundos o minutos. Pero se convierte en un problema si solo puedes pensar en eso e inicia un círculo vicioso de ansiedad.

Entendiendo esto, que mi trastorno realmente está ahí para proteger a mi cerebro, me ha ayudado con mi recuperación.

Si los sentimientos negativos regresan, en momentos de estrés extremo o de ansiedad, ahora trato de reconocerlos por lo que son.

Hoy en día, más de una década después, he conseguido recuperar mi vida.

Me he mudado de vuelta a Cork. Socializo, viajo y tengo una exitosa carrera como director de cinematografía.


 

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