Desde la elección de Donald Trump, grupos de extrema derecha y activistas de la izquierda se han enfrentado en las calles de Estados Unidos. Ha ocurrido en Nueva York, Berkeley, Charlottesville y otros sitios. Sin embargo, un enclave liberal podría ser el epicentro de esas peleas: Portland, Oregón, una ciudad progresista en el noroeste del país.

Dos activistas que han estado en los polos opuestos de los enfrentamientos en Portland aceptaron reunirse y dialogar. ¿Encontrarían algo en común?

Nunca pensé que estarían en el mismo cuarto, hasta que los vi en el mismo cuarto.

Habíamos acordado reunirnos en terreno neutral -un club de cannabis en el este de Portland. El uso recreacional de marihuana es legal en Oregón, y algo que Luis y Rob tienen en común es creer que la liberalización de las leyes antidrogas es una buena idea.

Luis, nervioso y tenso, entra portando gafas oscuras y un sombrero. Rob lo mira con los ojos bien abiertos y parece estar decidido a tener por lo menos un enfrentamiento verbal.

Estos dos hombres, separados por una mesa ancha, son enemigos acérrimos. Se han encontrado en la calle y, online, el intercambio de amenazas e insultos va y viene.

Como parte de la temporada de la BBC de Crossing Divides (un programa dedicado al acercamiento de personas en un mundo fragmentado), les pedimos que se reunieran para ver si la gente en los extremos políticos de EE.UU. pudieran encontrar algún punto en común.

Aunque existe la posibilidad de que el encuentro termine en una trifulca.

Tres corpulentos guardias de seguridad nos vigilan mientras les leo las reglas: "Primero, nada de violencia".

Rob le pide a Luis que se quite las gafas.

"Sentiría mucho más que estoy interactuando contigo si pudiera ver tus ojos", dice.

Luis contesta cortantemente, "no".

A partir de entonces, las cosas empiezan a empeorar.

En la onda y en la lucha

Luis y Rob forman parte de lo que se ha convertido en una escena habitual en un lugar inusual: Portland, una ciudad de 700.000 habitantes en el Noroeste Pacífico de Estados Unidos, tiene fama por sus políticas progresistas y estilo de vida relajado. En algunos distritos, menos del 10% del electorado votó por Donald Trump.

Pero, a partir de las elecciones de 2016, Portland también se ha convertido en el escenario regular de la peor violencia política que se haya visto en EE.UU. en décadas.

Las revueltas anarquistas inmediatamente después de los comicios de 2016 resultaron en destrucción de propiedades y más de 100 arrestos. Un poco más tarde, un grupo de extrema derecha llamado Patriot Prayer (Oración Patriota) empezó a sostener repetidas marchas en apoyo a Trump y pro "libertad de expresión".

Cuando Patriot Prayer se lanza a las calles, se les unen los Proud Boys (Chicos Orgullosos), un grupo que se describe como una organización fraternal. Otros, incluyendo el Centro para Leyes de la Pobreza del Sur (SPLC, por sus siglas en inglés) los llaman un grupo de odio.

Las marchas son recibidas con protestas opositoras, incluyendo una confederación informal de antifascistas que se apodan antifa.

No hay una única organización o filosofía política antifa. Son una mezcla ecléctica de anarquistas, socialistas y comunistas. Pero lo que realmente los destaca del resto de la mayoría izquierdista de Portland es su disposición a enfrentarse a los derechistas.

En los últimos dos años, las movilizaciones y contra manifestaciones repetidamente han terminado en heridos, vidrios rotos, destrucción de propiedad y arrestos.

Tanto del lado de la extrema derecha como del lado de la extrema izquierda hay personas que no le temen a la violencia.

En un vecindario de clase trabajadora en el sureste de Portland, las banderas de EE.UU. ondean desde las casas que característicamente cuentan con una canasta de baloncesto y una camioneta en el estacionamiento.

Una modesta casa en una calle adyacente luce un poco diferente. Tiene letreros políticos: "Todos somos inmigrantes. Todos somos familia". Una bandera antifascista cuelga desde el interior. También hay un agujero en la ventada del frente que fue atravesada por un ladrillo.

Esta es la casa del activista antifa Luis Enrique Márquez. También funciona a manera de centro comunitario, con activistas entrando y saliendo todo el día, conversando, fumando y planeando.

