En una época en la que las mujeres luchan por hacerse espacio en el mundo de la tecnología, y en la que el estereotipo del programador es un chico joven frente a una pantalla, es curioso recordar que hubo un momento en el que el software era cosa de mujeres que lo escribían a mano, con lápiz y papel, desde su casa.

Y todo eso era revolucionario.

Quien lo hizo posible es la persona que se considera fue el primer programador independiente del mundo y cuyo nombre, o al menos uno de ellos, es Steve.

Steve partió desde Austria cuando tenía 5 años, pocas semanas antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial, con destino a Inglaterra en el kindertransport, el transporte que se organizó para salvar a niños judíos de manos del Tercer Reich.

En ese momento, su nombre era Vera Buchthal. Y, sí, era una niña. Una niña apasionada por las matemáticas que tuvo que ser transferida a una escuela de niños para que pudiera recibir una educación acorde con su talento.

*Imagen: Las máquinas Colossus ayudaron a acortar la guerra.

Cuando terminó el colegio, se fue a trabajar a la Estación de Investigación de la Oficina Postal, un lugar que pasó a la historia por hacer las máquinas Colossus, usadas para descifrar los mensajes de los nazis. Para evitar que sus admiradores se espantaran, les decía que trabajaba en una oficina de correos, con la esperanza de que pensaran que vendía estampillas y no suponía un reto.
Para ese entonces ya se había registrado como británica con el apellido de Brook, pues adoraba al poeta Rupert Brooke. Pero pronto cambiaría, pues se casó con su colega, el físico Derek Shirley, y tuvo una nueva firma: Stephanie Shirley.

Una locura

Por haberse casado, tuvo que renunciar, pues estaba prohibido que hubiera parejas trabajando juntas en el sector público.

Así que en 1962, después de trabajar para una compañía de computación privada, decidió fundar una propia: Freelance Programmers.

Y hace 50 años, el plan parecía ser una locura.

En primer lugar, era mujer, contaba con US$10 y como oficina, el comedor.

Además, la idea era vender software, que en ese entonces parecía carecer de valor: lo que importaba era y sería siempre el hardware, en opinión de los conocedores.

"La gente se reía de mí", recuerda, en conversación con la BBC. "'No se pueden vender programas', me decían, pues en esa época se regalaban con las máquinas. Y menos lo podría hacer una mujer, pues había un aura sexista en la esfera científica".

No obstante, Shirley fue una de las primeras en darse cuenta de que para poder realmente aprovechar las computadoras, era necesario desarrollar programas que le dijeran a las máquinas qué hacer.

"Muchos de los sistemas que se usan en el mundo comercial -la manera de vincular las ventas con la producción en el orden correcto, por ejemplo- solían requerir de muchísimos oficinistas, y ese tipo de trabajo fue rápidamente reemplazado por las computadoras".

"Es por eso que la gente temía que iban a crear desempleo. Y fue cierto, pero se perdieron los trabajos aburridos, lo que le abrió el camino a otras actividades".

Pero, ¿cuándo llegó Steve?

"Solía trabajar en la mesa del comedor, con un teléfono al lado. Había una secretaria que venía medio día cada semana a lidiar con el correo. Yo me la pasaba tratando de encontrar métodos para realizar lo que me habían comisionado".

Pero, ¿cómo se empieza desde la nada a escribir instrucciones para decirle a una computadora que haga lo que uno quiere?

"Lo primero es la disciplina científica y uno tiene que tener un método que pueda escribir en términos matemáticos. Luego hay que codificarlo -lo que puede tomar tres semanas o tres décadas-, pero la experiencia de sentarse ahí y pensar: '¿será que puedo hacer esto? ¿Qué pasa si lo pongo de cabeza?'... ¡es tan divertido!".

Al principio el problema era que muy poca gente tenía computadores, nadie sabía que eran los programas... ¿cómo logró convencer a los clientes que la contrataran?

"De una manera muy ingenua: escribía muchas cartas. Pero claro, las firmaba con ese doble femenino 'Stephanie Shirley', y no recibía muchas respuestas".

Al ver que si firmaba con su nombre no se le abrían las puertas, adoptó el alias de "Steve Shirley" y para cuando se daban cuenta de que era una mujer, ya le había vendido software a compañías que no sabían qué era eso ni para qué servía.

Las madres, en casa

Debido a la discriminación que había experimentado en el trabajo, decidió contratar madres altamente calificadas y, algo aún más alarmante en esa época, durante al menos dos años, ninguna tenía oficina sino que trabajaban desde la casa: escribían programas con lápiz y papel y se lo mandaban por correo.

"Yo quería crear algo que permitiera un equilibrio entre la vida familiar y laboral, con un estilo de trabajo en equipo, en vez de esa estructura de mando y control".

"La primera acta de la compañía hablaba de 'trabajos para mujeres con hijos", pero luego caí en cuenta de la importancia de tener entrenamiento, así que cambió a 'carreras para mujeres con hijos'. Después noté que también había muchas cuidado a sus padres, así que evolucionó a 'carreras para mujeres con dependientes'".

"En 1975, entró en vigor la ley de igualdad de oportunidades, así que ya no podíamos tener este tipo de políticas, y tuvimos que dejar entrar hombres en esta compañía de mujeres".

Irónicamente, una firma diseñada para combatir el sexismo en el trabajo de repente se encontró en riesgo de violar una regulación que buscaba precisamente eso.

"Así es como debe ser", opina Shirley. "Una fuerza laboral mixta es mucho más creativa".
Y lo que hacían, incluso al principio, no eran bagatelas. Entre los proyectos que su equipo completó estaba la caja negra del Concorde.

En 1975, entró en vigor la ley de igualdad de oportunidades ... y tuvimos que dejar entrar hombres en esta compañía de mujeres
Stephanie Shirley

Para la década de los 80, la firma estaba escribiendo programas de computador para las compañías más grandes del FTSE 100, y en su auge, con el nombre de Xansa, fue valorada en cientos de miles de millones de dólares y empleaba 8.000 personas.

Cuando salió al mercado en 1996, Shirley volvió a sorprender con una decisión inusual: le dio una parte enorme de sus acciones a los empleados, que terminaron siendo dueños de más de la mitad de la compañía. Decenas de ellos se volvieron millonarios.

Hoy en día, dedica su tiempo a buscar maneras de donar su fortuna. A su nombre se le ha antepuesto el título nobiliario de Dama, pero sus allegados la siguen llamando "Steve".

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