La casa de María Piña, residente de la localidad de La Grange al oeste de Houston, cruzó la calle durante la inundación.

Sí, la casa de remolque en la que vivía con su familia fue alzada por la enorme crecida del Río Colorado y desplazada y tumbada por completo por las fuerzas de las aguas.

Ella salió justo a tiempo, cuando las advertencias sobre la llegada del huracán Harvey se hicieron oír entre los habitantes de este grupo de casas de remolque, muchos de ellos de origen hispano.

"No quiero ni recordarlo", le dijo María a BBC Mundo sobre los momentos de la evacuación, mientras miraba lo que queda de su casa destrozada desde detrás de un cordón policial.

A pocos metros de María y sus vecinos, un grupo de trabajadores intentaba bloquear los caños de gas rotos por el torrente y que emanaban un peligroso olor.

La casa de María es sólo un ejemplo de los estragos causados por Harvey, que tocó tierra en Texas la noche del viernes de la semana pasada.

Como huracán de categoría 4, traía vientos de hasta 215 km/h. Pero lo peor no era eso, sino que se iba a quedar estancado sobre Texas descargando agua sin cesar durante casi una semana.

Las autoridades habían advertido de "inundaciones catastróficas" y ya hablan del récord: un pluviómetro al sureste de Houston registró más de 1.250 mm de lluvia, cifra jamás registrada para una sola tormenta tropical continental en Estados Unidos.

Más de 30.000 personas han tenido que ser evacuadas de sus hogares y hasta 13.000 fueron rescatadas, mientras que entre quienes han podido permanecer en sus viviendas hay decenas de miles sin servicio eléctrico.

Las inundaciones han golpeado muy duro a Houston, la cuarta ciudad más grande de Estados Unidos, cuyo alcalde impuso este martes un toque de queda entre la medianoche y las cinco de la mañana.

Desafíos

El lento inicio de las labores de reconstrucción en lugares como La Grange es el desafío al que se enfrentará este estado tras el paso de Harvey.

Y el desafío no es sólo a nivel del estado de Texas.

La tormenta Harvey se transformó con el correr de los días -y la subida de los niveles del agua- en el primer desastre natural que el presidente Donald Trump debería enfrentar.

Rápidamente durante el fin de semana anunció que viajaría a Texas a ver los daños por sí mismo.

Su paso por Texas sería prematuro, dijeron algunos, ya que aún se cree que hay personas atrapadas en sus casas es distintas zonas de Houston y alrededores.

Una visita presidencial y el desafío logístico que conlleva podía crear una distracción para los equipos de rescate.

Al mismo tiempo, el riesgo de la visita de Trump era que su paso por Texas se asemeje a la experiencia del presidente George W. Bush en 2005.

Bush fue fuertemente criticado por su decisión de sobrevolar Nueva Orleans en los días posteriores al fatídico paso del huracán Katrina por la ciudad sureña en 2005.

La imagen de un presidente distante, con poca empatía hacia los furiosos habitantes de la ciudad -que se sentían abandonados por el Estado- dañó irreparablemente la percepción del republicano.

Trump entonces llegó este martes a Texas con un equilibrio difícil de lograr: no parecer demasiado distante al no visitar Houston -el epicentro de la crisis- ni acercarse demasiado para crear problemas logísticos.

El presidente, acompañado de la primera dama, Melania Trump, visitó Corpus Christi, la primera ciudad de la costa tejana arrasada por el huracán.

Allí, junto al gobernador, midió sus palabras y dijo que era demasiado pronto para felicitaciones mutuas, antes, se debe resolver el problema, dijo Trump.

Fuera de una estación de bomberos y frente a una pequeña multitud, el presidente improvisó un discurso que parecía de mitin electoral, motivando a los tejanos con halagos a su coraje.

Al final, flameó una bandera del estado de Texas, en una imagen que para muchos quedará como símbolo de esta visita.

Después viajó a Austin, la ciudad desde donde se han coordinado parte de los rescates, para agradecer el trabajo de los funcionarios locales

"El mundo los está mirando y está muy impresionado de sus habilidades", dijo.

Al caer la tarde, el Air Force One partió de vuelta hacia Washington. En él Trump, acostumbrado a la polémica, probablemente iba orgulloso de haber evitado un paso en falso.

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