Según los estándares actuales, Magdalena Schöttlin en realidad no había hecho nada malo. Pero para los habitantes de un pueblo alemán en 1708, se estaba comportando de manera escandalosa.

La esposa del tejedor, una mujer de 34 años, llevaba una "pañoleta demasiado grande, por encima de su posición en la vida", en una flagrante violación de las ordenanzas de vestimenta del gobierno.

Los "censores" locales, responsables de hacer cumplir las leyes sobre vestimenta, ya se lo habían advertido a Magdalena dos veces. Luego, el pastor de la aldea pronunció un sermón dominical contra la elegancia en el vestir, refiriéndose al pañuelo al cuello de Magdalena.

Finalmente, los censores la convocaron a presentarse ante todo el tribunal de la iglesia.

Cuando Magdalena protestó contra la prohibición de su apreciado accesorio, afirmando que se lo habían regalado y que otras personas llevaban prendas similares, la paciencia de los censores del pueblo se acabó.

Le ordenaron que dejara de usar su pañuelo ostentoso de una vez por todas. Además, la sentenciaron a pagar una multa de 11 kreuzer, equivalente a 4 días de ganancias para un hilandero, la ocupación local más importante.

Magdalena en contexto

Magdalena es apenas una de los miles de aldeanos comunes cuyas prácticas de consumo fueron reconstruidas por un equipo de historiadores económicos en la Universidad de Cambridge.

Los cambios en el consumo pueden tener efectos muy amplios.

Los economistas aún no entienden exactamente qué causa el crecimiento económico, pero sí saben que muchos de los cambios clave ocurrieron en el período anterior a las primeras fábricas.

Una idea poderosa es lo que se ha llamado la "revolución del consumidor".

Entre 1650 y 1800, en algunas sociedades europeas, la gente comenzó a comprar ropa de moda, alimentos listos para comer y estimulantes exóticos como té, café y chocolate.

Inspirados por la posibilidad de comprar cosas baratas y atractivas en el mercado en lugar de producirlas laboriosamente en el hogar, la gente cambió su tiempo de ocio y producción casera por trabajo remunerado, en una "revolución industriosa" paralela.

Este círculo virtuoso entre el consumo y la "laboriosidad" ayudó a la economía a crecer motivando a la gente a trabajar más, aprender nuevas habilidades laborales e inventar cosas nuevas.

Vestirse a la altura

Alemania tiene archivos de documentos extremadamente ricos que registran lo que las personas consumían y cómo era regulado.

Los estados alemanes aprobaron al menos 1.350 leyes entre 1244 y 1816 que regulaban cómo se podía vestir la gente, y esta era solo una parte de una amplia gama de regulaciones "suntuarias" que establecían lo que la gente podría usar, comer, beber y hacer para divertirse.

Estas leyes suntuarias no eran pensadas solo por los gobiernos: gozaban de un apoyo social amplio.

  • Los estratos sociales superiores las respaldaban para evitar que los miembros de los órdenes sociales más bajos a los que les estaba yendo bien desafiaran el valioso estatus de los estratos superiores.
  • Los hombres las aplaudían pues con ellas evitaban las demandas de nuevas modas de sus esposas e hijas; como declaró un legislador en 1621: "Las leyes pueden gobernarlas así sus maridos no puedan".
  • Los empleadores las promovían para detener la demanda de sus empleados de salarios más altos.
  • Los maestros del gremio las impulsaban para obligar a la gente común a usar textiles y pieles de producción nacional, protegiéndose contra la competencia extranjera.
  • Las comunidades las exigían para prohibir el comportamiento licencioso, que pensaban conducía a la ilegitimidad, que era una carga del sistema de bienestar.
  • Los eclesiásticos las defendían para restringir el adorno mundano y la sociabilidad pródiga.
  • Y los burócratas y los militares las favorecían para hacer que la gente común gastara menos en sí misma y así pudiera pagar más impuestos.