Luis, que tiene cuarenta y tantos años, es conversador y amable. Los antifascistas también son antijerarquía, pero es claro que muchos de los activistas más jóvenes lo admiran.

"Mi filosofía personal es que dondequiera que haya fascismo, allí estaré y lo enfrentaré", me cuenta.

Luis siempre ha estado metido en las subculturas punk, cabeza rapada y antiracismo, pero marca la elección de Trump como el momento en que se iniciócomo devoto antifa.

"Estaba iracundo," dice. "Quería que mi voz se escuchase que no estaba de acuerdo con este presidente".

A Luis y sus colegas activistas les gustaría que muchos más liberales en Portland se unieran a ellos en las calles. Mientras hablamos, sus camaradas preparan una pancarta: una versión caricaturizada de Donald Trump como el personaje de fábula Humpty Dumpty, que se cae de un muro de su propia creación. Planean colgarlo cerca de una congestionada vía.

Le pregunto a Luis si no consideraría una manera alternativa de tomar de acción directa. ¿Por qué se enfrentan a los de extrema derecha? ¿No es pelearles en las calles una manera de darles la atención que buscan?

Lo considera durante un buen tiempo.

"Eso es como un argumento del mercado de ideas, ¿cierto?", dice. "¿Que las buenas ideas surgen a la superficie y las malas se sumergen? Que digan lo que quieran, al fin y al cabo son una partida de ignorantes".

"Las palabras son peligrosas", arguye. "Hitler no asfixió con gas a un solo judío, pero sus palabras mataron a millones".

"Así que, si te acercas a mí o a mis amigos hablando de odio, tus acciones tendrán consecuencias".

Al día siguiente, mi equipo y yo conducimos cinco horas al sur, por las montañas y bosques espesos de pinos y abetos hacia el sur de Oregón.

Allí nos encontramos con Rob Cantrall, el director de la filial local de los Proud Boys.

Es un tipo grande -alto, fornido y claramente alguien a quien no le quisieras buscar pelea. Tiene 46 años pero se ve más viejo. Y viste una camiseta marca Fred Perry que los Proud Boys han adoptado como su uniforme.

Rob y los otros Proud Boys insisten en que sólo pelean en defensa propia.

"Uno de los principios es no lanzar el primer golpe", me dice. "A algunos tipos les gusta pelear. A otros no".

Rob está en la primera categoría: "Me vuelvo muy violento en las peleas. Soy uno de los más violentos porque no me gusta pelear por mucho tiempo, quiero acabar rápido... No estás ahí para verte en la onda, estás ahí para reprimir una amenaza".

Hay decenas de filiales Proud Boys por todo EE.UU., como también en Reino Unido, Canadá y otros sitios. Aunque no hay un registro central y obtener un cálculo exacto del total de miembros es difícil.

La existencia del grupo fue anunciada en 2016 por Gavin McInnes, el cofundador de la revista Vice. Las reuniones, escribió McInnes, "generalmente consisten de beber, pelear y leer en voz alta del libro de Pat Buchanan 'La Muerte de Occidente'".

Los rituales de iniciación de Proud Boy son tanto extraños como abiertamente políticos. Para ser aceptado al primer nivel, los hombres -el grupo solo permite personas nacidas como hombres- deben recitar: "Soy un chauvinista occidental y rehúso disculparme por crear el mundo moderno".

El segundo grado consiste en dejarse golpear por los otros miembros mientras se gritan los nombres de cinco cereales de desayuno, además de comprometerse a evitar la pornografía y las masturbación, pues el grupo dice que estas erosionan las relaciones tradicionales. Los que progresan al tercer grado reciben un tatuaje Proud Boy.

También hay un cuarto grado honorario. Varios de los Proud Boy me contaron que se otorga por defender el grupo, por combatir a los antifascistas en las calles o por ser arrestado.

Rob es un Proud Boy de tercer grado. Él le abona al grupo el que le haya dado la confianza para relacionarse con mujeres y de tener un nuevo propósito en la vida. Pero también le ha representado problemas con su familia.

"Mi madre me criticó", dice, "mi hermano liberal me criticó".

Rob me da una gira por la granja de marihuana donde trabajó el verano anterior, entre árboles y colinas ondulantes. Pero, ahora que la cosecha terminó, a duras penas se las arregla con una pensión por discapacidad mensual de US$900 -aunque una de las metas declaradas de los Proud Boys es acabar con el bienestar social.

