"En el islam no hay vida más allá del califato. Le quitas eso y le quitas el alma al cuerpo y queda muerto".

Eso no lo dice un miembro del autodenominado Estado Islámico. Lo dice Ibrahim Ikhlaf, el director nacional del Departamento de Divulgación de la Comunidad Ahmadía de Reino Unido.

Cientos miembros de esta fe procedentes de todo el mundo convergen en un pueblo del campo inglés, en la convención islámica más grande del país, el Jalsa Salana*.

El lema de la reunión es "amor para todos, odio para nadie".

Y en ella hombres, mujeres y niños de diversos países, culturas y antecedentes se unen en torno a una idea: la del "califato espiritual".

Pero son rechazados por otros musulmanes, que los consideran apóstatas.

"Una opción viable"

Jonathan Butterworth, de 31 años, es un abogado de Londres y se convirtió en musulmán ahmadí hace seis años.

Con su sombrero y su barba, no se diferencia mucho del resto.

"Tuve una infancia muy normal, feliz, muy inglesa. Pero todo el mundo tiene preguntas para las que necesita respuestas que tengan sentido", recuerda, para explicar su decisión de convertirse a esta fe.

"La mía era: ¿y si hay un propósito para mi vida? Así que leí las distintas escrituras, el Corán, la Biblia, el Bhagavad Gita (un importante texto hinduista)? y ahí me di cuenta que el islam era una opción viable, porque de entre todas las religiones era la única incluyente".

Aunque no todo fue fácil.

"Tuve que enfrentar varios retos, porque quería vivir como musulmán pero había cuestiones que no me encajaban, como que algunos musulmanes de mi ciudad, Manchester, pertenecientes a la tendencia principal, me dijeran que es permisible matar a un cristiano si había sido musulmán y se volvía un apóstata", recuerda.

"Que me lo dijeran profesionales altamente cualificados, como médicos, era muy impactante para mí. Y ante eso solo me quedaban dos opciones: o volverme un ermitaño y vivir en una cueva con una copia del Corán, o convertirme en un musulmán ahmadí y practicar así una fe que va conmigo".

¿Y cómo cambió su vida el ser un musulmán ahmadí?

"Lo cambió de forma completa y fundamental", responde tajante. "El islam se volvió mi identidad, mi dignidad, me convirtió en aquel que realmente estaba destinado a ser".

En la convención, algunos lucen las ropas tradicionales pakistaníes, otros extravagantes turbantes africanos. Es una sorprendente mezcla musulmanes de distintas culturas que solo se ve en La Meca, no en la campiña inglesa.

Hay puestos que venden kebabs, otros con lazzi de mango (bebida típica del subcontinente indio a base de yogur), y exposiciones de caligrafía islámica, flanqueados por las banderas de decenas de países de los que proceden los participantes.

Es sorprendente pensar que hace apenas unas semanas esto era una granja que funcionaba con normalidad y que ahora se ha vuelto prácticamente un pueblo para el festival que se desarrolla durante tres días.

"Califato espiritual"

Hoy la mayoría de la gente al escuchar la palabra califato piensa en el autodenominado Estado Islámico. Pero los ahmadíes tienen el suyo propio desde hace más de 100 años.

Aunque con unos objetivos muy distintos, remarcan.

Dicen que es un "califato espiritual" sin ambiciones políticas y explican que creen en la separación de iglesia y estado.

La comunidad ahmadía no es la única que rechaza la yihad violenta. Muchos otros musulmanes también lo hacen. Y a nivel práctico, se comportan de forma similar a otras comunidades del islam.

¿Pero qué los hace distintos entonces?

Su fundador, Mirza Ghulam Ahmad, nació en 1835 en Qadian, una pequeña localidad del noroeste de India.

En 1882 se proclamó mujaddid (reformador del islam) y en 1890 el "mesías prometido", a quien todas las grandes religiones del mundo esperaban.

Asimismo, dijo ser un subordinado del profeta Mahoma, un enviado de Ala para restaurar el islam a su "estado prístino y original".

También se le atribuye la autoría de la teoría que propone que Jesús no murió en la cruz, sino que fue introducido vivo en el sepulcro para luego huir de Palestina y de la jurisdicción de Roma, y que acabó falleciendo en la India, cerca de las montañas de Hindú Kush.

La hipótesis desvirtúa por completo la creencia cristiana en la resurrección de Cristo.

Sea como sea, tras la muerte de Ghulam Ahmad, empezó un sistema de sucesión, el califato.

Y fue el Colegio Electoral de la comunidad quien votó por el que debía ser el primer califa.

El actual, el quinto, es Mirza Masroor Ahmad, quien lidera una comunidad de miles de miembros de todo el mundo.

Vive en Londres, tras ser forzado de Pakistán al exilio.

"El Corán ha sido erróneamente interpretado por muchos. La yihad significa lucha y esfuerzo. Pero no es el verdadero propósito del islam, sino reformarnos, reformar nuestra alma. Y eso es lo que tiene que liderar el califato en el mundo de hoy", explica Mirza Masroor Ahmad.

"Mi misión como califa es seguir lo que mis predecesores hicieron, por lo que fueron enviados a este mundo: restablecer la verdad del islam (?) y difundir el mensaje de paz, amor y armonía en todo el mundo".

