Por Bastían García Santander

Incluso una hora y media antes de que Harry Styles saliera a escena, como a las 19:30 horas, en el sector de foodtrucks ubicado a un costado del Movistar Arena, las fanáticas del joven ídolo del pop británico ya cantaban sus canciones al instante en que asomaban por el sonido de los altoparlantes. Para sus seguidoras, la visita del artista pasa de un concierto y se convierte en una experiencia. Lo más parecido posible a cómo los rajneeshees veneran a Bhagwan en el documental “Wild wild country” de Netflix. 

Lo esperaron en el aeropuerto; lo siguieron hasta el hotel; prepararon poleras y carteles alusivos a su obra; y el eventual contacto visual concretado en algún rincón de Santiago fue recibido como una bendición. Y ya en guardia a la espera de la entrada del músico al escenario, la imagen dobló en intensidad y ansiedad: a 15 minutos del inicio, la pantalla rectangular colgada en lo alto del domo comenzó a proyectar una animación de un chico vestido de traje intentando ganarle a un cubo rubik. De los gritos, ni hablar.

Chaqueta negra con brillos a lo Michael Jackson; el carisma de Robbie Williams; y la sonrisa de quien todavía se sorprende del éxito. Así entró Styles, acompañado de su banda -en la que destaca su espectacular baterista-. Porque la disolución de la boy band que lo lanzó a la fama planetaria auguraba una breve historia para sus partes, pero con el lanzamiento en 2017 de su álbum debut homónimo logró desmarcarse de sus ex compañeros y dar un paso adelante. 

En escena, tanto su música como su impronta son una mezcla de irreverencia como en “Carolina”, de romanticismo y añoranza como en “Two ghost” y también de astucia, burlándose de sí mismo por tener solo 10 canciones editadas. Pero la brevedad de su catálogo la resuelve con covers de su antiguo equipo o de Ariana Grande en “Just a little bit of your heart”. Gestos que intercambia por lagrimones que se multiplican entre las más de 12 mil asistentes, al igual que los cánticos de “Mijito rico” -que intentó seguir con un “lalalalala”- u otros gritos aislados profesando su amor por el artista.

A sus 24 años, Harry Styles parece un consagrado. A los 16 audicionó para “The X Factor” y ocho temporadas después del hito que cambió su vida se mueve a sabiendas de su estatus del chico más popular de la clase. Toma la guitarra eléctrica como un músico de rock, logra adormecer al público para preguntarle el nombre a dos niñas repartidas en algún lugar de la cancha y las distrae para aparecer en la otra punta del Movistar Arena para interpretar un mini set acústico.

Aunque la locura termina explotando tan solo en dos tiempos, primero con “What makes you beautiful” -quizás La canción más representativa de One Direction- y luego con “Sign of the times”, el single con el que presentó su valor en solitario y que tiene un aroma a épica e himno generacional que alcanza a poner los pelos de punta. 

Un fenómeno de tal arrastre que hace que niñas de 14 o 16 años tengan la fuerza y las ganas de cantar “The chain” de Fleetwood Mac en el encore. Una banda que puso su nombre en la historia hace 50 años. Esa es la trascendencia de Harry Styles.

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