Las espesas y alborotadas cejas y la profunda mirada azabache de Betsabé Espinal conquistaron a Ángela Becerra desde el momento en el que observó aquella fotografía de hace 100 años.

La imagen le hablaba de rebeldía, de una mujer adelantada a su época de la que apenas sabemos nada, excepto que fue hija de una madre soltera y que lideró la primera huelga feminista de Colombia.

Construir el relato de aquella joven de 23 años que se había convertido en una heroína ?y que caería en el olvido? era todo un desafío, pero a Becerra le pareció una oportunidad para dar rienda suelta al idealismo mágico de su pluma.

Se la imaginó escribiendo en su diario. Le regaló una amiga, una madre, un amor. La retrató ilusionada, deprimida, temerosa, feliz; con un carácter recio y humilde que dibuja con esmero en las páginas de su última novela, "Algún día, hoy" (2019), ganadora del XXIV Premio Fernando Lara.

"A nosotras nos tocó lo peor. Esa frase se la oí varias veces a mi mamá y estoy de acuerdo", escribe la joven en el diario que le inventa la escritora.

Basada en hechos reales, el libro de Becerra narra la historia de una hilandera de Bello, en el eje cafetero colombiano, que se convirtió en la líder sindical de 400 obreras que alborotaron las calles de Medellín en 1920.

Fue la primera vez que las mujeres en Colombia se organizaban para reclamar sus derechos laborales y la segunda en Latinoamérica (ocurrió antes en Brasil).

Sus gritos feministas desafiaron el estatus quo de la época, bajo el que resultaba inconcebible un paro de mujeres.

"No tenemos ahorros para sostener esta huelga, solo tenemos nuestro carácter, nuestro orgullo, nuestra voluntad, y nuestra energía", dijo Betsabé, según los recortes de prensa.

Las mujeres de la fábrica trabajaban durante largas jornadas laborales en precarias condiciones, descalzas, con salarios inferiores a los hombres y un sistema de multas que les obligaba a satisfacer los deseos sexuales de sus capataces.

Durante tres semanas, paralizaron la Compañía Antioqueña de Tejidos (la Fábrica de Tejidos de Bello), el primer gran imperio textil del país con maquinaria traída de Inglaterra.

El dueño del negocio, el adinerado accionista Emilio Restrepo, terminó cediendo a las demandas ?"no por convencimiento, sino por el qué dirán", explica Becerra? de aquellas obreras lideradas por una joven que tenía una fuerte determinación.

Al menos, así la retrató la novelista. Hablamos con ella antes de su participación en el Hay Festival de Cartagena, Colombia.


La historia de Betsabé Espinal es asombrosa, pero apenas hay datos. ¿Cómo se enteró de su historia y por qué decide contarla ahora?

La historia de Betsabé no me llegó en un momento en el que el feminismo estuviera en el punto álgido, como lo está ahora. Era una cosa que estaba adormecida, digamos.

Era el año 2013 y yo estaba empezando otra novela... pero las casualidades no existen y las historias siempre me han venido a buscar. Si siento que me mueven por dentro, que me tocan las entrañas, no puedo no escribirlas. Y eso fue lo que me pasó con Betsabé.

Un día que no me podía dormir, estando en Cartagena, me puse la televisión y me encontré con ella a las 2 am, en un documental.

Me pareció interesantísima, sobre todo por el magnetismo que tiene la imagen de esa niña y el trasfondo de la historia: una persona que ha luchado, que incomprensiblemente se ha quedado olvidada en el tiempo y que, además, con 23 años y una valentía tremenda, se enfrenta a todo lo establecido en una época muy dura para la mujer.

Y empecé una labor de justicia, de búsqueda, en donde me encontré con muy poca información, excepto de las tres semanas que duró la huelga, que se hizo visible ante los medios de comunicación.

El país experimentaba un socialismo incipiente que permitió que se crearan algunos sindicatos de poca fuerza pero muy novedosos y los periódicos dieron fe de todo ello. De eso había una información muy rica y detallada que me sirvió como embrión para empezar a construir la historia.

En el transcurso del trabajo de escritura hubo más voces que empezaron a hablar de feminismo, y todo cobró sentido. Al final, la novela se fue volviendo un imperativo categórico para mí.

Me decía a mí misma: tengo que llegar al final porque hoy Betsabé Espinal está más viva que nunca.

Me llama la atención cómo dibuja el personaje de Betsabé a partir de aquella fotografía en blanco y negro. Más de la mitad de la novela nos adentra en su vida, de la que apenas conocemos nada. ¿Qué hay de realidad y qué hay de ficción?

Cuando empiezas a escribir una novela y perfilar un personaje, el personaje acaba, de alguna forma, poseyéndote.

Yo solo tenía esa foto y siempre he sido, desde pequeña, una persona muy observadora y de intuir cosas, muy imaginativa.

Esta niña me transmite a mí un punto salvaje, de osadía, de rabia, de desafío, solo con la fotografía.

Y hago un perfil de ella: qué le gusta, qué no, cómo se enfrenta a las cosas, cómo debió de ser su niñez para a los 23 años ser capaz de liderar a 400 obreras... ya se va creando el personaje.