Herejes y apóstatas

Pero la convicción de los ahmadíes de que que su fundador era un profeta que llegó después de Mahoma los ha llevado a tener tensiones con otros musulmanes.

En muchas ocasiones han sido tachados de herejes y de apóstatas, muchos han recibido amenazas de muerte y hasta en casos extremos han llegado a ser asesinados.

Por ello, los niveles de seguridad en el recinto del festival son muy elevados. Tanto, que cada participante tiene que pasar por una revisión digna de un aeropuerto para acceder.

Pero la comunidad cree que esa seguridad es necesaria.

El año pasado un hombre fue condenado a la cárcel por haber matado al dueño de una tienda de Glasgow, Escocia, quien era miembro de la comunidad ahmadí.

Fue apuñalado brutalmente en la puerta de su negocio por un musulmán sunita por "irrespeto al islam", según clamó.

La policía lo describió como un ataque "con motivos religiosos".

En Pakistán el gobierno declaró a los ahmadíes una minoría no musulmana y son con frecuencia el objetivo de tiroteos y atentados.

Omar Faruk, de 26 años, se vio una vez en esa situación.

"Íbamos de camino a los rezos del viernes. Mi padre conducía y yo iba atrás, con uno de mis hermanos. Otro nos seguía en moto. Primero le atacaron a él. Luego nos dispararon a nosotros.", recuerda.

"Recibí un disparo en la cabeza y empecé a gritar: "Voy a perder el ojo, voy a perder el ojo". A mi padre le impactaron seis balas y siguió conduciendo, con la sangre que le brotaba por la garganta, hasta el hospital más cercano para poder salvarnos. Pero mi hermano murió en mi regazo", relata.

"Mi madre sigue recordándolo a cada momento. Es durísimo".

Faruk sigue en Pakistán, porque ser parte de un "califato espiritual" significa que los ahmadíes pueden vivir en cualquier parte del mundo, a diferencia del califato de Estado Islámico.

600.000 nuevos adeptos

Vuelvo a encontrarme con Jonathan Butterworth, quien se encuentra con su esposa Marisa, una enfermera española.

Es una ahmadí conversa y fue un miembro de la comunidad quien le presentó al que hoy es su marido.

"Antes de convertirme, soñaba con casarme con alguien con quien compartir las aficiones, alguien con un trabajo similar. Pero tras la conversión me di cuenta de que es la espiritualidad y nuestra creencia en dios lo que nos mantiene unidos", cuenta.

"Como alguien que no profesaba ninguna fe, digo que la vida es mejor siendo musulmán, especialmente musulmán ahmadí", dice.

Ambos son solo dos de los miles de nuevos ahmadíes que deben su conversión al trabajo de misionarios que predican sobre el "verdadero islam".

Cada año, en la convención, el califa anuncia cuántos nuevos adeptos hay. Este año asegura que son más de 600.000, muchos de ellos de África.

Ibrahim Ikhlaf es el director nacional del Departamento de Divulgación de la Comunidad Ahmadía de Reino Unido, el encargado de difundir el mensaje ante el público general.

¿Qué tiene de diferente esta comunidad que hace que quiera pertenecer a ella?, le pregunto.

"Como musulmán, te voy a hablar primero del califato. Pero cuando digo califato, no estoy hablando del de Abu Bakr al Baghdadi (el líder y autoproclamado califa de la organización yihadista Estado Islámico). No estoy hablando del que trata de difundir la violencia. Porque ese no es el verdadero califato", explica.

Y según él, es eso lo que los diferencia de otros musulmanes.

"Si te fijas en el mundo del islam sunita, está totalmente dividido, pero en nuestro caso, el califato une los corazones de todos nosotros", explica.

Al mencionarle que son muchos musulmanes los que no reconocen este califato, dice:

"Se necesita tiempo. Soy árabe y cientos de personas en el mundo árabe lo están aceptando. La gente está harta del caos. No hay vida en el islam más allá del califato".

Paz, amor y armonía

No sólo los hombres participan en el festival. Las mujeres también lo hacen de forma activa.

"La comunidad me hizo entender que mi singularidad como mujer es mi mayor fortaleza", dice Sarah Khan, una de las presentes, quien es profesora.

"No tengo que compararme y medirme constantemente con los hombres. Se me anima a ser yo misma, con mis propias capacidades. Es una experiencia que empodera".

Me vuelvo a cruzar con Faruk, el joven que fue atacado en Pakistán.

"Si ahora me encontrara con los que nos atacaron y mataron a mi hermano", me dice, "les diría que leyeran ellos mismos el Corán, en lugar de escuchar la interpretación de otros, de los extremistas".

Lo dice sin odio, y proclama lo diferente de este califato, el mensaje de paz y amor.

"A diferencia de lo que dicen otros estudiosos y mulás, nosotros no creemos que si matas a alguien luego te será concedido el paraíso", explica el califa Mirza Masroor Ahmad.

"Ese es un mensaje de odio que está difundiendo una serie de militantes que hacen una interpretación errónea del islam".

Al terminar el festival, miles de ahmadíes se dirigen a sus casas, a sus países, dispuestos a seguir con su yihad de paz y amor, tal como dicta este califato.

*El evento de tres días, conocido como Jalsa Salana, tuvo lugar entre el 21 y el 23 de agosto de 2017 en Hampshire, Inglaterra.

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