Cuando los policías de paisano llegaron a la oficina del 'Buenos Aires Herald' con sus ametralladoras, el personal del periódico los estaba esperando.

Era el 22 de octubre de 1975, y la policía buscaba al editor del periódico periódico argentino, Andrew Graham-Yooll.

Una visita de la policía armada normalmente significaba una muerte segura, pero la oficina había sido alertada de antemano y alguien ya había informado a un abogado y a agencias de noticias extranjeras, lo que significaba que la redada iba a quedar registrada.

El personal mantuvo la calma y dejó que los hombres con chaquetas de cuero asaltaran la oficina, agitando sus armas y haciendo un espectáculo destruyendo los archivos de 10 años de trabajo de Graham-Yooll. El periodista estaba en la mira porque había asistido a conferencias de prensa de un grupo guerrillero, lo que lo había convertido en un sospechoso de terrorismo, según dijeron los agentes.

En ese momento, el Ejército estaba estrechando su control sobre el país y a meses de hacerse con el poder a través de un golpe de Estado. Cualquier persona considerada remotamente subversiva estaba siendo "desaparecida": secuestrada y luego, encarcelada o asesinada.

Graham-Yooll fue llevado brevemente en un auto sin placa junto a su editor, Robert Cox, quien había insistido en acompañarlo. Ambos recordaron luego cómo fueron llevados a una comisaría y retenidos en una celda, donde la música de una radio puesta a todo volumen no pudo camuflar los gritos de personas que estaban siendo torturadas en el sótano.

Con el tiempo, ambos fueron liberados.

Esa misma semana, el reducido equipo del Buenos Aires Herald continuó con el trabajo como lo había estado haciendo hasta entonces. Se negó a dejarse intimidar y callar y le informó a sus lectores lo que había ocurrido a través de una columna que tituló: "¿Qué, sin tanques?"

Cox y Graham-Yooll volvieron a sus escritorios. Tenían por delante una tarea enorme. En todo el país, la gente desaparecía y su periódico era el único de Argentina que publicaba sobre esto.

Cuando Andrew Graham-Yooll murió repentinamente en Londres el pasado 6 de julio a la edad de 75 años, Argentina se puso de luto.

"Aquí no es frecuente que cuando un periodista muere, sea noticia en la portada de los principales portales de noticias", dice James Grainger, editor de BA Times, una nueva publicación en la que Graham-Yooll había sido columnista recientemente. "Era un titán".

Años antes, una revista argentina de noticias lo había elegido para su portada, llamándolo "uno de los periodistas más valientes de la década de 1970". La fotografía lo muestra acariciándose la barba blanca y señalando con un dedo acusador a la cámara. En realidad, era mucho menos intimidante, con una risa ronca y una visión humilde de su legado.

Fue un prolífico periodista, historiador y poeta. Continuó escribiendo numerosos libros, entre ellos Estado de miedo (1985), considerado uno de los relatos más valiosos sobre el régimen militar.

Sin embargo, Andrew fue mejor conocido por su tiempo en el Buenos Aires Herald, que, como un periódico de poca circulación publicado en inglés en un país de habla hispana, cumplió un rol importante en la historia argentina.

Seis meses después de la redada en la oficina, un golpe militar condujo a un reinado sistemático de terror que se prolongó hasta fines de 1983. Se estima que 30.000 personas murieron, mientras las autoridades pasaban de atacar a guerrilleros de izquierda, estudiantes y sindicalistas a psicólogos, artistas y periodistas. Y a sus amigos y familiares.

Cuatro semanas después del golpe, el Buenos Aires Herald recibió una llamada telefónica a través de la cual se le informó que, en lo sucesivo, todos los medios de comunicación tenían prohibido publicar muertes o desapariciones, a menos que estas hayan sido confirmadas por las autoridades.

El periódico, una vez más, abordó el tema de frente y escribió un artículo sobre esta advertencia. Pronto, ganó reputación y la gente comenzó a presentarse en su oficina, después de haber sido rechazada en otros lugares, pidiendo ayuda para encontrar a seres queridos que habían desaparecido.

Uno de los activos más importantes de Graham-Yooll era su agenda de contactos locales. Nacido en Buenos Aires, de madre inglesa y padre escocés, era además perfectamente bilingüe. Cuando hablaba español, tenía el distintivo acento porteño con influencia italiana de su ciudad natal; cuando hablaba inglés, se le notaba un ligero y suave acento escocés.

También era muy sociable. En años posteriores, admitió ante sus amigos que a menudo ponía el trabajo primero y descuidaba a su familia.

"No podías decirle qué hacer a Andrew", dice Cox, su exjefe y amigo de toda la vida. "A veces no sabía qué estaba tramando y eso era probablemente lo mejor. Se iba, como en una película de espías, con un periódico debajo del brazo (como una señal), yendo de un café a otro para reunirse con gente".

Cox también había tratado varias veces de persuadirlo para que dejara de asistir a un almuerzo semanal con ciertos periodistas argentinos, ya que la industria estaba infiltrada con miembros del Ejército. "Era algo horrible, lleno de viejos monstruos y que tenía las posibilidades de ponerlo en mayor riesgo, pero iba y se emborrachaba", recuerda Cox.