Cuando nos reunimos, Rob había estado durmiendo en su auto, con su gato, la arenera del animal y otras de sus pertenencias.

"Estamos tratando de preservar el estilo de vida que representa la libertad", comenta, "y no permitir que esto se convierta en una clase de nación opresiva comunista".

Los principios de los Proud Boys combinan el capitalismo "trumpiano" ("glorificar al empresario", "cerrar la frontera"), el libertarismo radical ("darle a todos un arma de fuego", "abolir las prisiones", "acabar con el bienestar social") y el apoyo a los roles tradicionales de género ("venerar el ama de casa").

Ellos ocupan un inusual espacio en los márgenes de la política de derecha en EE.UU. Recientemente, su nuevo líder nacional fue visto sentado detrás del presidente Trump durante un mitin.

Salieron en masa en apoyo del consejero de Trump Roger Stone. Un ex miembro de los Proud Boys, Jason Kessler, organizó la sangrienta marcha "Unite the Right" (Unamos la derecha), en Charlottesville en 2017.

McInnes, el fundador, demandó al SPLC por haberlos designado como un grupo de odio. Pero también renunció a los Proud Boys después de una riña frente a un club republicano en Nueva York.

Diez miembros del grupo fueron arrestados en ese incidente. Dos de ellos recibieron sentencias de servicio a la comunidad tras declararse culpables de alteración del orden público, y otros seis aguardan sentencias por acusaciones más serias que incluyen intento de asalto y revuelta.

Alcohol y peleas

Las marchas en Portland son organizadas por un grupo llamado Patriot Prayer (Oración Patriota), basado en el suburbio de Vancouver, estado de Washington, al otro lado del río Columbia. Vancouver también es hogar de un numeroso contingente de los Proud Boys.

Encuentro a los Proud Boys bebiendo en un bar deportivo donde se lleva a cabo una animada noche de karaoke. Salimos a la helada noche para hablar, con la mayoría del grupo arropados con poco más que sus camisetas de manga corta marca Fred Perry.

Se mofan de la noción de que son extremistas e insisten en que los medios los han tratado injustamente.

"Mi papá es de México", me dice uno de ellos. Otros destacan a miembros que son minorías y gay. "Es curioso que un antifa blanco me llame racista".

Uno de los Proud Boys es Tusitala "Tiny" Toese. Originario de Samoa Americana, su apodo (que significa "Pequeñito") es irónico; Tiny es enorme. También ha sido arrestado 18 veces, bajo cargos que incluyen asalto, hostigamiento y alteración del orden público.

"La mayoría de los muchachos están aquí por la bebida", me dice Tiny. Afirma que no es la raza ni el género lo que está causando las divisiones, son las creencias políticas.

"Nos cansamos de que aporrearan a la gente", explica, "sólo porque tienen una creencia diferente a esa gente que anda por ahí con máscaras".

Le planteo a Tiny que lo que los antifascistas quieren es básicamente lo mismo: el derecho a que les permitan organizar sus movimientos anti Trump en paz.

"Están siendo egoístas", contesta. "No todos en Portland están de acuerdo con ellos. Y están tratando de conformar una comunidad, es una comunidad de ninjas enmascarados que no respetan la ley".

Señalando a Trump

La mayoría de los habitantes de Portland aborrecen las marchas de la derecha, pero muchos también critican las tácticas de los antifascistas.

El alcalde de la ciudad, Ted Wheeler, un demócrata, no tiene dudas de quién es culpable de la violencia.

"¿Por qué están pasando estas cosas en Portland? En parte, se debe a que somos una comunidad progresiva", me cuenta. "Los grupos como Patriot Prayer y los Proud Boys... ellos vienen de afuera".

"Llegan aquí porque saben que su mensaje no es necesariamente bien recibido. Intentan provocar una reacción".

También acusa al presidente Trump.

"Su incapacidad de condenar esto, su incapacidad de abordar la supremacía blanca, le ha otorgado licencia a estas organizaciones para venir aquí y expresar su odio", indica.

"Es labor del presidente garantizar la protección de la libertad en los Estados Unidos. Y esa está bajo ataque".

Armados y preparados

Ni los Proud Boys ni los antifascistas confían en las autoridades de la ciudad. Los Proud Boys dicen que la policía los tratan con mano dura y les dan rienda suelta a los antifa. Los antifascistas alegan exactamente lo opuesto.

