Desde este 1 de agosto comenzó a regir la autenticación reforzada para transferencias y otros procesos bancarios digitales. Aunque el cambio incorpora nuevas barreras de seguridad, los fraudes no desaparecerán: los delincuentes seguirán intentando que las propias personas entreguen información o autoricen operaciones mediante engaños.

La tradicional tarjeta de coordenadas comienza a quedar atrás como mecanismo para validar determinadas operaciones bancarias. La nueva normativa de la Comisión para el Mercado Financiero (CMF) exige combinar al menos dos factores independientes para comprobar la identidad del cliente: algo que conoce, como una contraseña; algo que posee, como su teléfono; o un elemento inherente, como su huella o rostro.

La medida hace más difícil que una persona acceda a una cuenta utilizando únicamente una clave o datos robados. Sin embargo, no impide que la propia víctima termine aprobando una transferencia, convencida de que está bloqueando una compra sospechosa, recuperando su cuenta o siguiendo instrucciones de un supuesto ejecutivo bancario.

"La autenticación reforzada agrega barreras importantes, pero no elimina la ingeniería social. Los delincuentes no siempre intentan vulnerar al banco: muchas veces buscan manipular a la persona para que entregue un código, apruebe una notificación o confirme una operación bajo presión", explica Julio Farías, ingeniero informático y cofundador de Zerviz.

Las estafas cambian de forma

Con el cambio de sistema, las estafas pueden trasladarse hacia los mecanismos que ahora se utilizan para autorizar operaciones: códigos temporales, notificaciones desde aplicaciones bancarias, reconocimiento facial o huella digital.

Una llamada puede comenzar con una falsa alerta sobre una transferencia, compra o crédito solicitado a nombre de la víctima. Luego, el supuesto ejecutivo puede pedirle que ingrese a la aplicación, comparta un código o apruebe una notificación bajo el argumento de que así detendrá el movimiento.

Entre los fraudes que seguirán representando un riesgo se encuentran:

  • Llamadas falsas del banco: buscan generar temor y urgencia para que la persona actúe sin verificar quién la contacta.
  • Enlaces enviados por SMS, correo o WhatsApp: dirigen a páginas que imitan los sitios oficiales para capturar claves y otros antecedentes.
  • Solicitudes para aprobar notificaciones: la víctima cree que está rechazando un movimiento, cuando en realidad puede estar autorizándolo.
  • Aplicaciones de acceso remoto: permiten que otra persona observe la pantalla o controle ciertas acciones del teléfono.
  • Robo de cuentas y dispositivos: el acceso al correo electrónico o al celular puede utilizarse para recuperar contraseñas e ingresar a distintos servicios.

La biometría también eleva el nivel de seguridad, pero no vuelve imposible una estafa. Si una persona es engañada para utilizar su propia huella o rostro, puede validar una acción sin comprender realmente qué está autorizando.

El celular guarda mucho más que información bancaria

El teléfono concentra aplicaciones financieras, correos electrónicos, fotografías, documentos, conversaciones y mecanismos para recuperar otras cuentas. Por esta razón, perder el dispositivo o entregar acceso a él puede comprometer mucho más que el saldo disponible en el banco.

Los especialistas recomiendan identificar qué contenidos podrían provocar un daño personal si fueran robados, expuestos o eliminados. Esa información sensible no corresponde solamente a claves o datos financieros: también puede incluir fotografías irreemplazables, archivos laborales, documentos personales o respaldos importantes.

“Cuando hablamos de información sensible, no nos referimos únicamente a los datos bancarios. También puede ser una fotografía, un documento o cualquier archivo cuya pérdida o exposición pueda dañarnos. Lo recomendable es separar esa información y protegerla mediante cuentas o respaldos diferentes, aunque resulte menos cómodo”, señala César Alcacibar, vocero de vZion Cloud.

El mismo criterio debe aplicarse a las cuentas financieras. Una clave, un código de verificación o una solicitud de autorización nunca deberían entregarse durante una llamada o conversación que se produzca fuera de los canales habituales.

“Siempre debemos sospechar cuando alguien solicita información bancaria por teléfono o en un contexto que no corresponde. Que una persona conozca nuestro nombre, banco o algunos datos personales no significa que realmente represente a esa institución”, agrega Alcacibar.

¿Qué hacer para reducir el riesgo?

Ante una llamada que advierta sobre una supuesta operación sospechosa, la recomendación es cortar la comunicación y contactar directamente al banco mediante el número disponible en su sitio oficial o aplicación.

También se aconseja:

  • No compartir claves ni códigos temporales.
  • No aprobar notificaciones mientras se habla con un supuesto ejecutivo.
  • Evitar enlaces recibidos por mensajes o correos inesperados.
  • Mantener actualizado el teléfono y sus aplicaciones.
  • Revisar periódicamente los dispositivos vinculados a las cuentas.
  • Separar y respaldar los archivos personales de mayor valor.
  • Bloquear la línea y contactar al banco inmediatamente ante el robo o pérdida del celular.

¿Y si el fraude ya ocurrió?

En febrero de 2026, el Sernac estableció que las instituciones financieras no pueden rechazar automáticamente un reclamo por operaciones desconocidas. Deben iniciar el procedimiento contemplado por la Ley de Fraudes y no pueden atribuir unilateralmente dolo o culpa grave al cliente sin la intervención judicial correspondiente.

El fin progresivo de la tarjeta de coordenadas representa un avance en la protección de las operaciones digitales, pero no elimina el principal recurso de los estafadores: generar miedo, confianza o urgencia para que la víctima actúe sin verificar. La tecnología cambia, pero también lo hacen las formas utilizadas para intentar acceder al dinero y a la información personal.

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