Cada sujeto tiene un padre distinto. Por más que en casa haya tres, cinco o nueve hijos; por más que todos reciban la misma educación, la misma cultura, cada uno ?por su temperamento y su ubicación en el elenco familiar? necesariamente observará a su padre desde un ángulo privado al que nadie más tendrá acceso.

Quiero hablarles del mío. De mi padre visto desde mi ángulo.

Se llamaba Luis Federico Cisneros, aunque en Perú todos lo conocían por su apelativo de infancia, el "Gaucho".

Lo apodaban así porque había nacido y crecido en Buenos Aires, donde mi abuelo paterno acabó exiliándose luego de ser deportado por el régimen del presidente Augusto Bernardino Leguía.

En Argentina mi padre se hizo militar. Sus primeros compañeros en la escuela fueron esos hombres que, muchos años más tarde, alcanzarían penosa celebridad por haber sometido a su país a una dictadura militar que dejó unos 30 mil muertos y desaparecidos.

Crecí escuchando apellidos como Viola, Galtieri, Videla o Camps, siempre mencionados con una suerte de lejana admiración. En mi casa había fotos, platos recordatorios y armas decorativas que llevaban grabados sus nombres.

En el Perú de los años 70, 80 y 90, mi padre fue un hombre muy conocido. Llegó a ser general de división del Ejército y ministro del Interior y de Guerra en la época en que el terrorismo comenzaba a surgir.

A medida que ganaba posiciones políticas más visibles, se fue convirtiendo en el "hombre duro" de las Fuerzas Armadas.

Le gustaba ejercer ese papel. Intimidar, disciplinar, hablar claro,proponer salidas tajantes, políticamente incorrectas al problema de Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA).

No le importaba discrepar abiertamente con los presidentes ni con sus superiores en el Ejército. No se medía.

Era muy inteligente, pero también muy personalista, acaso herencia de su formación argentina. Decenas de veces lo vi en televisión y en los diarios dando declaraciones provocadoras cuyo fondo yo no terminaba de entender.

Como tantos otros, mi padre era un señor que se iba a trabajar por la mañana y volvía tarde.

Los fines de semana ?pese a lo agitado de su agenda social? se las ingeniaba para pasar tiempo con nosotros, educarnos y disciplinarnos. Era cariñoso, pero hermético. Protector, pero silencioso. Paciente, pero austero.

A veces me parecía conocerlo muy bien. Otras, en cambio, lo sentía a años luz de mi alcance.

Mi padre murió en Lima el 15 de julio de 1995, a raíz de un cáncer de próstata. Tenía 69 años. Yo tenía 18.

Nunca he sabido bien si la orfandad me llegó con la mayoría de edad o si la orfandad me hizo mayor de edad.

Lo cierto es que a partir de ese momento mi padre se convirtió en un recuerdo siempre inspirador. Si alguien me preguntaba por él, lo evocaba con orgullo, seguro de haberlo conocido lo suficiente como para describir su forma de ser.

Diez años más tarde, sin embargo, algo ocurriría.

Un hecho de su vida íntima me fue revelado casi accidentalmente. Pensé en las repercusiones que aquello había tenido en mí, en mi personalidad insegura, ytuve la inmediata sensación de que, muy en el fondo, no conocía nada de mi padre.

De haber sido una certeza sólida, se transformó en un enigma creciente.

Comencé entonces a discutir el anecdotario familiar, a hacerles preguntas incómodas a parientes y amigos, a revisar diarios antiguos.

Poco a poco confirmé mi sospecha: desconocía por completo pasajes claves del pasado de mi padre, de sus años en la Argentina, de la relación con su primera esposa, de sus tiempos de cadete, de sus tiempos de ministro, de su posible participación en actos atentatorios contra derechos humanos.

La investigación me tomó cerca de siete años.

Cuando me di cuenta de lo mucho que había avanzado en mis pesquisas, hacía rato que ya estaba obsesionado con el Gaucho Cisneros.

En algún momento mi padre había dejado de ser el hombre que me engendró y pasó a convertirse en un personaje complejo, poliédrico, lleno de luces y sombras, digno de un libro.

Pensé en eso: escribir ese libro. Una novela en clave autorreferencial acerca de un militar que para muchos había sido un héroe y para otros, un villano.

Lo que hice a continuación fue leer toda la "literatura del padre" que encontraba a mi paso. Cuentos y novelas. Ficción y no ficción. Desde Kafka hasta Phillip Roth. Desde Rulfo hasta Carver. Desde Vargas Llosa hasta Giralt Torrente. Desde Paul Auster hasta Héctor Abad. Desde Tobías Wolf hasta Hanif Kureishi. Desde Naipaul hasta Knausgard.

Y un largo etcétera que incluyó películas, documentales y obras de teatro.

Salí de esa experiencia convencido de que narrar a mi padre sería la única forma de declarar mi existencia como hijo.

Así nació La distancia que nos separa, una novela que editorial Planeta publicó en Perú en julio del 2015, exactamente cuarenta años después de la muerte del Gaucho.

Meses después apareció en Latinoamérica con el sello de Seix Barral, este 2017 se publicó en España y en breve será traducida al francés y al alemán.

Pero más allá de los efectos editoriales ?y ciertas incordias familiares que no vienen a cuento?, la novela me ha permitido dialogar con lectores de distintas partes del mundo que también tienen o han tenido dudas y preguntas respecto de la figura de su padre.

"La buena escritura", decía Foster Wallace, "debe calmar a los perturbados y perturbar a los calmados". Creo que algo de eso he conseguido sin habérmelo propuesto: alojar una espina en la cabeza de quienes crecieron creyendo conocer a sus progenitores.

Que exista en Latinoamérica una prolífica tradición literaria acerca de esa figura es síntoma inequívoco de la vieja preocupación que hay en nuestras sociedades respecto de los usos del poder.

El padre, después de todo, es eso: la primera encarnación del poder con la que uno se encuentra en la vida. El agente que instala las normas y define los roles.

Examinar al padre desde la intimidad es una forma subalterna, creo yo, de plantear una duda legítima acerca de cómo se aplica y administra el poder en repúblicas tan fragmentadas y huérfanas como las latinoamericanas.

Pero escribir sobre el padre es, también, discutir los modelos con que ha venido ejerciéndose la paternidad.

Mi padre, por ejemplo, representaba el modelo patriarcal típico de su generación: un hombre proveedor, machista, conservador, que presumía de infalible y evitaba encarar con sus hijos conversaciones demasiado íntimas.

A pesar de que tuvimos padres como esos ?o más bien gracias a que los tuvimos? muchos hombres de mi generación somos más conscientes de la necesidad del afecto, la atención y la palabra.

Los padres de hoy, basta verlo en cualquier serie televisiva, se asumen erráticos, ignorantes y sentimentales.

Yo recién podré constatarlo en septiembre de este año.

Para el 9 de ese mes está planificado el nacimiento de mi primera hija. Se llamará Julieta.

Sé que algún día, más temprano que tarde ?acaso después de leer mi novela sobre su abuelo militar?, ella se interesará por mi pasado y querrá saber quién fui yo antes de que ella viniese al mundo.

Entonces, como todo padre, tendré que optar entre el silencio cauto, la ficción edulcorada, la verdad a medias, o la franqueza brutal.

Y como le ocurre a todo padre también, la alternativa que elija será la incorrecta.

* Renato Cisneros es peruano. Nacido en 1976, es periodista, escritor, poeta, presentador de televisión, locutor de radio y bloguero. Entre sus novelas están Nunca confíes en mí (2010) y La distancia que nos separa (2015).

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