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Académica explica qué le hace el uso del celular a nuestro cerebro y apunta a una dimensión "más inquietante"

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Jacquelin Hormazábal, académica de Psicología UNAB, aborda esto en su columna: "¿Adicto al celular? Así funciona el uso del teléfono en nuestra mente".
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"Adicción al celular". ¿Quién no ha escuchado esa frase? Para muchos es común, aunque para la psicología clínica aún no existe consenso sobre si hablar del uso excesivo del celular como una adicción formal —como con los trastornos por consumo de sustancias— o sólo de uso problemático y/o compulsivo del teléfono, que es hacia donde apuntan estudios científicos y la evidencia empírica.

En una columna de Jacquelin Hormazábal, titulada "¿Adicto al celular? Así funciona el uso del teléfono en nuestra mente", la académica de Psicología UNAB sostiene que esta discusión no busca minimizar el fenómeno, todo lo contrario, pues "los estudios muestran patrones muy similares a los de otras conductas adictivas; como la pérdida de control, la prioridad del teléfono por sobre otras actividades, el uso pese a consecuencias negativas y el malestar cuando se intenta reducir su uso".

Lo que la mirada clínica sí está claro es cómo se conecta el teléfono con nuestro cerebro dopaminérgico. Ese "like", esa notificación, ese nuevo mensaje operan como un pequeño laboratorio conductual: recompensas intermitentes, impredecibles, que activan los circuitos de recompensa, reforzando la conducta de revisar el dispositivo una y otra vez, expone Hormazábal.

"En adolescentes y adultos jóvenes esta ecuación es especialmente delicada: la sensibilidad a la recompensa social está aumentada y las áreas de control ejecutivo, todavía están en proceso de maduración, lo que facilita el uso impulsivo y la dificultad para poner freno", considera la académica.

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Personas que toman el teléfono apenas abren los ojos, estudiantes que describen "síntomas de abstinencia" cuando intentan estudiar sin celular, adultos que confiesan no saber qué hacer en una hora libre si no pueden scrollear, son escenas cada vez más frecuentes, clínicamente. 

Para la especialista, esto no es una exageración literaria. "Varios estudios que restringen el uso del celular documentan irritabilidad, inquietud, ansiedad y una sensación de 'falta de algo'. A nivel cerebral, se observan cambios en la reactividad de circuitos asociados a la recompensa y la saliencia cuando se limita el uso por algunos días, un patrón que nos recuerda, en pequeña escala, lo que se ve en otros cuadros adictivos", expone.

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Investigaciones sostienen que intervenciones breves, de apenas tres días de reducción o suspensión del teléfono, muestran modificaciones en áreas como el núcleo accumbens y la corteza cingulada anterior, es decir, en regiones clave para la motivación, la inhibición y la asignación de importancia a los estímulos. Otras sugieren que estas "dietas digitales" pueden disminuir el poder de captura atencional del dispositivo y favorecer una recuperación, al menos parcial, de la capacidad de concentración y de la motivación menos dependiente de gratificaciones inmediatas. 

Gentileza - Jacquelin Hormazábal, académica de Psicología UNAB
Gentileza - Jacquelin Hormazábal, académica de Psicología UNAB

Pero los efectos no se limitan a la atención, puntualiza la académica. "Revisiones sistemáticas han vinculado, de forma consistente, el uso problemático del celular con peor calidad de sueño, más síntomas de ansiedad y mayores niveles de depresión, especialmente cuando el teléfono invade la noche y la cama", añade.

Al respecto, Hormazábal precisa que "lo que ocurre con esto, es que la luz azul retrasa la melatonina, la sobreestimulación cognitiva y emocional a última hora y la rumiación alimentada por comparaciones sociales y miedo a 'perderse algo', dificultan la capacidad para conciliar y mantener un sueño reparador. Paradójicamente, el objeto al que recurrimos para regular el malestar termina, muchas veces, amplificándolo".

Creciente incapacidad para tolerar el aburrimiento: otro factor del uso del celular

Además, la especialista apunta a una dimensión menos comentada y, tal vez, más inquietante: la creciente incapacidad para tolerar el aburrimiento. "El celular se ha convertido en una prótesis afectiva frente a cualquier asomo de vacío: la espera en la fila, el viaje en Metro, el silencio después de una discusión, los minutos antes de dormir. Desde la neurociencia sabemos que esos momentos de 'no hacer nada' activan la red por defecto, un conjunto de regiones implicadas en la reflexión interna, la construcción del relato de sí y la consolidación de recuerdos", expone.

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Finalmente, sugiere abordar esta relación de dependencia no sólo aconsejando "usar menos el celular".

Desde su mirada, se requiere trabajar sobre tres niveles. "Primero, el nivel del hábito: identificar gatillos, cambiar rutinas (por ejemplo, dejar el teléfono fuera del dormitorio, sustituir el gesto automático de tomarlo al despertar por otra acción breve y consciente) y establecer límites claros de tiempo y contexto. Segundo, el nivel emocional: reconocer qué estados afectivos se están regulando con el dispositivo, ansiedad, tristeza, soledad, sensación de vacío, y construir, junto a la persona, otras formas de cuidado y contención que no dependan exclusivamente de la pantalla. Y, tercero, el nivel de sentido: preguntarse qué lugar ocupa el teléfono en la vida psíquica de cada quien. ¿Es una forma de escapar de un mundo experimentado como hostil? ¿Un intento de control permanente sobre vínculos frágiles? ¿Un refugio frente a una realidad que se percibe pobre en gratificaciones?", concluye.

Lejos de demonizar la tecnología, el celular representa una gran herramienta que para muchas personas es también un recurso de apoyo social, laboral y afectivo legítimo. En ese sentido, la invitación de la especialista es más bien a recuperar la posibilidad de elegir. Es decir, que tomar el teléfono al despertar no sea un reflejo inevitable, sino una decisión.