Durante una protesta en agosto de 2018, un grupo de derechistas armados fue sorprendido en un techo cercano. No se les detuvo, dicen la policía y el alcalde, porque cumplían con las leyes de Oregón sobre el porte de arma de fuego.

En febrero, mensajes filtrados indicaron que un agente de la policía de Portland tenía una relación amistosa regular con el líder de Patriot Prayer, Joey Gibson. Las autoridades prometieron investigar a fondo. Cualquiera que sea el resultado, es improbable que calme a los antifascistas, algunos de los cuales asisten armados a las concentraciones políticas.

En la casa de Luis, los activistas antifas conversan durante una cena de comida india. Tildan la declarada diversidad de los Proud Boys de formulada y dicen que es una cortina de humo para cubrir su ideología extrema.

"Ellos apoyan a un presidente cuyas políticas tienen consecuencias reales para la gente que ellos dicen aceptar", me señala un activista.

Luis expresa confusión que los Proud Boys y Patriot Prayer organicen movilizaciones que no sean para contrariar al sector liberal e izquierdista de Portland.

"No me queda claro cuál es el derecho que han perdido", afirma. "¿Les han quitado las armas? Lo que han perdido es el derecho a gritar la palabra 'n' (inicial de nigger, término despectivo para los negros)".

Luis me muestra mensajes amenazantes que ha recibido de Rob Cantrall: "No dejes que te sorprenda en la calle" y "Mi lado oscuro quiere verte sangrar". Hay otros mucho peores. Luis también reparte por igual. Una vez, le contestó a Rob: "Prefiero que te suicides. No te tengo miedo".

Una de las antifascistas, una veterana de la guerra, me muestra el arma que porta a todas horas.

"Realmente no me gustan las armas, de veras", declara. "Cuando salí del ejército, me deshice de todas las armas que tenía".

La veterana, que me habló en condición anónima por temor a comprometer su seguridad, es una transexual además de antifascista. Eso, dice, la hace un doble objetivo de la extrema derecha.

"La última vez que fui asaltada, vencí a mi atacante físicamente sin dispararle", relata. "Debo decir que ese es un nivel de control que la policía no tendría".

Desconfianza de la policía

La comandante de la policía de Portland, Danielle Outlaw me sonríe cuando abordo la ironía de su apellido ("Outlaw" quiere decir "forajida"). Me dice que sus agentes tiene un trabajo difícil. Deben proteger la libertad de expresión, así como garantizar la seguridad pública.

Y la ley indica que deben actuar reactivamente, aún cuando grupos con antecedentes de violencia conocidos se reúnen.

"Tenemos que permitir y facilitar a la gente el ejercicio de la primera enmienda del derecho a la libertad de expresión", indica. "No estamos autorizados a suspender algo antes de que suceda".

"Dada la existencia de las redes sociales, no siempre tenemos la oportunidad o el lujo de adelantarnos a las cosas", me explica. "Alguien puede decir, 'Voy a ir al centro de la ciudad y voy a manifestar', y en 15 minutos puede haber toda una multitud de personas aquí que nos toma por sorpresa".

Outlaw, como muchos otros residentes de Portland, es transferida de una ciudad más grande. Fue subcomandante en Oakland, California, antes de convertirse en la primera mujer afroestadounidense en dirigir la policía de Portland, en 2017.

"Hay gente que me dice, 'Jefa Outlaw, ¿de qué lado estás? ¿Qué van a pensar las niñitas negras de ti por proteger a los supremacistas blancos?'"

"Si empezamos a hacer juicios morales, nos vamos cuesta abajo".

Pero las palabras de la comandante no aplacan a Luis y sus camaradas. Él me muestra el ladrillo que fue arrojado por su ventana y una bengala náutica que lanzaron dentro de su casa.

"¿Encontró la policía al responsable?, pregunto.

Luis me mira incrédulo.

"Yo no llamo a la policía", responde.

El encuentro

Lograr que Rob y Luis se reunieran tomó meses de cuidadosa negociación. Acordamos sostener la discusión en el Club de Cannabis North West, un salón de fumar hierba en el este de la ciudad. La marihuana es legal en Portland y en el resto de Oregón.

Cuando llegan, guardias de seguridad los catean por armas. Luego de un tenso inicio -y la negativa de Luis de quitarse las gafas- empiezo a preguntarles lo que el uno piensa del otro.

"Me parece que es un intolerante", dice Luis de Rob. "Creo que es un misógino. Creo que es violento con las mujeres. Creo que es un racista. Creo que es inculto y creo que está mal informado".