De modo que toda una aglomeración de poderosos grupos en las primeras sociedades alemanas modernas estaba interesada en controlar el consumo, al menos por parte de otras personas.

Violadores de normas

Los principales objetivos eran las mujeres, los jóvenes y los estratos sociales más bajos.

Para las élites respetables nada bueno resultaría de permitirle a la gente común vestirse, comer, beber y festejar como quisiera.

Por supuesto, las leyes suntuarias, como cualquier ley, nunca se cumplieron al pie de la letra.

Por eso los censores de las aldeas en Ebhausen intentaron evitar que Magdalena Schöttlin, como esposa de un tejedor pobre, usara accesorios extravagantes.

Los censores de la cercana Wildberg hicieron lo mismo, en 1684 advirtiéndole a Anna Dorothea, esposa del sastre Hans Caspar Cuenz, "que se quitara el pañuelo que llevaba puesto, porque no tenía permitido usarlo".

Los jóvenes no se salvaban de los censores comunitarios: Hannß Jacob Eytel, hijo de un tejedor, tuvo que pagar una multa del equivalente a las ganancias de dos semanas en 1662 "a causa de los pantalones muy anchos que ha estado usando, que no tiene derecho" y lo amenazaron con que "si se volvía a poner esos pantalones, en virtud del Mando del Príncipe, serán confiscados".

La gente no renunciaba a lujosas celebraciones matrimoniales, como las de 64 parejas del pequeño distrito de Wildberg, en la Selva Negra, que fueron multados durante 1715-16 por invitar a más de 12 personas a sus bodas.

En la misma época y lugar, 30 grupos de solteros fueron multados por celebrar bailes, violando las leyes contra las lujosas formas de entretenimiento.

Mano dura

Cuando las exhortaciones, sermones, amonestaciones públicas, citaciones judiciales, multas y amenazas de confiscación fallaron, las comunidades recurrieron a penas más severas, como la denegación de asistencia social.

En 1687, por ejemplo, cuando Anna Margretha Zeyher, de 54 años, solicitó un auxilio por pobreza, el tribunal eclesiástico de Wildberg se negó porque "el hijo y la hija de la viuda de Zeyher se han dejado ver vistiendo ropa por encima de lo que corresponde".

A veces, las regulaciones suntuarias se aplicaban de manera aún más sistemática.

Un registro sobrevive enumerando todas las multas impuestas desde febrero de 1713 hasta febrero de 1714 en una comunidad de unos 1.300 habitantes en la que en sólo esos 12 meses 110 personas fueron multadas por usar prendas prohibidas, la mayoría de ellas pequeños artículos de seda o percal.

Si bien algunas de estas multas se aplicaron a la ropa de hombres o niños, el 91% de las personas penalizadas en este registro eran mujeres.

Multas para galas

Se podría argumentar que todas estas multas simplemente muestran que las regulaciones de vestimenta no tuvieron efecto, aunque sí aumentaron los costos y riesgos de consumir cosas nuevas.

Para un hombre, la multa promedio de ropa equivalía a casi dos días de ganancias para un tejedor. Para una mujer, la multa promedio pesaba más: seis días de salario para una sirvienta.

Puede que no sea una coincidencia que en Inglaterra y los Países Bajos, las economías milagrosas de la Europa preindustrial, las leyes de vestimenta fueron abandonadas alrededor de 1600, justo antes de que comenzaran sus revoluciones de consumo.

En Alemania, la revolución del consumidor entre la gente común parece haber despegado mucho más tarde, hacia el final del siglo XVIII, cuando finalmente cesaron las leyes suntuarias.

Entonces, incluso las esposas de tejedoras pobres como Magdalena Schöttlin podrían gastar su dinero en artículos extravagantes, mejorando su propio bienestar y probablemente también contribuyendo al desarrollo económico.

Sheilagh Ogilvie es profesora de historia económica y Markus Küpker y Janine Maegraith son asociados de investigación en la Facultad de Economía de la Universidad de Cambridge

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