El australiano Lleyton Hewitt, eliminado este jueves en la segunda ronda del Abierto de Australia por el español David Ferrer, puso fin a sus 34 años a una larga carrera de dos décadas en el circuito, cuyo mejores momentos llegaron hace casi tres lustros.

Todavía no se hablaba de Roger Federer, Rafael Nadal o Novak Djokovic cuando en 15 meses, de septiembre de 2001 a noviembre de 2002 el chico de Adelaida firmó un palmarés envidiable: dos victorias en Grand Slam, US Open (2001) y Wimbledon (2002), dos títulos del Masters y el primer puesto en la clasificación mundial.

Cerca de los 35 años -los cumplirá en febrero-, a Hewitt le hubiera gustado cerrar su carrera más cerca del título en Melbourne, en el Abierto de Australia que disputó 20 veces sin éxito, pero la llegada al circuito de los tres gigantes que lo han dominado desde hace más de una década le dejó en un papel secundario.

Federer, su bestia negra

Su última clasificación de la ATP, 308º, es anecdótica. Sus grandes días llegaron hace mucho. No llegaba a semifinales de un Grand Slam desde 2005 ni a cuartos desde 2009.

La última oportunidad de coronarse en casa llegó en la final de Melbourne perdida contra Marat Safin en 2005. Desde el año siguiente se alejó del Top 10 a causa de una larga lista de lesiones.

De su misma quinta (1981), Roger Federer fue el rival que más le martirizó. Todo había comenzado bien para el australiano, vencedor de 7 de los 9 primeros duelos cuando el suizo estaba todavía en fase de aprendizaje.

Una vez asentado en el circuito, el genio de Basilea le ganó 15 partidos consecutivos, entre ellos la final del US Open 2004 con un resultado doloroso; 6-0, 7-6 y 6-0.

Curiosamente su último enfrentamiento, el año pasado en Brisbane, se decantó para Hewitt, como si Federer quisiera inconscientemente hacerse perdonar su irrupción en la hasta entonces brillante trayectoria del australiano.

Capitán de Davis

Gorra calada, estilo surfista, modales rozando la incorrección y el grito 'Come on!' como marca de fábrica, Hewitt jugó un tenis impetuoso con una voluntad de hierro. Fue un guerrero que vivió su momento de gloria. 

Pequeño para este deporte (1,78 metros), no tenía ningún golpe decisivo, pero disponía de unas poderosas piernas y un gran sentido de la anticipación. "Never say die" (Nunca diga muerto), resumió recientemente.

En su carrera fue protagonista de varias polémicas, entre otras haber calificado una cancha de hierba como "campo de patatas" en un partido de Copa Davis en Brisbane, haber llamado "estúpido" al público australiano o solicitar el cambio de un juez de línea en el US Open porque tenía el mismo color de piel que su adversario James Blake.

Ahora es un hombre respectado para la nueva generación de jugadores australianos, a los que dirigirá en la Copa Davis, su competición 'fetiche', que ganó como jugador en 1999 y 2003.

Como un guiño a su tormentoso pasado, se permitió llamar "imbécil" al árbitro este jueves en su último partido ante Ferrer, por lo que fue sancionado.

Acabó su carrera tomando champán en la sala de prensa rodeado de sus tres hijos.

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