Y, con frecuencia, regresaba con historias. En una ocasión, en mayo de 1976, descubrió que la casa del renombrado dramaturgo y novelista Haroldo Conti había sido allanada y que él había desaparecido.

Tiempo después, Graham-Yooll contaría: "Tenía amigos de Conti que me decían que tenía que publicarlo y también había un oficial de la Marina que me dijo: 'No te atrevas, sabes lo que te sucederá'".

Escribió la historia tan pronto como estuvo de vuelta en su escritorio, después de haber sido alentado y respaldado por Cox. Graham-Yooll dijo haber estado aterrorizado cuando envió esa edición a la imprenta. En los años posteriores, siempre se resistió a ser retratado como un héroe intrépido.

Más tarde, en 1976, Graham-Yooll se vio obligado a exiliarse. Un contacto le dijo que estaba a punto de ser atacado nuevamente y que esta vez no lo dejarían irse. Se decía que su esposa también estaba en la lista, solo porque había ido a la universidad con la hermana del "Che" Guevara. Posteriormente, Cox también tuvo que exiliarse, luego de que su hijo recibiera amenazas de muerte.

Graham-Yooll usó su doble nacionalidad para mudarse con su familia a Reino Unido, donde encontró trabajo en el Daily Telegraph y The Guardian, antes de mudarse a la organización por la libertad de expresión Index on Censorship.

Durante años, mientras vivía en Argentina, había estado suministrando información en secreto a Index on Censorship y a Amnistía Internacional. Sabía que las cartas dirigidas a grupos de derechos humanos serían interceptadas, por lo que cubrió su rastro enviándoles la información a través de un amigo del Daily Telegraph en Londres. Cox dice que no supo eso en ese momento. "Si alguien se enteraba, eso hubiera sido una sentencia de muerte".

En Londres, Graham-Yooll se convirtió en el editor de la revista de Index on Censorship. Yo trabajé para la misma publicación años más tarde y fue mientras investigaba su historia que conocí a Graham-Yooll.

La publicación había sido fundada en 1972, con un foco principalmente en Europa del Este.

"Andrew fue absolutamente fundamental para ampliar la comprensión de la censura yendo más allá de la idea de que estaba liderada por comunistas malvados. Era un fenómeno universal en una forma que nadie había anticipado", dice sucesora de Graham-Yooll, Judith Vidal-Hall.

También recuerda un incidente clave de alrededor de 1984, cuando Graham-Yooll fue convocado de regreso a Argentina como testigo clave en los juicios posteriores a al gobierno militar.

Antes de irse de Londres, le entregó a Vidal-Hall un paquete de papeles y le indicó que lo mantuviera a salvo, insinuando que tal vez no volvería con vida. Muchos de los asesinos y torturadores seguían caminando por las calles. "Hasta el día de hoy, no sé por qué lo hice", dice sobre el robusto sobre marrón, "pero lo puse debajo de mi colchón. Nunca lo abrí y no tenía ni idea de lo que había dentro".

Después de regresar a salvo, Graham-Yooll abrió el paquete delante de ella. Dentro había una serie de notas y listas escritas a mano (nombres, lugares, fechas) sobre todas las personas que él sabía que habían desaparecido en Argentina. Era una pieza crucial de la historia que se les había escapado a los censores.

Graham-Yooll también había mantenido un recuento de los crímenes en Argentina en las contraportadas de la revista de Index on Censorship. En aquellos días, estas contenían un directorio que enumeraba brevemente, país por país, las violaciones de la libertad de expresión que se daban en todo el mundo.

Hace unos años, comencé a explorar esos archivos. Cuando se juntan las secciones sobre Argentina, se ve un registro raro, casi en tiempo real, de atrocidades que abarca colectivamente 14.000 palabras y cientos de historias individuales.

Una de ellas, de solo un párrafo de largo, se refería brevemente a la lingüista Cristina Whitecross y a su esposo Richard, que trabajaba en la industria editorial. Ambos estaban detenidos en la famosa prisión de Villa Devoto, en Buenos Aires.

La pareja finalmente fue liberada y se fue en busca de una nueva vida a Oxfordshire, en Inglaterra. Como muchos otros, estaban agradecidos con Andrew y otros como él, que se habían asegurado de que no fueran olvidados. El simple acto de publicar y hacer circular nombres permitía que los militares supieran que alguien estaba pendiente, y eso podía marcar la diferencia.

"Richard y yo a menudo sentimos que le debemos nuestras vidas a él", dice hoy sobre su "gran amigo Andrew".

Después de 18 años en el exilio, Graham-Yooll regresó a Buenos Aires, donde fue particularmente venerado por la comunidad anglo-argentina y se convirtió en editor del Buenos Aires Herald.

Más recientemente, había estado disfrutando de una vida más tranquila en la provincia de Entre Ríos, más al norte.

Judith Vidal-Hall dice que recuerda haberle preguntado por qué se arriesgó. En su forma típicamente discreta, dijo que solo estaba haciendo su trabajo: informar sobre lo que estaba sucediendo en su país.

"Por supuesto que teníamos miedo", dijo una vez, según publicó el BA Times. "Pero una cosa es tener miedo y otra, ser un cobarde".

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