Marine Le Pen es hija de Jean-Marie Le Pen, el fundador del Frente Nacional en 1972, partido de extrema derecha cuya consigna es que Francia es para los franceses, un discurso que gana cada vez gana más adeptos, aunque al mismo tiempo genera una importante resistencia.

Su presencia en el balotaje de este domingo puede considerarse un triunfo, aunque aparece en desventaja frente al centrista Emmanuel Macron. La posibilidad de que pueda conseguir el 40 por ciento de las preferencias, como indican los sondeos, son una muestra contundente del crecimiento que ha tenido el partido desde que en 2011 se hiciera cargo.

Bajo la conducción de su padre, el Frente Nacional vivió su gran momento en 2002, cuando Jean-Marie Le Pen perdió de forma apabullante en segunda vuelta ante Jacques Chirac. Los más de cinco millones de votos que alcanzó esa vez fueron el cenit del partido, que a partir de ahí comenzó un declive.

Fue Marine la que decidió que era necesario limpiar la imagen del movimiento, suavizarla, hacer a un lado la negación del Holocausto que marcaba a su padre y que tanto daño le hacía al movimiento, entre otras posturas, e iniciar un camino diferente.

En las elecciones del 23 de abril consiguió 7,6 millones de sufragios, el récord histórico para el Frente Nacional. Ahora puede alcanzar muchos más, abriendo terreno para seguir sembrando las posturas de la ultra derecha francesa.

Su tono suena más moderado, pero su raíz permanece. Es antiinmigrante, proteccionista en lo económico y antieuropeísta, haciendo eco de los reclamos de su electorado, ese que vive alejado de las grandes urbes y se considera afectado por el desempleo y la ola migratoria. Su lema de campaña va en sintonía con ello: “En el nombre del pueblo”.

El giro vivió su punto más álgido en 2015, cuando decidió la expulsión de su padre del Frente Nacional (aunque se mantiene como presidente de honor), luego de nuevos comentarios antisemitas.

Fue una determinación difícil, pero no inesperada. La relación entre ambos tiene grietas desde la infancia, debido a la escasa atención que ella y sus hermanas recibían de parte de sus progenitores. Alguna vez, inclusive, reconoció haberle tenido miedo.

Desde entonces, ha reducido al mínimo posible sus actividades públicas con él y se ha abierto a eventos con las comunidades de los judíos franceses y los afrofranceses.

Una vida pública

Nacida en 1968, Marine Le Pen estudió en un colegio público, pero se tituló de abogada de una de las casas de estudios más prestigiosas y conservadoras: la Universidad Assas-Pantheon.

Por ser hija del fundador del Frente Nacional vivió bajo el escrutinio público y una amenaza constante. En 1976, incluso, ellas y sus dos hermanas mayores sufrieron un atentado en casa, mientras sus padres cenaban fuera.

También debió asumir el publicitado divorcio de ellos, condimentado por el hecho que su madre, Pierrette Lalanne, quien las abandonó por el encargado de las memorias de su marido, posó para la revista Playboy. Recién después de 15 años se volvieron a ver y hablar.

“Marine creció en una atmósfera muy extraña, con una familia que parecía unida, pero en realidad era muy distante. Vivió casi 20 años sin su madre. Su padre casi no la conocía. La criaron canguros y cuidadoras, con sus propios métodos", ha dicho David Doucet, coautor de la biografía de los primeros años de la líder ultraderechista, “La Politique Malgré Elle”.

Vínculos con Trump y Putin

Esta es la segunda vez que aspira a llegar al Elíseo, el palacio de gobierno francés. En 2012 resultó tercera, detrás de Francois Hollande y Nicolas Sarkozy, lo que ya fue considerado un éxito para ella y el Frente Nacional.

Consciente de su desventaja frente a Macron, en estas dos semanas de campaña ha salido a atacar fuertemente a su contrincante.

Lo ha tratado de un miembro de la élite y el heredero del criticado gobierno de Hollande, a lo que él le ha respondido que la única que heredó algo es ella: un partido político.

También deslizó que podría tener cuentas en las Bahamas, sin tener prueba alguna, muy en el estilo de Donald Trump, con quien es habitualmente comparada.

En el último tiempo, además, ha debido sortear el asedio del Parlamento Europeo, que la investiga a ella y otros miembros de su partido de malversación de fondos.

Sus vínculos con el presidente ruso, Vladimir Putin, a quien visitó hace unas semanas, no ayudan a cambiar la visión que existe de ella entre sus críticos, esos que no dudaron en brindarle su apoyo a Macron tras la primera vuelta. Incluso, Jean-Luc Mélenchon, el candidato de la izquierda radical que se negó a traspasarle sus sufragios al centrista, manifestó que cualquier cosa, pero “ni un voto” para el Frente Nacional.

El balotaje de este domingo tiene mucho de todos contra Le Pen. El temor de lo que podría significar para Francia el triunfo de la ultra derecha, con la eventual discusión sobre la salida de la Unión Europea y la postura contra los inmigrantes, ha vuelto el tablero en favor de Macron.

De ser derrotada, como es posible si se toman en cuenta las encuestas que le dan cerca del 40 por ciento de los sufragios, Marine Le Pen igual tiene razones para celebrar y seguir apostando -a futuro- por su llegada a la presidencia.

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