Rob se eriza.

"Obviamente él ignora quién soy", responde. "Creo que él es violento en la calle. Creo que está intentando evadir responsabilidades".

"Eso es curioso", contesta Luis. "Yo no soy el que ha sido sorprendido en un video amenazando con pegarle un puño en la cara a una mujer".

Les muestro videos de sus propios comportamientos amenazantes. Primero a Rob, que amenazó con incendiar una librería comunista.

"Estaba completamente justificado en decirle a esos tontos que les iba a quemar su librería", alega. "Eso no es ilegal, ¿verdad?"

Le sugiero amablemente que sí podría ser ilegal incendiar una librería. Rob es impenitente.

Me vuelvo a Luis y le muestro un video. Le está metiendo la cara provocadoramente a un manifestante de derecha. Su respuesta a las imágenes es sorprendente.

"Esa marcha se convirtió en un pleito personal entre un periodista de derecha y yo y de ninguna manera es correcto", reconoce. "De ninguna manera fue correcto".

Rob queda momentáneamente impresionado.

"Hay que ser valiente para decir algo así", comenta.

"¿Cómo termina?"

Parece como si hubiera un tenue avance, pero a lo largo de más de una hora de conversación hay pocos puntos de acuerdo.

A medida que progresa la conversación, Rob empieza a inhalar un aceite de cannabis de alta concentración y Luis fuma un porro. El estado de ánimo no cambia mucho.

Les planteo que ambos son desconfiados de la policía y del sistema carcelario de EE.UU. Ambos se describen como anarquistas. Pero Luis inmediatamente rechaza la comparación.

Señala que, a pesar de su declarado libertarismo y furia contra la policía en Portland, muchos de los Proud Boys apoyan las instituciones de la ley en general. Muchos usan la consigna en defensa de los policías "las vidas azules importan" (en referencia a los uniformes de los policías que son azules).

"No puedes decir que vas en contra de las prisiones mientras apoyas a personas que declaran que "las vidas azules importan", expresa Luis.

"Creo que aun podemos arreglar la policía", replica Rob. "Yo sostengo que si no puedes arreglar la policía, entonces despide a la policía y mete otros tipos ahí".

La mayoría de la gente en Portland los rechaza y se los recuerdo. ¿Les importa?

"Absolutamente", dice Luis. "Pero la violencia sólo viene de un lado". Rob está en desacuerdo, pero también asegura que "no le importa" lo que la gente de Portland piense.

Una última pregunta: ¿Cómo termina todo esto?

Luis describe el panorama general y su filosofía política; antiracismo, una política de educación nacional, cuidado de salud universal, justicia para los estadounidenses nativos. Cuando aborda a Portland y los Proud Boys, es claro.

"A los Proud Boys se les ha dicho: quemen sus Fred Perry. Hagan un video renunciando el odio y los Proud Boys. Desaparezcan", declara. "Así es como termina".

Rob es incrédulo.

"¿Quieres que simplemente saltemos de un barranco?"

¿Cómo se imagina él el final del conflicto en Portland?

Con una palabra: "Mal".

La pelea continúa

No se logra un consenso. Me pregunto si la discusión pudo haberlos enfadado más el uno con el otro. Por lo menos concluye si que se arrojaran objetos o puños.

Llevamos en auto a Rob hasta su casa temporal -su auto que está estacionado frente a un supermercado. Promete esperar a que esté sobrio antes de conducir hacia el sur. Antes de que nos despidamos empieza a trasmitir en vivo vía su página en Facebook. Unas cuantas personas la miran, pocas menos comentan.

Más tarde, esa noche, los antifascistas cuelgan la pancarta de Trump como Humpty Dumpty sobre una avenida en un suburbio aledaño, estratégicamente colocado para captar la atención de los que conducen al trabajo en la mañana.

"Algunas veces permanece ahí toda la noche", me informa un activista. "Depende de que tan aburridos u ocupados estén los policías"

Salí de Portland al día siguiente, pero no pasó mucho tiempo antes de que hubiese más noticias de la ciudad. La casa de un sindicalista había sido objeto de vandalismo. Alguien garabateó "CASA ANTIFA" en la pared.

Rob y Luis no estuvieron involucrados. Pero, una vez más, los activistas salieron a las calles.

Y otra vez, hubo peleas entre los antifascistas y los Proud Boys.


 

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