Era preferible para mí, como novelista, que no hubiera muchísima información ?más allá de su fecha de nacimiento y de que su madre había acabado en un manicomio? para poder ficcionar casi toda la novela (que es lo que yo hago, porque no escribo biografías ni novelas históricas).

Eso es así a excepción de los capítulos en donde aparece la huelga, donde hay más datos reales, aunque a su vez está cubierta por un halo de magia.

Además, tenía el inconveniente ?pero también el reto maravilloso? de tener que sumergirme en el túnel del tiempo e irme 100 años atrás, empezar a caminar esa época, ese Medellín que iba buscando parecerse a París, a Londres. Un Medellín que, de cierta forma, estaba acomplejado.

Indagar sobre eso era un trabajo muy grande y nunca imaginé que tardaría seis años en escribir la novela, pero empezó a crecer y no había manera de pararla.

Cuando a una novela ya le has dado el hálito de vida, coge una fuerza tremenda; aunque tú la estás llevando, ella también te lleva a ti.

Los personajes empezaron a crecer. Todos ellos existieron en Medellín o en París y yo los hago coincidir en la historia y en el tiempo. Lo real es un tejido de filigrana muy fino que está atado nudo a nudo en el relato.

Disfruté muchísimo y también sufrí muchísimo porque se trataba, como te digo, de encajar realidad y ficción y de hacer coincidir también los momentos históricos.

Tenía que narrarla con una voz infantil pero con la sabiduría de quien ha sufrido para poder denunciar todas las injusticias a las que estaban siendo sometidas las mujeres.

Y quise relatar esa diferencia entre ricos y pobres que estaba muy marcada y que era tristemente una realidad.

Ilustra esas diferencias sobre todo a partir de un personaje, la coprotagonista, Capitolina. ¿También nace de su imaginación?

Así es. Y se hace tan importante que a ratos acaba casi comiéndose a la protagonista.

Cuando nacen, ambas son rechazadas por la sociedad por diferentes motivos, pero sobre todo por sus madres. Son huérfanas de madre aún teniendo madre, pero ella las rechazó por ser mujeres... ¡cosa increíble!

Son personajes que van creciendo, que te vas enamorando de ellos.

Es una novela que no solamente habla de los derechos de la mujer y del feminismo, sino que aborda el trasfondo del ser humano, el por qué de los comportamientos humanos desde la niñez.

Y enseña que no todo puede ser en la vida, pero que uno tiene que pactar con ella para seguir adelante. Hay un núcleo psicológico, humano, que arrastra toda la novela.

La historia que relata ocurrió hace un siglo. Colombia ha cambiado mucho en todos estos años. ¿Se ha imaginado cómo sería la Betsabé de ahora?

Están surgiendo muchas Betsabés en muchos ámbitos.

Esta niña podría ser Emma Watson hablando contra los abusos, y sería una Betsabé completamente actual.

Además, en el océano de información que hay ahora no paran de surgir chicas que, como ella, han estado taponadas, pisadas, escondidas, firmando con nombres de hombre para poder salir a la luz de alguna forma...

Es bueno que se conozcan este tipo de casos para reivindicar un futuro más justo para las mujeres. Es una responsabilidad importante de la sociedad.

Después de la huelga no se supo nada de Betsabé hasta su muerte. ¿Por qué quedó en el olvido? ¿Por qué no se habló de ella como una heroína?

Hay varios factores.

Uno de ellos es que ella luchó contra un poder político muy fuerte: uno de los dueños de la fábrica era el gobernador de Antioquia, que luego fue presidente de Colombia; otro era dueño de más de la mitad de Antioquia y del país... y también estaba el poder clerical.

Por otro lado, en 1927 surgió otra mujer que, en cambio, tuvo mucha más visibilidad. Era una chica que venía de una familia influyente. Su tío paterno era el dueño del "gran diario" de Colombia.

A esa chica la elevaron a las alturas como si fuera la precursora del feminismo en Colombia, cuando no lo había sido. Simplemente tenía mucha más influencia social.

En el caso de Betsabé, una vez pasó la huelga fue despedida (¡al mes!), pese a que había logrado que los dueños de la fábrica accedieran a todas sus peticiones, aunque simplemente lo hicieran para quedar bien ante la sociedad.

Esta niña lentamente va quedando marginada. Ella nunca se casó con nadie y murió electrocutada, aunque yo quise darle otro final que no vamos a revelar aquí... [se ríe]

Me apasiona la complejidad del ser humano, las luces y sombras que hay en la vida de las personas, lo que aparentemente no se ve.

Yo sentí que esa niña me estaba pidiendo que la resucitara, que la sacara de ese ostracismo, de ese silencio al que había quedado condenada.


La poetisa y narradora Ángela Becerra (Cali, 1957) es una de las autoras más leídas de habla hispana y la colombiana más leída después de Gabriel García Márquez. Ha sido publicada en más de 50 países y traducida a 23 idiomas. Actualmente reside en Barcelona, España.


*Esta entrevista es parte de la versión digital del Hay Festival Cartagena 2020, un encuentro de escritores y pensadores que se realiza en esa ciudad colombiana entre el 30 de enero y 2 de febrero.

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