Los migrantes centroamericanos han ocupado el centro de las noticias en Estados Unidos durante los últimos meses. Son mencionados por Donald Trump como una de las razones principales para construir un muro en la frontera sur de EE.UU.

Y las recientes caravanas que buscan alcanzar suelo estadounidense han avivado un discurso antiinmigrante, que tiene consecuencias palpables en aquellos latinos que ya viven en el país.

Vicky Baker, reportera de BBC News, visita una comunidad latina en el estado de Maryland para narrar cómo todo este debate está afectando a los hispanos en Estados Unidos.


El Catrachito luce como un restaurante clásico estadounidense: accesorios cromados y un mostrador, taburetes y divisiones entre una mesa y la otra.

Sin embargo, en lugar de hamburguesas y batidos, en el menú se ofrecen alimentos tradicionales de Centroamérica: baleadas (tortillas rellenas), tajadas (plátanos fritos), pupusas (tortitas de maíz esponjosas).

Una bandera hondureña cubre la pared del fondo, mientras todos los clientes hablan en español.

El restaurante está enclavado en Wheaton, una pequeña ciudad en el condado de Montgomery (Maryland, EE.UU.), con una población latinoamericana particularmente abundante. El último censo, en 2010, calculó que la comunidad hispana aquí era del 42%.

Moneda de cambio

"Este lugar es ecléctico", dice Omar Lazo, quien dirige el restaurante salvadoreño Los Chorros, que celebra este año su 30 aniversario. "Todo son negocios familiares. Casi (no hay) ninguna cadena".

Al igual que muchas personas en el área, Lazo siente que los latinos están siendo usados como moneda de cambio por los políticos, mientras que tienen muy poca representación en las altas esferas de la política.

Dice que las últimas noticias (muchas de las cuales relatan el discurso del presidente Donald Trump sobre la "crisis" de los migrantes y las "peligrosas" caravanas) son difíciles de ver.

Los padres de Omar llegaron a Estados Unidos desde El Salvador en la década de 1970 y abrieron el restaurante algunos años después. Él nació en Estados Unidos.

"Todo lo que escuchas es que se trata de una invasión", dice. "Pero se trata de mi familia, mi comunidad. Es deshumanizante".

Sin embargo, asegura que no ha sentido ningún contragolpe personal que pueda vincular al discurso de Trump.

"La gente no nos desprecia en este lugar", explica Lazo, quien también forma parte del consejo de la Cámara de Comercio local.

"Ven a nuestra gente trabajando en la construcción en medio del clima helado. Saben que pueden confiar en sus empleados de limpieza con las llaves de su casa".

Futuro en peligro

Wheaton es una ciudad dormitorio. El metro de Washington DC se extiende hasta aquí, y Baltimore se encuentra justo al este.

Con la construcción de nuevos bloques de apartamentos y la esperada nueva línea de metro en construcción en las cercanías, hay indicios de que el aumento de una clase adinerada en esta zona puede estar a la vuelta de la esquina.

En la actualidad, escasos negocios de apariencia muy sencilla se extienden junto a anchas carreteras. En medio de ellos se encuentra el Centro de Bienvenida de Wheaton, un edificio recién pintado en amarillo y azul, que ofrece apoyo a los trabajadores inmigrantes.

Todos los días a las 6 de la mañana, una multitud de trabajadores se reúne en la sala de recepción. Los empleadores locales, en su mayoría propietarios de viviendas, saben que aquí encontrarán personal para trabajos de corta duración.

El centro forma parte de Casa de Maryland, una organización de apoyo que surgió bajo el nombre de Asociación de Solidaridad Centroamericana de Maryland, en la década de 1980.

"Está abierto a todos, no solo a los latinos", asegura uno de sus directores, Lindolfo Carballo, a la vez que señala a un artista de Malawi, autor de uno de los murales en el Centro.

Gran parte de las personas que conversan en el interior son salvadoreños, el grupo de inmigrantes más grande de la zona.

Algunos llegaron como migrantes económicos en la década de 1970. Luego, una ola más grande llegó a EE.UU. escapando de la guerra civil, y en 2001 más salvadoreños emigraron después de los devastadores terremotos que azotaron su país.

Fueron los desastres naturales los que llevaron a que se les otorgara el Estatus de Protección Temporal (TPS, por sus siglas en inglés), que les otorga el derecho de trabajar y los protege de ser deportados.

Hoy en día, algunos salvadoreño-estadounidenses en esta área son ciudadanos de segunda o incluso tercera generación.

Otros, sin embargo, dependen de TPS (que debe renovarse cada dos años) o DACA, un programa implementado durante el gobierno de Barack Obama para proteger a los jóvenes indocumentados que llegaron a EE.UU. en la niñez.

Estas personas sienten que su futuro peligra, después de que la administración Trump tomara medidas para rescindir ambos esquemas.

Repercusiones

Actualmente, tanto TPS como DACA siguen funcionando, en gran parte debido a las peleas judiciales iniciadas por Casa y otras organizaciones de defensa de los migrantes latinos en Estados Unidos.

"Nada de este (debate) es realmente nuevo", dice Carballo, quien llegó al país desde El Salvador, en la década de 1990.

"El muro no es nuevo. Ya hay un muro enorme en la frontera, y no lo construyó Trump. Las deportaciones tampoco son nuevas. Solían llamar a Obama el 'deportador en jefe'".

Lo que ha cambiado es el tono, dice Carballo, quien ha sentido personalmente las repercusiones. Un par de comensales le dijeron que se "fuera a casa" mientras comía en un restaurante italiano recientemente.

Estas personas se acercaron a él para preguntar sobre la caravana de migrantes centroamericanos, que Trump ha convertido en un punto central en sus discursos.

Carballo se niega a usar la palabra "caravana". "Lo hace sonar raro, cuando en realidad es un éxodo".

A nivel local, Casa de Maryland dice que tiene apoyo y que el consejo del condado los ayudó a adquirir fondos para el nuevo Centro de Bienvenida, que se inauguró en noviembre.

Sin embargo, ha habido algunas quejas de los críticos que creen que los centros de trabajo diurno alientan a los trabajadores indocumentados. En 2007, uno de estos centros fue objeto de un ataque incendiario.

Carballo insiste en que si las personas no usaran sus locales para encontrar trabajadores, esta práctica seguiría sucediendo, pero de una manera no regulada, lo que dejaría a los inmigrantes sujetos a la explotación.

Al venir aquí, reciben ayuda a la hora de declarar sus impuestos y tienen asistencia legal si no reciben su pago. La verificación de los documentos, sin embargo, depende de los empleadores.

País "de mierda"

Daisy Sánchez, una asidua en el centro, fue enfermera en El Salvador antes de venir a Estados Unidos en 2000.

Ella trata de no dejar que las noticias la depriman. "Soy educada, de una buena familia cristiana. No soy una ladrona. Este país nos necesita aquí", dice.

Sánchez ha tomado todos los cursos de capacitación que ofrece el centro (plomería, construcción) y ahora pinta casas para ganarse la vida. Sigue siendo optimista.

"La vida es bella. Es como una novela: cada día es diferente".

En este día en particular no le dieron trabajo, pero mañana a las 6am estará de vuelta.

Javier Solís, originario de Ecuador, dirige la firma de contabilidad Los Taxes, con su esposa salvadoreña, María.

"Deberían permitir que las personas indocumentadas, que pagan millones en impuestos, tengan la posibilidad de ser parte del sistema. Aquellos que ni siquiera tienen una multa de estacionamiento", dice. "Deberíamos estar trabajando juntos, demócratas y republicanos".

Menciona a Nancy Navarro, la primera concejala latina del condado, como un modelo de comportamiento local positivo, y también menciona al gobernador republicano de Maryland, Larry Hogan, quien es "activo con la comunidad latina" y se ha distanciado de la retórica del presidente Trump.

Omar Lazo dice que ni siquiera se sorprendió cuando el presidente Trump dijo que El Salvador era un "país de mierda". "Nadie sabe nada sobre El Salvador", dice. "Sólo piensan en las pandillas".

El presidente ha recurrido regularmente a nombrar la pandilla MS-13 cuando advierte sobre los riesgos de la migración desde Centroamérica.

Recientemente repitió esta retórica, al hablar después de que el Congreso le negara los US$5.700 millones que exige para construir el muro fronterizo con México.

Esta pandilla, que comenzó en Estados Unidos pero tiene sus raíces en El Salvador, está presente en Wheaton.

Se le atribuyó un brutal asesinato en un parque de la ciudad en 2017, pero la policía local dice que este tipo de delito es raro.

En 2018, no hubo homicidios relacionados con pandillas en el condado, según el capitán Roland Smith, director de la división de investigaciones especiales de la policía del condado de Montgomery.

"Las pandillas a menudo se aprovechan de las personas que respetan la ley en la comunidad latina, especialmente de los vulnerables. Y las víctimas a menudo tienen miedo de hacer cumplir la ley, así que ese es nuestro mayor desafío", le dice Smith a la BBC.

"Estamos apelando a la comunidad y haciendo mucho trabajo con ellos para que la gente confíe en nosotros".

Los residentes salvadoreños en Wheaton dicen que lo último que quieren es que la violencia los persiga.

" Unas pocas personas destruyen nuestra reputación", apunta Javier Solís.

"La gente viene de El Salvador para escapar de las pandillas. Queremos que los atrapen. Deberíamos estar trabajando para encontrarlos".

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